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21 de Mayo del 2018
Ideas
Lectura: 11 minutos
21 de Mayo del 2018
Luis Córdova-Alarcón

Es profesor agregado de la Universidad Central del Ecuador, experto en Derecho Internacional y Ciencia Política. 

El affaire Assange y las tácticas de la diplomacia pública
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En la competición geopolítica entre EE.UU., Rusia y China –que son los actores estatales más activos pero no los únicos– con frecuencia se utilizan tácticas de diplomacia pública para construir narrativas políticas que apuntalen sus intereses geoestratégicos, Julian Assange se volvió parte de este juego de espejos en el que las noticias falsas (fake news) se mezclan con noticias auténticas, creando una atmósfera de verosimilitud que es difícil disipar para la mayoría de la población.

Recientes reportajes realizados por un equipo periodístico binacional y publicados en MilHojas.is, The Guardian y PlanV han puesto a Julian Assange nuevamente en la picota internacional, y a la cancillería ecuatoriana bajo fuego político a escala nacional. El affaire Assange es polémico desde toda punto de vista y, dadas sus connotaciones de política internacional, merece una lectura mesurada que ubique la «verdad periodística» en un contexto geopolítico que está pasando desapercibido en la opinión pública.

Mi argumento central es el siguiente. En la competición geopolítica entre EE.UU., Rusia y China –que son los actores estatales más activos pero no los únicos– con frecuencia se utilizan tácticas de diplomacia pública para construir narrativas políticas que apuntalen sus intereses geoestratégicos, Julian Assange se volvió parte de este juego de espejos en el que las noticias falsas (fake news) se mezclan con noticias auténticas, creando una atmósfera de verosimilitud que es difícil disipar para la mayoría de la población. Por ello, los periodistas deben esforzarse por no ser prisioneros de las narrativas políticas que normalmente se basan en suposiciones y no en hechos verificables, evitando alimentar este tipo de tácticas.

El orden internacional liderado por EE.UU., tras la II Guerra Mundial, entró en una crisis sistémica irreversible como consecuencia de la re-distribución de poder desde el Norte hacia el Sur global y desde el Occidente hacia el Oriente. El último gran episodio de esta crisis se produjo en 2008 cuando las bolsas de valores de Wall Street y la City de Londres cayeron estrepitosamente provocando un terremoto económico-financiero en el epicentro del mundo Occidental. Esto coadyuvó para que la Administración de Barack Obama (2009-2017) replantee su política exterior, enfatizando la diplomacia multilateral en contraste con la postura aislacionista que mantuvo su predecesor: George W. Bush (2001-2009).

Lo que estaba en juego entonces era el prestigio del gobierno de EE.UU. para continuar liderando el orden mundial. De ahí que Obama se haya empeñado en lograr un acuerdo multilateral con Irán para frenar su programa nuclear; retomar las relaciones diplomáticas con Cuba; abstenerse en la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas que condena cada año al Estado de Israel por su política colonial frente a Palestina (siempre EE.UU. había votado en contra); y apoyar un acuerdo global para frenar el cambio climático. Todo esto a sabiendas de que en política exterior no basta la fuerza y la coerción, sino que también juegan un rol complementario la capacidad de atracción y persuasión, lo que Joseph Nye denominó, ya en 1990, como soft power (poder suave).

Para el establishment norteamericano alineado con esta visión estratégica era lógico esperar que la sucesora de Obama sea Hillary Clinton, lo que le habría dado continuidad al proyecto. Pero las cosas no resultaron así. La llegada de Trump a la Casa Blanca resultó incómoda, por decir lo menos; más aún cuando parte de su oferta de campaña fue la promesa de desmontar toda la herencia de Obama en materia internacional.

Al nerviosismo de ciertas élites políticas en EE.UU. hay que agregarle otro ingrediente. En junio de 2016 se produjo un inesperado resultado del referéndum inglés que definió la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, lo que se conoce como Brexit; hecho que atizó las dudas sobre la viabilidad del proyecto de integración en Europa. No hay que olvidar que durante la Administración Obama la política rusófoba de los geoestrategas de Washington (en especial, Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger) no mermó. Al contrario, Obama promovió la expansión de la OTAN como una forma de cercar la influencia de Rusia en la región. Recuérdese la crisis política en Ucrania (2013-2014) que derivó en la anexión de la provincia de Crimea a Rusia y la posterior decisión del presidente ucraniano Poroshenko de iniciar las negociaciones formales para su ingreso a la OTAN, a mediados de 2017.

