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1 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
1 de Septiembre del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El achicamiento del tamaño del liderazgo
El escenario de ese liderazgo intrépido ya no existe. No solo por la baja de los precios del petróleo y otros factores exógenos, sino porque las relaciones de fuerza en el ámbito político han cambiado.

¿Cuánto necesita del estado un gobernante populista?; crear una organización capaz de hacer las cosas, al parecer no va con el estilo populista. El líder populista quiere y exige resultados ¡ya!; no le importa cómo. 

Las características personales de los líderes sin duda cuentan, y mucho, en la conducción política de un proceso de cambio de la realidad. El estilo de gobierno de Rafael Correa no es igual al de Nicolás Maduro, no solo porque las circunstancias de Ecuador y Venezuela son diferentes, sino por la configuración de sus personalidades. Sin embargo, el cambio de las circunstancias también obliga a un reajuste de esas cualidades personales.

La situación que ahora vive el Ecuador no es igual a la que encontró Correa cuando ascendió al poder. En esas condiciones él impuso un estilo “agresivo” que le granjeó simpatías en amplias capas de la población, sobre todo de las más marginadas y desatendidas. Dispuso durante muchos años de un alto capital político y de abundantes recursos económicos. Parecía que el Ecuador había superado la inestabilidad política de fines de siglo y comienzos del actual.

Dio muestras de temeridad y de una dedicación poco común al trabajo. Su familiaridad con los temas económicos le liberó de la dependencia que otros gobernantes tuvieron con sus asesores económicos. Pero no solo implantó su autoridad en materias económicas, sino en temas políticos; su sobreactuación quitó espacio a sus colaboradores; las instituciones del Estado pasaron a tener un bajo perfil.

Y es que para aquellas era difícil cambiar de golpe su rutina administrativa. Este aparato lo describe Carlos Matus, experto chileno en planificación y gobierno,  “como una bicicleta estacionaria de gimnasia incapaz de avanzar en la dirección de un proyecto de gobierno”.  Imposible que esos organismos pudieran alcanzar la velocidad que Correa imprimió a su gestión de gobierno. Ello impidió que el aparato público se modernizara y lograra altos niveles de eficiencia y eficacia. Hubo un crecimiento de la burocracia pero no una reforma institucional.

Se crearon muchos ministerios, cada uno de los cuales contó con un número apreciable de asesores, pero ninguno pudo competir con la celeridad y alcance de las ejecutorias del líder. Dice Matus a propósito de este tipo de líderes: “son grandes desorganizadores-organizadores, pero con sus decisiones centralizadas desorganizan, al menos en una primera etapa, a mayor velocidad de la que pueden organizar”.

Ocurre, entonces, algo que nadie imaginó. Los gobernantes en el pasado, siendo rehenes de esa “bicicleta estacionaria”, muchos de ellos se empeñaron en reformarla para que no fuera obstáculo a la acción encaminada al cambio de la realidad. En el caso del Ecuador, se puede decir que Correa prescindió de esa bicicleta e imprimió al gobierno un ritmo de trabajo para el que las instituciones del Estado no estaban preparadas. En ello consistió el “voluntarismo” de Correa. Gobernó más de prisa de lo acostumbrado por las organizaciones del Estado.

La excesiva centralización, la arbitrariedad y el ideologismo exagerado, impidieron que se sentaran las bases de una reforma institucional.  “Cambiar las organizaciones es cambiar a los hombres, en sus conocimientos, en sus valores y en sus prácticas”; comporta un cambio cultural de grandes proporciones, pero eso requiere tiempo, tiempo del que carece el líder carismático “impaciente e inagotable”. Quizá por esto se empeñó en la posible “reelección indefinida”, al constatar que la tarea por realizar seguía siendo inmensa.

El escenario de ese liderazgo intrépido ya no existe. No solo por la baja de los precios del petróleo y otros factores exógenos, sino porque las relaciones de fuerza en el ámbito político han cambiado. Ello exige atemperar la virulencia de ese liderazgo. La paradoja está en que cuando Correa necesita delegar y racionalizar la acción del Estado, decide “achicar el tamaño del Estado”; pero también se acorta el espacio para el estilo de liderazgo que imprimió Correa en la primera etapa de su gobierno.

El frenazo de la economía es también un frenazo de ese tipo de liderazgo. Ya no puede seguir funcionando como “locomotora fuera de rieles”. Ello contradice su voluntarismo; le es cada vez más difícil imponer sus creencias; el pueblo perdió el miedo y ha salido a las calles a reclamar sus derechos. Por su parte, el gobierno dispone de menos recursos para “hacerle bien” a las mayorías desposeídas no solo de bienes materiales sino “de la capacidad para comprender el proyecto del líder” y la urgencia de su realización.

Éste, el líder, duda que en esas condiciones pueda pasar a la historia; pero por su trayectoria y el estilo de su liderazgo, en momentos en que hace falta el consenso, le cuesta admitirlo, y más bien recurre a la violencia y a  la “eficacia de la imposición”. Se vuelve cada vez más difícil creer que, pese a todo, Correa pueda “salirse con la suya” y salvar al Ecuador e “impedir el regreso al pasado”. 

El escenario adverso en el que ahora se mueve hace que ese estilo de liderazgo aparezca deslucido. La euforia de la “revolución ciudadana” “avanzamos Patria”, la “Patria va” se apaga y el discurso oficial se vacía de ese sabor triunfalista.

¿Cómo justificar las enmiendas constitucionales en medio de la crisis? El propio proyecto de la reelección indefinida se queda sin piso cuando el proceso evoluciona hacia un callejón sin salida, frente a lo cual el líder mismo confiesa que “lo que menos quiere es ser candidato en el 2017”.

Los posibles desastres naturales referidos al Cotopaxi y al fenómeno de El Niño se suman a este cuadro dramático para el que sí se necesita de un liderazgo aguerrido como el que Correa proyectó al inicio de su mandato, pero que ahora tropieza con un progresivo deterioro.

Si Correa entiende que un líder exitoso no es solo aquel que logra mantenerse en el poder sino el que es eficaz y eficiente para sacar al país de su atolladero, a lo mejor logre finalmente pasar a la historia como un gobernante responsable y consiga ponerse a la altura de sus propias expectativas.
Los resultados de su gestión no son los que él imaginó ni esperó. Sus proyectos emblemáticos como Yachay, el cambio de la matriz productiva, el Sumak Kawsay, la Constitución de Montecristi, la iniciativa Yasuní ITT han mostrado sus límites, en unos casos, en otros han sido abandonados. Se hace cada vez más difícil sostener la dolarización como consecuencia de políticas que han ahuyentado el ahorro y la inversión privados.  

Quedan de este liderazgo muchas lecciones. El país, después de todo, no abdicó de la democracia. El pueblo resistió el intento de sustituir la democracia por un autoritarismo plebiscitario. Hasta la consulta popular ha dejado de ser una opción del gobierno; más bien la invocan quienes fueron descalificados como “cuatro pelagatos”. La soberanía del pueblo no puede ser expropiada ni siquiera por quien se impuso en las urnas por tres ocasiones.    

“Gobernar es una partida de muchas batallas interrelacionadas”, batallas que no siempre ganó el gobierno. La batalla de la alternabilidad, con toda seguridad, la ganará el pueblo, no para volver al pasado, sino para recuperar a plenitud la democracia y su derecho a elegir su futuro.

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