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28 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
28 de Septiembre del 2015
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

El aborto no es sólo eso
En Ecuador, el aborto es un tema prohibido por orden directa del Presidente de la República en octubre del 2013. En esos dos años han muerto mujeres por abortar en condiciones de riesgo; se ha perseguido a mujeres por abortar; las mujeres han tenido hijos no deseados producto de la pobreza y la violencia sexual, por tanto, se ha violado su derecho a la dignidad humana; se le ha negado una educación sexual laica a la juventud. Nos hemos vuelto más ignorantes.

Hoy es el Día por la Despenalización del Aborto en América Latina y el Caribe. En Ecuador, el aborto es un tema prohibido por orden directa del presidente de la República en  octubre de 2013. En esos dos años, han muerto mujeres por abortar en condiciones de riesgo; se ha perseguido a mujeres por abortar; las mujeres han tenido hijos no deseados producto de la pobreza y la violencia sexual, por tanto, se ha violado su derecho a la dignidad humana; se le ha negado una educación sexual laica a la juventud. Nos hemos vuelto más ignorantes.

Si optamos por pensarlo con serenidad, el aborto realmente nos obliga a pensar qué es la vida, cuándo comienza, cómo se gesta, cuándo termina, de qué maneras se entiende como vida hoy, cuando vivimos en una sociedad moderna marcada por el avance tecnológico. Si queremos comprender el problema del aborto, debemos pensar en la muerte, en la tecnología, en el cuerpo en relación con el Estado, en el modelo capitalista. Todo eso genera nuevas concepciones de lo que es la vida.

No se puede hablar de aborto sin hablar de eutanasia; suicidio; inseminación artificial; transferencias de óvulo; tratamientos de fertilidad; transplante de órganos; incluso transfusión de sangre. En el acto sexual hay espermatozoides que se pierden. En algunos embarazos iniciados, hay embriones que se vuelven inviables. Esto nos sitúa frente a nuestra propia mortalidad y también frente a nuestra libertad de conciencia, a nuestra posibilidad de tomar decisiones extremas frente a hechos inesperados.

Sin duda, se trata de problemas vinculados los unos a los otros: parten del debate sobre qué es la vida humana, en dónde inicia y cuándo debe terminar. Si convenimos en que la vida se gesta gradualmente hasta que existe un ser humano al cabo de un proceso de gestación, pensemos también si esa gestación puede ser sólo “natural” o si es legítimo que se la provoque tecnológicamente. Si no se puede interrumpir un embarazo por medio de la tecnología, ¿es lícito iniciar uno? Si en Ecuador se permite congelar óvulos o mantener abiertos bancos de semen, se estaría permitiendo que se comercialice con posibilidades no naturales de generar vida. Absurdo como suena, eso es lo que nos hace pensar la posición oficial del Estado frente al aborto, pues un debate serio debe considerar los argumentos vinculados a él.

En otro ámbito, ¿cómo va a tratar el Estado la difícil realidad del sucidio? ¿Le corresponde al Estado? En otros países se han definido ciertos casos de suicidio como accidentes de trabajo cuando es causado por las condiciones de miseria que generan los modelos de explotación. ¿Prohibimos también este debate al otro cabo de la vida? Cuando retrocede una sociedad, retrocede la posibilidad de pensar en escenarios que jamás habíamos considerado y que harían nuestras vidas más dignas. Por otro lado, el tema del suicidio asistido y la eutanasia pasiva o activa también tendrían que prohibirse. Son problemas que no se pueden disociar con tanta ligereza. Allí también se trata de la vida, del derecho a la dignidad humana, a la integridad.

Entonces, si el Estado ecuatoriano prohíbe el aborto libre y seguro y sus funcionarios de turno quieren ser coherentes, tendrán que prohibir también los lugares para el buen morir; las clínicas de fertilidad; la donación y el transplante de órganos; y también el acto sexual, pues genera pérdida de material genético, como se ha mencionado (no que no lo hayan intentado Alexis Mera con su teoría de la postergación, Mónica Hernández con su estudio sobre la abstinencia o Rafael Correa con el estudio de caso de Segismundo).

¿Qué esperan? Vayan y cierren las clínicas, persigan a las familias de enfermos terminales o a quienes les brindan sosiego, prohíban las donaciones de órganos y controlen que no haya pérdida de espermatozoides cada vez que un acto sexual tiene lugar en los territorios que controlan. Sólo así serían coherentes. De lo contrario, están simplemente imponiendo una norma jurídica atrasada que no puede ser sino misógina, mortífera y muy, muy pobre. 

No ver que el aborto es un tema relacionado con todo esto dentro de lo bioético, del bioderecho, es mantenerse deliberadamente al margen de esta discusión, que llevaría a la progresión de los derechos de la población. Esta grave negativa del Estado ecuatoriano a asumir este debate está llevando a la muerte de mujeres todos los días y a hacernos más ignorantes a todos. Esta ignorancia exacerba la estigmatización contra las mujeres en el caso concreto del aborto y de sus derechos sexuales y reproductivos.

La Constitución ecuatoriana dicta que la vida humana inicia en la concepción, un argumento bastante pobre que el poder usa para prohibir el debate, cuando sabemos que la Constitución no es un texto inamovible, está hecho por personas, por lo tanto, va a rescribirse en el tiempo. La prohibición de debatir sobre la despenalización del aborto nos sitúa como uno de los países más retardatarios del mundo. Con esta prohibición, el Estado ecuatoriano retrocede a la imposición de una moral única para toda la población, es decir, retrocede a épocas medievales, literalmente. Los Estados modernos deben admitir que no opera una sola moral en las sociedades que administran. Si hay ciudadanía libre, hay diversidad: hay libertades sexuales, de conciencia, de culto, de expresión. Esas libertades deben ser garantizadas con derechos. El Estado ecuatoriano ha actuado en contra de su población y en contra de las mujeres, a pesar de recomendaciones internacionales y de la preocupación de la ONU, de la CEDAW, de Human Rights Watch, a pesar de nuestra protesta organizada, de nuestra interpelación permanente, que ha sido deslegitimada.

Nuestro retroceso es realmente devastador. La bioética ya ha planteado ampliamente el debate en torno al aborto en relación con la vida y la muerte por décadas. Ignorar esta realidad del mundo en que vivimos es ir contra nuestros derechos. En una sociedad diversa, no es posible que haya un solo código ético para toda la población. La diversidad de la experiencia, de la existencia misma, debería por lo menos menos considerarse para incorporarse un día a lo legislativo. Ignorar el mundo del conocimiento, gastar dineros públicos para obstaculizar el acceso a dichos conocimientos, es sumir a las personas en una marginalidad que se volverá obediencia e ignorancia. Parece que es lo único sobre lo que pueden gobernar.

Frente a eso, estará siempre el conocimiento desobediente. Como éste.

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