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1 de Septiembre del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
1 de Septiembre del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El archivo de la autocrítica
La izquierda, en particular aquella que no asimiló la lección desprendida del desplome del “socialismo real”, es reacia a aceptar este enfoque; el enfoque de contrastar los principios normativos con la realidad. El temor a cometer un desliz que pudiera “oler” a “derechización”, le lleva a aferrarse a sus dogmas de fe y a no aprender de sus errores. Ello hace que esa izquierda se vuelva conservadora y no pueda comprender los cambios de la realidad, ni ajustar su práctica a tales cambios.

En una entrevista publicada en El Telégrafo, el 25 de agosto del 2016, la conocida académica de izquierda, Marta Harnecker,  afirmó que “la derecha ganó espacio por debilidades de la izquierda”. Su reflexión tiene un matiz autocrítico. Se basa en los casos de Ecuador, Bolivia y Venezuela. En ellos, critica las prácticas políticas de la izquierda “muy similares a las acciones de la derecha”. Los líderes “no guardan coherencia entre el proyecto de sociedad que impulsan y sus acciones personales”. No obstante haberse dotado de constituciones políticas progresistas, no se apoyaron en ellas para “apoyar sus procesos de cambio”.  No transformaron “a los pueblos en actores”.

Mientras eso ocurría en la izquierda, la derecha remozó su discurso. En Argentina dice: “escuché algunos de sus discursos  y me pareció que tenían un lenguaje “aceptable”. Ello hace que para el pueblo “resulte difícil distinguir  lo que es la izquierda y lo que es la derecha”.

Mucho más, digo yo, si los gobiernos “populares” se cierran a la crítica y peor a la autocrítica. Dados los dogmas de fe que profesan ciertos marxistas vale refrescar su memoria con algunas citas de Mao Tse Tung extraídas del famoso Libro Rojo, sobre el significado de la crítica y autocrítica.

“Hemos dicho que la habitación se debe limpiar regularmente, porque de otra manera se amontonará el polvo, y que tenemos que lavarnos la cara regularmente, porque de otra manera se nos cubrirá de mugre”.    

Para la expresidenta argentina, Cristina Kirchner, las críticas a esos gobiernos responden a la “estrategia dura y pura contra los gobiernos nacionales, populares y democráticos y sobre sus líderes políticos”. Piensa que Dilma Rousseff en Brasil estaría enfrentando una situación similar a la de ella en Argentina. El presidente Correa califica la destitución de Dilma como “una apología al abuso y la traición”.

Tales afirmaciones van en dirección contraria a las máximas de Mao: “di todo lo que sepas y dilo sin reservas”, “no culpes al que hable, antes bien toma sus palabras como una advertencia” y “corrige tus errores, si los has cometido, y guárdate de ellos si no has cometido ninguno”.

Lejos de ello, los presidentes bolivarianos incurren en los errores anotados por Marta Harnecker. Curioso que no se hayan percatado de esa crítica y decidido  entregarle la condecoración  “Orden Nacional al Mérito en el grado de Caballero”. Las palabras del canciller Long en esa ceremonia revelaron un desconocimiento de la crítica formulada por Harnecker. Así sentenció: “muchos intelectuales de la izquierda radical, colonizados por el neoliberalismo, han perdido el condumio estructuralista para ser tentados por la tentación(sic) de la posmodernidad en contra del contrato social (…) Marta no ha caído en esa tentación, se ha mantenido como un pilar firme para una visión universal y atemporal de los derechos de los seres humanos”.

Marta Harnecker al agradecer por la condecoración,  “enfatizó en cómo han cambiado los tiempos, pues años atrás sus libros eran quemados durante la dictadura de Pinochet en su tierra natal, Chile; ahora es un Estado que reconoce su trabajo reflejado en más de 82 trabajos editados, decenas de videos, artículos de prensa y revistas”.

Marta Harnecker se asombra de “como han cambiado los tiempos”. Sin duda, gobiernos autocalificados de izquierda son mucho menos tolerantes que los gobiernos de la Concertación en  Chile. En sus palabras de agradecimiento ella “hizo una retrospectiva por su paso por el catolicismo y posteriormente por el marxismo , que lo entendió como “un instrumento para concretar el amor.”

La izquierda, según ella, “llegó al poder para poner en marcha  políticas de estado demandadas” e insistió en que “la gente quiere felicidad, y esa felicidad se logra transformando la sociedad”.
Claro que si dicha transformación se consigue a costa de la “felicidad de la gente”, nada raro será que la gente la repruebe, como ocurre con quienes salen de Cuba, se mueren de hambre en Venezuela, y pierden sus empleos en el Ecuador.  En tal contexto tampoco deberá sorprender que la gente se muestre más receptiva a los discursos remozados de la derecha.

La crítica de Marta Harnecker empata con el giro que tomó la Revolución China, a la muerte de Mao Tse Tung. Den Xiaoping, no obstante haber sido “etiquetado como seguidor del camino capitalista” y caído en desgracia más de una vez, se atrevió a criticar la línea implantada por Mao en la conducción de la economía.   

Este desplazamiento ideológico en la conducción de la Revolución China, la única que sobrevivió a la caída del Muro de Berlín, no puso en peligro el control político del Partido Comunista. Y lejos de ser perjudicial para China le abrió las puertas al desarrollo económico, convirtiéndose finalmente en la potencia mundial que hoy es. En términos ideológicos terminó con el “culto a la personalidad” de Mao y con la fe religiosa en la infalibilidad de su pensamiento, al que se seguía acudiendo antes de tomar tal o cual decisión de política, aún después de su muerte. Según Den, el enfoque correcto era buscar la verdad de los hechos y no seguir ciegamente las citas del pensamiento del “Gran timonel”  en el Libro Rojo

La izquierda, en particular aquella que no asimiló la lección desprendida del desplome del “socialismo real”, es reacia a aceptar este enfoque; el enfoque de contrastar los principios normativos con la realidad.  El temor a cometer un desliz que pudiera “oler” a “derechización”,  le lleva a aferrarse a sus dogmas de fe y a no aprender de sus errores. Ello hace que esa izquierda se vuelva conservadora y no pueda comprender los cambios de la realidad, ni ajustar su práctica a tales cambios. Y que se quede en el “discurso”, sin capacidad de aplicación, y puesto al servicio de un formato propagandístico que le acerca más a la demagogia que a la acción transformadora de la realidad.  

El Ecuador en esta década de “revolución ciudadana” no ha logrado sentar las bases de un desarrollo económico, social y político sostenido. No supo precaverse de una caída de los precios del petróleo y destinó esos recursos al gasto corriente y a una obra pública políticamente rentable; infló la burocracia y optó por la centralización del poder. Lejos de practicar la autocrítica bloqueó todos los mecanismos de control, tanto estatal como social, lo que ha afectado la transparencia de su gestión y ha creado condiciones para la entronización de la corrupción.  De esta manera Correa le ha prestado un gran servicio a la derecha, cuando en nombre de la “izquierda” se ha aferrado al poder y levantado diques  a  la movilización social.  De ahí que su relevo por un gobierno que sepa escuchar la crítica y que practique la autocrítica de manera “concienzuda” y responsable, sea de izquierda o de derecha, luce altamente probable, siempre que se respete la voluntad popular.

La pobreza golpea mucho más cuando falta la libertad. La gran demanda de la sociedad en la coyuntura actual es precisamente ésta: rescatar la democracia, convertida hoy en una caricatura, para que el pueblo soberanamente decida el rumbo a seguir, sin menoscabo de su bienestar, pero tampoco de su libertad.

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