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4 de Noviembre del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
4 de Noviembre del 2019
Gonzalo Ordóñez

Es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito; Magíster en Comunicación, con mención en Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación por la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.

El asalto
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La impunidad estructural destruye la confianza social, abarca tanto lo grande como lo pequeño. La impunidad permite que las redes se multipliquen y corrompan instituciones sociales fundamentales.

Me incomoda manejar con exceso de ropa, así que por lo general utilizo la calefacción aunque ralentiza el vehículo. Que esa noche conservara la chaqueta impermeable, probablemente, salvó mi vida.

Regresaba de ver la película Maléfica, por la avenida 6 de Diciembre en dirección sur norte, cuando antes de llegar a la calle que va en dirección al Comité del Pueblo veo  a un grupo de hombres, quizá de unos 25 años aproximadamente, sacudir a una mujer joven, quizá una estudiante; aparentemente forcejeaban con su mochila.

Detuve el automóvil, pité y grité ¡Policía! Esperaba como reacción normal que huyeran; sin embargo, uno de ellos hizo todo lo contrario, corrió como una bestia implacable en mi dirección mientras rastrillaba lo que parecía un arma.  Lo siguió el resto, quizá unos cuatro individuos, mientras yo intentaba que el auto tomara velocidad.

Apenas sí pude escapar de la rabiosa jauría, mientras me inclinaba hacia el asiento del copiloto para evadir un posible disparo. Detuve el auto cuadras más adelante, cuando logré que desaparecieran del retrovisor. El registro en mi celular de la llamada al 911 duró tres minutos a las 23:19 del jueves 24 de octubre, estaba muy nervioso y confundí varias veces la dirección. Al día siguiente, mientras contaba el incidente, caería en cuenta que el miedo que me produjo el evento, antes que la amenaza con un arma, fue la audacia con la que actuaron.

Al finalizar la llamada, a pesar del temor que sentía, opté por regresar al lugar con la intención de ver si podía hacer algo por la joven. En el camino encontré a un patrullero que subía en dirección al Comité del Pueblo. Me había explicado del todo mal pues el incidente fue en plena 6 de Diciembre.

Luego de que describí brevemente el asalto,  regresé a mi casa, ya seguro de que no podría hacer nada más. Me quedó una interrogante: ¿por qué no solicitaron mis datos, en caso de atraparlos?

Dije que atacaron con audacia; el término alude a individuos que emprenden acciones sin temor del riesgo que implica. A eso también se le puede denominar impunidad, la confianza en que la responsabilidad de sus actos no  será exigida ni castigada.  Ese fue el miedo que caló en mis huesos al igual que el frío de esa noche: ellos perdieron el miedo y matarme no significaba un riesgo mayor si un juez corrupto los liberaba. 

Una red de criminales, abogados, jueces y políticos corruptos conduce a una impunidad estructural. La criminalidad disminuye cuando existe un sistema de justicia imparcial y eficiente; además, de un cuerpo de policía preparado que actúa con efectividad. 

Una red de criminales, abogados, jueces y políticos corruptos conduce a una impunidad estructural. La criminalidad disminuye cuando existe un sistema de justicia imparcial y eficiente; además, de un cuerpo de policía preparado que actúa con efectividad. Cuando estas dos condiciones no se cumplen, la delincuencia aumenta progresivamente pues los asaltantes “pierden el miedo”, saben que la cárcel es como un motel de paso.

La impunidad estructural destruye la confianza social, abarca tanto lo grande como lo pequeño. Vale como ejemplo el caso de los militares y políticos implicados en el asesinato del general Gabela que se suponen gente con poder que los protege; los mismos controlan a otros, una red cuyos hilos se extienden hacia otras redes: narcotráfico, minería ilegal, contrabando. 

La impunidad permite que las redes se multipliquen y corrompan instituciones sociales fundamentales: la educación se contamina por el menudeo de drogas, le acompaña la prostitución de jóvenes y la trata de personas. En este contexto de impunidad generalizada, no debe extrañar el incremento de la pedofilia, que se agrava por el encubrimiento político, como el caso del ex ministro de Educación Augusto Espinoza, denunciado por el Colegio de Abogados de Pichincha y la Federación de Estudiantes Secundarios del Ecuador (FESE), por sus omisiones en los casos de violaciones sexuales a niños en instituciones educativas. Traigo a colación este hecho porque la agresión a niños es con seguridad una de las peores formas de violencia pues el daño permanece durante toda la existencia de esa persona, a siete meses de la denuncia todavía no tenemos noticias de sus resultados. 

Jueces que liberan a presos son los nudos que sostienen la red donde la honestidad y la solidaridad son puestas a prueba. Entre las urgentes demandas sociales como el empleo, la seguridad social y una buena educación, debe constar el honor de abogados (muchos litigarán pagados con el mismo dinero que sus clientes robaron al Estado) y jueces.

Pero esto es retórica, los hechos son lo único real: incremento del presupuesto de fiscalía, la depuración de jueces que liberan docenas de veces a criminales y narcotraficantes y quizá, de ser posible la formación de una unidad de asuntos internos como tiene la policía, formada por jueces y fiscales, que investiguen lo más evidente: las cuentas de los jueces, sus familiares y testaferros pues no será en las sentencias donde se encuentre la culpabilidad sino en sus bolsillos repletos de dinero sucio. 

Entender que la impunidad es estructural ayuda a reconocer que lo que parece lejano a la vida cotidiana, como la impunidad de los rateros de cuello blanco, en realidad es una soga en nuestro cuello que, sin aviso, puede ajustarse hasta ahogarnos.

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