Sin estos elementos es difícil comprender por qué el establishment político norteamericano se empeñó en deslegitimar el triunfo de Trump a la par que promovía un sentimiento rusófobo en sus áreas de influencia. Dos hechos ayudaron a configurar la narrativa: primero, las declaraciones del Trump elogiando a Putin como gobernante durante su campaña para ganar la postulación por el partido Republicano. Segundo, la filtración de correos electrónicos del equipo de campaña de Hillary Clinton realizada por Julian Assange a través de WikiLeaks. Esto bastó para vincular al Kremlin con Assange como parte de un complot para beneficiar a Trump.

Para alcanzar ambos objetivos se implementaron tácticas de diplomacia pública. La «diplomacia pública» es el uso de la propaganda para lograr fines de política exterior; es decir, manipulando las actitudes de amplios segmentos sociales a través de los mass media. Durante el 2017 se multiplicaron las tácticas mediáticas en esa dirección, todas basadas en «noticias falsas» (fake news) pero que, sin embargo, fueron replicadas mecánicamente por otros medios a escala global y, por supuesto, consumidas con voracidad por los cibernautas de las redes sociales. Las investigaciones publicadas por el periodista Glenn Greenwald en el portal digital The Intercept evidencian cómo importantes medios de información fueron instrumentalizados en estas tácticas de embuste.

Ya en diciembre de 2016 el diario The Washington Post publicó una noticia que resultó ser totalmente falsa, afirmando que hackers rusos habían pirateado el sistema eléctrico de EE.UU. y manipulado resultados electorales. Por esos mismos días, el prestigioso medio británico The Guardian incurrió en un acto similar, al publicar un informe de Ben Jacobs, que se volvió viral, en el que se afirmaba que WikiLeaks tiene una larga relación con el Kremlin. El informe resultó falso y el medio debió retractarse. En junio de 2017, CNN tuvo que retractarse y pedir disculpas públicas por una historia que vinculaba a un aliado de Trump, Anthony Scaramucci, con un fondo de inversión ruso bajo investigación del Congreso. Tres periodistas tuvieron que renunciar por ese motivo. Casos como estos hay muchos, pero todos replican una matriz discursiva común sustentada en la «rusofobia» y el supuesto vínculo del Kremlin con Assange.

El guión discursivo de estas tácticas llegó a su fin cuando Trump hizo publica la «Estrategia de Seguridad Nacional» (en diciembre de 2017) en la que identifica a Rusia y China como los principales desafíos para el poder de EE.UU. Los halcones de Washington escalaron posiciones en el gabinete de Trump y la política belicista regresó con fuerza a la agenda internacional de la Casa Blanca. El desmontaje de la «herencia Obama» fue sistemático y el último episodio fue la inauguración de la embajada de EE.UU. en Jerusalén, en medio de una cruenta represión al pueblo palestino.

Es probable que este tipo de decisiones acreciente el «anti-americanismo», socavando la imagen de EE.UU. como paladín del «orden internacional liberal». La mera presencia de Trump en la Casa Blanca ya provoca ese sentir, por su talante despótico. Pero, en cambio, a su partido puede generarle buenos réditos políticos en las elecciones legislativas que se avecinan.

Lo cierto es que ni Rusia ni China han perdido el tiempo y avanzan en la consecución de ambiciosas estrategias para promover su soft power mediante tácticas de diplomacia pública en áreas que antes estaban bajo control norteamericano. Mientras el Kremlin cuenta con Rusia Today, una plataforma mediática con amplia cobertura en América Latina; Pekín consolidó su influencia en esta región a través de su músculo económico, pero también gana presencia en las misiones de «intervención humanitaria» que despliega la ONU principalmente en el África, y en los foros de seguridad marítima en los que tiene especial interés.

Las tácticas de diplomacia pública se multiplican en todas las direcciones. Países periféricos como Ecuador tienen la obligación de hacer prospectiva al respecto. Hoy, la diplomacia tradicional incluye interacciones multinivel en las que los actores no-estatales desempeñan un rol protagónico para promover objetivos políticos. Los participantes no estatales son la base de la diplomacia pública y cada uno de ellos está dirigido a grupos de interés específicos. La simbiosis generada entre actores estatales y no-estatales en la generación de ciertas corrientes de opinión no es nueva, pero sí lo son las plataformas tecnológicas que han potencializado estas estrategias discursivas a una escala global y con impactos incalculables.

Julian Assange es una ficha más del tablero geopolítico en este nuevo (des)orden mundial. Pero para Ecuador no es una ficha cualquiera, porque se encuentra asilado en su embajada, y no en una ciudad cualquiera, sino en el corazón del sistema de espionaje y contra-espionaje del mundo occidental: Londres. El affaire Assange es una «papa caliente» en manos del gobierno ecuatoriano, pero el problema no es Assange sino las manos en las que está actualmente la cancillería ecuatoriana. No solo se requiere un cambio de nombre al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores, sino una redefinición global de la agenda internacional ecuatoriana que tome el pulso a las tendencias globales de la política internacional.

 

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