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21 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
21 de Junio del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

El asilo político: entre el dolor y la esperanza
La sobrevivencia constituye el alma, la razón fundamental de la demanda de asilo. El campo de significación de la sobrevivencia es muy amplio, quizás tan amplio como el sentido mismo de existir. La sobrevivencia da cuenta de que hay ciudadanos y pueblos enteros que se hallan al borde de un abismo de destrucción y muerte.

El tema del asilo político se ha convertido en un cuento de no terminar. Hay dos razones fundamentales que motivan que personas, familias y hasta pueblos decidan abandonar su propia patria en busca de un país que les brinde protección y seguridad. Se trata o bien del exceso de pobreza y hambre o de una precariedad de libertad social y jurídica. En cualquier caso, se busca dejar un infierno en pos, no necesariamente de un paraíso, sino tan solo de un mundo quizás medianamente libre y justo.

A veces se juntan las dos causas con lo que la petición de asilo se torna más imperativa porque se trataría, entonces, de una doble demanda de sobrevivencia. De hecho, la sobrevivencia constituye el alma, la razón fundamental de la demanda de asilo. El campo de significación de la sobrevivencia es muy amplio, quizás tan amplio como el sentido mismo de existir. La sobrevivencia da cuenta de que hay ciudadanos y pueblos enteros que se hallan al borde de un abismo de destrucción y muerte.

La sobrevivencia implica que el ritmo normal de la cotidianidad se ha alterado de tal manera que ya no existe seguridad de lo que acontecerá o, por lo menos, que esa seguridad se ha debilitado de tal manera que se ve seriamente minada la esperanza de una vida segura y justa.

El concepto y la práctica del asilo son tan viejas como la idea de Estado, de nación e incluso de reino. La historia universal se halla atravesada por la presencia del hambre y de la persecución política. De hecho, una vez que aparece el poder centralizado en una persona, el riesgo de ser víctima del poder no solo que aparece sino que se acrecienta. Los reyes eran dueños y señores de la vida y de la muerte. También los tiranos, los dictadores y todos aquellos que se han adueñado de los poderes absolutos.

Un ejemplo clásico se halla en Edipo que, luego de que se develara el misterio de su origen y el incesto en el que ha vivido, se revienta los ojos y abandona el país en búsqueda de otro que ignore su ignominia y lo proteja porque muchos desean su muerte, incluidos sus hijos. Entonces Edipo solicita asilo a Teseo, rey de Atenas que lo acoge con un sentido especial de solidaridad puesto que también él, como Edipo, debió vivir su niñez y juventud en el exilio.

Han trascurrido cuatro años desde que, el 19 de junio de 2012, el australiano Julian Assange se presentara en la Embajada de Ecuador en Londres solicitando protección diplomática aduciendo que se sentía perseguido políticamente. Pese a las voces en contra de Inglaterra, Australia y Estados Unidos, Ecuador le concedió el asilo. No precisamente motivado por el principio del respeto a los derechos humanos sino por una actitud claramente contestataria a regímenes hechos y organizados desde una democracia ciertamente fáctica. En ese asilo se han invertido ya muchos millones de dólares, como si nos sobrasen en la crisis económica actual.

Millones de dólares utilizados quizás más para decorar la imagen de un régimen que, puertas adentro, no ha dado precisamente muestras claras y efectivas de respeto a los derechos, a la opinión divergente, al discurso contestatario del otro. Un régimen que no ha cesado de perseguir a los medios de comunicación que denuncian precisamente la violación de los derechos, la presencia de una violencia oficial, la sistemática persecución a la divergencia y a lo diferente.

Para Assange, con toda razón, desde el gobierno se reclaman procesos justos y límpidos. ¿Qué acontece acá con la justicia ordinaria? ¿No se denuncian acaso, sentencias dadas al margen de lo que disponen las leyes? ¿No se despachan en tiempos cortísimos causas que exigirían mucho tiempo de análisis e investigación? ¿No se ha repetido hasta la saciedad que el sistema judicial es un campo más de acción y de intervención del poder ejecutivo? No mires la paja en el ojo ajeno si primero no retiras la viga de tu propio ojo.

Se abrieron las puertas democráticas de las fronteras. Miles de hermanos cubanos vinieron en pos de salvación fascinados por las propuestas de un paraíso en el que corren ríos de leche y miel. No todos llegaron precisamente a tal paraíso. Muchos vieron la oportunidad calva de que Ecuador se convierta en el punto de apoyo para el trampolín final para llegar a los Estados Unidos. Sueños de una noche de verano en cuyo despertar aparece la realidad monda y lironda de la precariedad y de muchas otras limitaciones. Ahora se sienten algo así como asilados y ruegan a los países vecinos que les otorguen una visa para ingresar al verdadero paraíso que son los Estados Unidos. ¿Quién escuchará sus ayes?

Nadie los escucha. Todos saben que pasaron los siete años de las vacas gordas. Ahora es el tiempo de las vacas flacas y no hay otra alternativa que asumirlo. ¿Qué fueron engañados? No necesariamente en lo que respecta al país. Quizás sí cuando se les ofreció un paraíso porque, hay que reconocerlo, no existe paraíso posible. Malhadados los engañados con el reino de los cielos, porque serán conducidos al muro de las lamentaciones.

¡Cuánto dolor, cuánto sufrimiento en esas multitudes que huyen de la violencia y de la muerte! Medio Centro América con un pie ya fuera de casa y hasta del país para huir del hambre, de la escasez y hasta de la muerte. ¿Cuándo el Mediterráneo dejará de ser el cementerio de miles y miles que huyen de sus países invadidos por el hambre y por absurdas y locas guerras que asesinan por igual a los recién nacidos y a quienes portan un fusil?

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