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13 de Noviembre del 2014
Ideas
Lectura: 7 minutos
13 de Noviembre del 2014
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

El 18 y el 26. Contra la naturalización de la violencia
El 18-S y el 26-S se generan en dos contextos políticos y sociales totalmente distintos, los grados de la violencia perpetrada contra los estudiantes de uno y otro lugar no se pueden comparar, pero México nos devuelve una imagen que se torna menos improbable cuando miramos los rostros de los unos y de los otros jóvenes. Son estudiantes de familias trabajadoras, con economías precarias, desprotegidos, organizados, rebeldes.

Iguala 26-S

Julio César Mondragón tenía 22 años. Era estudiante de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Durante esa noche siniestra y larga, que no termina, a Julio César le sacaron los ojos mientras estaba vivo y le desollaron el rostro. Su esposa reconoció su cuerpo por los lunares que él tenía en los pies. Julio César estudiaba para enseñar a leer, a mirar el mundo de otra manera. Y le sacaron los ojos. El poder le tiene miedo al que piensa. Ese miedo es tan hondo y está tan ahogado en mezquindad y codicia que convierte al poderoso en un monstruo. El que tiene miedo a perder territorio, riqueza y poder puede llegar a desollar a un joven de 22 años. Los normalistas rurales desaparecidos pertenecen a sectores sociales en México que no entienden la educación sin la organización colectiva. En esa larga noche, salían en un bus a conmemorar la matanza de Tlatelolco. El bus nunca llegó y se repetía una matanza contra estudiantes: jóvenes, en situaciones precarias, por tanto, “narcoguerrilleros”, término con el que se ha querido manchar su nombre. 

Para subsistir en Guerrero y en otros estados en donde funcionan las normales rurales, una educación coherente es indisociable de una conciencia política y de un espíritu de comunidad. Eso hacen los normalistas rurales desde los 1920: aprenden para enseñar, se organizan, saben que la educación es necesaria para articular la acción colectiva. En un texto imprescindible sobre la matanza de Ayotzinapa, que se suma a muchísimas más que se han llevado la vida de casi 25.000 mexicanos, Juan Villoro explica cómo se desarrolla allí la idea de qué es educar. En las normales rurales, aprender es sobrevivir, es literalmente salvarse de la muerte, que es salvarse de la miseria y del desamparo. En septiembre sucedió lo contrario. En un país que asesina a quien educa en solidaridad, se está más cerca de la muerte de todas y de todos. La Normal de Ayotzinapa, escribe Villoro, surge para mitigar el analfabetismo en esa área, pero ahora ha sido embestida por la podredumbre del poder: ”la desigualdad social, el poder de los caciques, la corrupción del gobierno local, la represión como única respuesta al descontento, la impunidad policiaca y la creciente injerencia del narcotráfico. Esas lacras no son ajenas a otras partes del país. La peculiaridad de Guerrero es que el oprobio ha sido continuamente impugnado por movimientos populares.”

A Julio César, que se estaba formando para alfabetizar, le sacaron los ojos. Esa es la ironía macabra de la descomposición social en México, pero que se extiende a todos lados en donde el poder le tiene miedo al que lee y por eso lo ciega.  

Quito 18-S

Nueve días antes del secuestro y la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, en Quito, otros estudiantes eran apresados, maltratados e incomunicados por la policía ecuatoriana. Ese día tuvo lugar una de las manifestaciones más grandes e importantes de los últimos años en Ecuador, gracias a la convocatoria  de las organizaciones de trabajadores y de diversos sectores sociales. Uno de los grupos más visibles fue el conformado por los estudiantes del Instituto Nacional Mejía, quienes continuaron sus protestas al día siguiente, el 18 se septiembre.

Eloy Alfaro había decidido fundar una escuela para estudiantes normalistas a fin de promover la educación laica en Ecuador y separarla de la Iglesia. El Instituto Mejía iba a formar maestros que hicieran de la educación una vía de libertad y pensamiento autónomo. El Instituto Nacional Mejía ha resistido dictaduras, arremetidas militares, coerciones y dos cambios de siglo. La protesta social de los estudiantes ha sido parte de la vida del colegio. Esto puede verse como obstinación, fervor juvenil o manipulación por parte de otros. También hay quienes lo ven como vandalismo, inmadurez o provocación. Muchos no se detienen a pensar que la organización estudiantil, junto con la energía de la juventud y una educación en proceso, no son vandalismo ni delincuencia, sino expresión potente de desacuerdo, valentía combinada con un grado de impulsividad, y que todo eso también es legítimo y, sobre todo, no puede ser castigado con cárcel, aunque fuera desacertado, excesivo, provocador. Esas descripciones jugaron para que los estudiantes permanecieran casi dos meses en prisión, tras denuncias de tortura.

El viernes 7 fueron liberados los estudiantes que aún estaban en prisión. Sus familias esperaban que se incorporaran el lunes a clases, tras la decisión, según informa la prensa, de que no habría más represalias. Esta semana, el rector del Mejía espera la decisión de las autoridades del Gobierno, los estudiantes no pueden reincorporarse, el rector presenta su renuncia, expresando desacuerdos con el Ministro de Educación, le piden que reconsidere. Hasta el miércoles, los estudiantes no han logrado reincorporarse. Sus madres entran en huelga de hambre demandando que les dejen volver a clases. Un Ministro de Educación que no puede garantizar que la población se eduque tras haber sido reprimida por el mismo gobierno no está educando, está obedeciendo la obsecación del poder. Nadie les va a devolver estos dos meses a los jóvenes. No habrá restauración de su dignidad ni reparación moral.

El 18-S y el 26-S se generan en dos contextos políticos y sociales totalmente distintos, los grados de la violencia perpetrada contra los estudiantes de uno y otro lugar no se pueden comparar, pero México nos devuelve una imagen que se torna menos improbable cuando miramos los rostros de los unos y de los otros jóvenes. Son estudiantes de familias trabajadoras, con economías precarias, desprotegidos, organizados, rebeldes.

Ayotzinapa nos devuelve una imagen que no puede resultarnos ajena. Allí donde se atente contra la libre acción de los estudiantes en una sociedad, allí donde se les exija bajar la cabeza frente a la posibilidad de ser maltratados o de morir, allí no hay garantías, para ellos ni para nosotros. Ese nosotros rebasa la geografía y el contexto concreto. Ese nosotros es el que quisiera devolverle los ojos a Julio César. Pero ya no es posible.

[PANAL DE IDEAS]

Mauricio Alarcón Salvador
Giovanni Carrión Cevallos
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