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14 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 4 minutos
14 de Agosto del 2016
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

El arte de ser un muerto de hambre
Nuestro bien amado presidente, Rafael Correa Delgado, tiene un hambre que no se sacia con los bufetes refinados, la ropa bonita, los viajes sofisticados, o los costosos cuerpos de seguridad que cuidan a su familia en Francia (el mismo país donde Rousseau, Vallejo, Hemingway, pasaron necesidades). Nuestro líder quiere comerse los años de trabajo, y parte de la vida del comunicador Fernando Villavicencio.

César Vallejo fue un poeta refinado cuyas habilidades literarias le permitieron predecir las inusuales características del día de su muerte, sería un jueves, en París y en medio de un inconsolable aguacero. Desde luego su gran talento no siempre le procuró bondades materiales, de hecho César pasó toda suerte de necesidades, y mucha hambre durante su vida, hasta el punto de maldecir a las fuerzas humanas y divinas que contemplaban sus desventuras en silencio. 

Jean-Jacques Rousseau también pasó hambre, en su adolescencia dejó Suiza y visitó París donde conocería la alienación las carestías, y la pobreza. Por supuesto poco tiempo después sus cualidades intelectuales le permitirían ser uno de los ideólogos de los sistemas republicanos modernos. Ernest Hemingway también pasó necesidades cuando vivió en París. Desde luego, eso no le impidió recordar aquellos años como los más felices de su vida. Las carestías no cesaron su ímpetu vertiginoso por empapar la literatura con sangre de búfalos africanos, y sudor de boxeadores decadentes. 

Rousseau, Vallejo, Hemingway, padecieron pobreza en determinados momentos de su vida. Pero ¿sabe una cosa? ninguno de ellos era un muerto de hambre. Todos ellos atravesaron esos momentos difíciles con la elegante serenidad que impele la honestidad y el talento.  En efecto, ser un muerto de hambre no tiene nada que ver con las posibilidades económicas.

Varios muertos de hambre de la historia han sido, de hecho, personas adineradas. Idi Amin Dada era prácticamente el dueño de Uganda, vivía entre lujos extravagantes y delirios alucinantes. Su apetito implacable no se aplacaba con manjares exóticos o drogas refinadas, siempre quería más, hasta el punto que en un ejercicio épico de ansiedad llegó a comerse la carne de sus enemigos políticos.

Calígula, el mítico emperador Romano, también era un muerto de hambre, sus necesidades estomacales eran menores a las de Amin, pero su sed de admiración y su hambre alucinante lo encaminó a despojar de sus bienes a los miembros del senado para emprender una alocada guerra contra el mar. Pol Pot, el tirano comunista (valga la redundancia) de Camboya, expropió de sus bienes a cientos de miles de ciudadanos y los envió desnudos y heridos a campos de trabajo para construir de ese modo un exuberante paraíso utópico, que desde luego jamás llegó. Un muerto de hambre es aquel que quita el pan a los más débiles a fin de saciar su gula.

Nuestro bien amado presidente, Rafael Correa Delgado, tiene un hambre que no se sacia con los bufetes refinados, la ropa bonita, los viajes sofisticados, o los costosos cuerpos de seguridad que cuidan a su familia en Francia (el mismo país donde Rousseau, Vallejo, Hemingway, pasaron necesidades). Nuestro líder quiere comerse los años de trabajo, y parte de la vida del comunicador Fernando Villavicencio. En efecto, ahora mismo un juez ha abierto la posibilidad  que se le confisquen sus bienes. ¿Su crimen? denunciar actos oscuros dentro del gobierno y decir cosas que la mayoría de nosotros tenemos miedo de decir. Villavicencio ha enfrentado con la cara desnuda las miserias del poder, y no hay nada que moleste más a los muertos de hambre que el valor.

Tengo entendido que ahora mismo se está haciendo vaca para apoyar a Villavicencio, no se usted estimado lector, pero yo voy a ir mañana mismo al banco y voy a depositar mi aporte en la cuenta 2202407496 del Banco del Pichincha. Lo haré porque considero que un tipo valiente como él merece y necesita nuestro respaldo, pero también lo haré porque quiero darme el lujo de decir algún día que mi dinero sirvió para que el señor Presidente no pase hambre.

 

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