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24 de Agosto del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
24 de Agosto del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

El auge del femicidio
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Este mal es tan antiguo como el mundo. A la primera, llamada Eva, ya se la acusó de haber incitado al mal a su compañero: "la mujer que me diste por compañera me condujo a comer la fruta prohibida". Desde entonces, la historia de ellas ha estado marcada por toda clase de violencias: físicas, religiosas, éticas, sociales.

A veces sería mejor no abrir ningún periódico ni escuchar ningún noticiero. Y no tanto para no saber más de un país sostenido y atravesado por la corrupción y la violencia. Lo que realmente abruma cada vez más es que nos hayamos convertido en testigos de cargo de esa horrorosa crueldad con la que se agrede e inclusive se asesina a mujeres. Y no solo en los bajos mundos sociales. La violencia a la mujer es una constante que atraviesa nuestra cultura. 

Este mal es tan antiguo como el mundo. A la primera, llamada Eva, ya se la acusó de haber incitado al mal a su compañero: "la mujer que me diste por compañera me condujo a comer la fruta prohibida". Desde entonces, la historia de ellas ha estado marcada por toda clase de violencias: físicas, religiosas, éticas, sociales. 

Espeluzna enterarse de cómo crece el número de mujeres asesinadas por su esposo, su novio, su conviviente, su amigo. Sería mejor cerrar ojos y oídos, no abrir ningún periódico, no escuchar las noticias. No enterarse de estas infamias. 

Y no se sabe cada vez más del tema únicamente porque la sociedad lo visibiliza mejor. No solo que sube el número de mujeres agredidas sino que los niveles de la crueldad que han perdido todo límite. El femicidio ya no es un crimen excepcional. Al contrario, es cada vez más frecuente e involucra a mujeres de todas las edades: desde recién nacidas hasta ancianas.

 El delito de ser mujer no ha prescrito en nuestra cultura. 

Se asesina a la hija, a la mamá, a la hermana, a la esposa, a la abuela. Se viola a la vecina, a la escolar, a la nieta. Se las embaraza. Algunos de esos cuerpos son arrojados al muladar, como el más vil de todos los desperdicios humanos.

Espeluzna enterarse de cómo crece el número de mujeres asesinadas por su esposo, su novio, su conviviente, su amigo. Sería mejor cerrar ojos y oídos, no abrir ningún periódico, no escuchar las noticias. No enterarse de estas infamias.

Se han vuelto tan frecuentes los femicidios, que se tiene, no solo la impresión, sino la absoluta seguridad de que no hay día sin que una mujer no haya sido víctima de extrema violencia doméstica. Y lo más grave, Porque la infinita mayoría no es agredida ni asesinada en las calles sino la casa por el abuelo, el esposo, el marido, el conviviente, el ex novio. 

¡Cuántos cadáveres de niñas arrojados a los muladares, a las quebradas, a los ríos! ¡Cuántos cuerpos de mujer despedazados para que nadie reconozca su identidad! Realmente, como si nada significasen. Y nos lamentamos lo suficiente por una sociedad que aceleradamente pierde su ética.

¿Qué ha acontecido con los principios fundantes de nuestra cultura? ¿Por qué hemos permitido que femicidios e infanticidios terminen convertidos en una noticia más en el laberinto de las contradicciones éticas y sociales? 

Somos irremediablemente ambivalentes. Deambulamos entre el bien y el mal, entre la ternura y la agresión. Hay quienes pretendieron entender la dinamia del amor y del deseo y también nuestra ancestral ambivalencia mediante matemas. Como si el amor, la ternura, la violencia y las heridas fuesen entes de razón y no realidades que comprometen a todos. 

Pensar en el discurso lacaniano sobre la mujer. ¡Qué manera de anularla frente al único y verdadero existente que es el varón! ¿Acaso ancestral hipocresía de cierta academia que prefiere referirse a las mujeres mediante símbolos para no dar la cara a las situaciones reales que viven en nuestro medio? “La mujer no existe porque es no-toda porque está privada del símbolo del verdadero ser que es el falo”. Ambivalentes e imprevisibles, lo remetimos sin cesar.

No podemos permanecer siendo violentos. Existe una violencia protectora que nada tiene que ver con aquella destinada a producir sufrimiento y anonadamiento. La violencia, por más justificada que pudiese estar, jamás debe ser una fuente de placer. Y esta es precisamente la gran diferencia entre la violencia protectora y la destructora. El infame goza cuando ve cómo su mujer, su hija, su nieta sufre, padece, cuando se anonada al ser violada y se convierte luego en objeto desechable. 

En ningún caso la violencia puede ser una constante y menos un estilo de vida, como en ciertos perversos. Por ende, no podríamos ofrecernos a ser víctimas de nadie ni del silencio. 

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