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20 de Febrero del 2024
Ideas
Lectura: 3 minutos
20 de Febrero del 2024
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

En el bulevar
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“Jefe, jefe, me pregunta uno de ellos, ¿qué día estamos?”. “Miércoles”, respondo. “Uuuh, concluye él, hemos estado fuera del espacio”, y avanza hacia abajo con su compañero coreando una canción de salsa, que difunde a todo volumen el parlante negro que carga en la mano derecha.

Caminar es bueno. Y mejor todavía si la caminata se acompaña con ejercicios de fuerza como levantar pesas o hacer lagartijas. Yo camino cinco días a la semana y hago dominadas —dos series de ocho— en la barra que no hace más de tres semanas el Municipio de Quito instaló en el bulevar de la avenida 24 de Mayo. Mientras aflojo los músculos para iniciar mi segunda serie, se me acercan dos hombres con cara de seguir de juerga a las seis y media de la mañana. “Jefe, jefe, me pregunta uno de ellos, ¿qué día estamos?”. “Miércoles”, respondo. “Uuuh, concluye él, hemos estado fuera del espacio”, y avanza hacia abajo con su compañero coreando una canción de salsa, que difunde a todo volumen el parlante negro que carga en la mano derecha.

Ellos bajan y cinco perros suben; los mismos, creo, que vi el otro día y que les tienen una especial manía a los policías y vagabundos de la zona. Cuando los ven se les acercan ladrando, aunque nunca acaban de decidirse a morderlos. Me recuerdan a Mustapha, el perro que El Coronel, el padre de Jeanne, la protagonista de El último tango en París, había entrenado para detectar a los árabes por el olor.

El caso de los perros de la 24 no es tan fácil de explicar, pues estos no han sido entrenados por nadie y los objetos de su odio se encuentran en las antípodas del orden social.

No es un rechazo ecuménico, como el que todos los perros del mundo sienten por las manifestaciones de la velocidad —sean estas hombres corriendo o bicicletas en circulación—, ni el que invade a los perros guardianes cuando descubren a un intruso en el espacio privado que está bajo su custodia. Que sea un asunto de olfato, actitud o apariencia es lo que se debe aclarar.

Volviendo al principio: el hombre de la juerga, que declara haber estado fuera del espacio, se ve alegre y quizá es feliz. El otro hombre, el de los ejercicios, situado en el tiempo y el espacio con sus cinco sentidos, no expresa tristeza ni alegría sino sorpresa e inquietud. Ha visto a un hombre pequeño, delgado, de unos treinta o treinta y cinco años que con los pies curvados hacia adentro, de manera que sus puntas tocan la canilla de la pierna opuesta, baja corriendo por el bulevar. Baja corriendo con sus pies torcidos, calzados en unos zapatos negros que brillan como si acabaran de lustrarlos, en pos de una esperanza o alguna obligación.

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