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21 de Marzo del 2020
Ideas
Lectura: 8 minutos
21 de Marzo del 2020
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

El caos y la estrella
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El doctor Bernard Rieux es un tipo cualquiera, y precisamente por eso es universal. Su voz representa al hombre cotidiano enfrentado a una situación masiva y extraordinaria. Hace su trabajo, nada más que eso, y aquella decisión anónima y sutil, se convierte en el símbolo del espíritu humano resistiendo a la epidemia, como un dique modesto y generoso que arremete contra el mar.

Bernard Rieux es médico, fuera de su oficio no hay nada especial en él. Cumple sus funciones en la ciudad argelina de Orán a mediados del siglo XX. Es un hombre ordinario al que toda su vida le han ocurrido eventos ordinarios. Está solo. Su esposa se encuentra recluida en una casa de salud por causa de una larga enfermedad crónica. Sus días transcurren con escéptica apatía.

Rieux es el único personaje de La Peste, novela escrita por Albert Camus, que no parece un estereotipo. Es demasiado común, excesivamente convencional, por lo tanto, creíble y eficaz.  Su personalidad contrasta con las evidentes caricaturas literarias que pueblan aquel libro. Por ejemplo:  la del padre Paneloux, un jesuita fanático que considera que las plagas son castigos divinos; o Cottard, un comerciante nihilista y misántropo, al cual el advenimiento de un brote de peste bubónica en el norte de África se le presenta como una buena noticia, permitiéndole vivir en un ambiente de miseria generalizada donde pasa desapercibido, lo que le permite generar no pocas ganancias con el contrabando.

Ciertamente Camus no pudo evitar usar su ficción literaria para criticar los arquetipos sociales de su tiempo, los cuales parecen reflejar de manera efectiva algunos lugares comunes del nuestro.  Así pues, otro de sus personajes, Jean Tarrou, es un idealista, defensor de cuanta causa justa se le presenta en las narices, un hombre extraordinariamente ambicioso. Tarrou no codicia dinero, ni comodidades; su mezquindad radica en la ostentación de ser un santo ateo. Veterano de la guerra civil española y activista social, Jean Tarrou busca ser admirado por su piedad. Es difícil no identificar a este personaje con los luchadores sociales de nuestro tiempo: seres sedientos de aprobación generalizada que ostentan discursos moralistas y edulcorados, sobre cualquier causa.

Es verdad, La Peste de Camus plantea la enumeración de varios tipos humanos que caen en el cliché, haciéndolos girar en torno al remolino de una epidemia mortal y escatológica.  Sin embargo, durante toda la trama una personalidad específica trasciende los estereotipos, y ahí radica la genialidad de Albert Camus. Se trata del hombre ordinario, representado por el médico Bernard Rieux, el tipo convencional que recibe a la epidemia de peste bubónica, en Argelia, desde la existencia desnuda. No ve en ella un castigo divino, como hacen los inquisidores; no busca sacarle provecho como los nihilistas y los usureros; y en ninguna medida pretende constituirse un profeta de la moralidad, como hacen los activistas.  Rieux no es más que un médico que hace lo que se espera de los médicos. Drena abscesos de la carne de sus pacientes, los reconforta con morfina, lidera las brigadas de cuarentena y se pone al frente de una comunidad aterrorizada que, repentinamente, empieza a meditar en la paradoja de Heidegger: la vida cobra sentido únicamente desde la certeza de la muerte.

En la novela La Peste de Camus, Bernard Rieux, apático, pesimista y agobiado por el tedio, se encuentra de repente confrontado por el incandescente fuego de la finitud. Entonces, medita sobre algo que le era tan cotidiano, que se había tornado invisible: su propia existencia. 

El doctor Bernard Rieux es un tipo cualquiera, y precisamente por eso es universal. Su voz representa al hombre cotidiano enfrentado a una situación masiva y extraordinaria. Hace su trabajo, nada más que eso, y aquella decisión anónima y sutil, se convierte en el símbolo del espíritu humano resistiendo a la epidemia, como un dique modesto y generoso que arremete contra el mar.

Camus no fue el único que se interesó por la figura del hombre común enfrentando el cataclismo. Ingmar Bergman, el gran cineasta sueco, narra en su película de 1957 El séptimo sello, una analogía similar. Su obra está ambientada el siglo XIII, cuando la peste negra estaba aniquilando los reinos europeos. En el film, un soldado cruzado, valeroso, noble y colmado de profundas reflexiones filosóficas, regresa de las guerras religiosas de Oriente Medio, solo para encontrarse con la devastación unánime de una plaga que parece salida de las revelaciones del Juan en Patmos.

Conmovido por la frugalidad de la vida, el caballero cruzado desafía a la muerte a un partido de ajedrez. El ángel del silencio acepta el reto. Durante sus jugadas, ambos reflexionan sobre  la pertinencia del hombre en la Tierra, y el destino último de las voluntades. Al final, sin embargo, el corpulento soldado, imagen simbólica de las mejores tradiciones de la Edad Media, el heroísmo militar, y los grandes logros escolásticos, termina perdiendo la partida ante un rival imbatible. La plaga asola las intenciones más honestas, y los grandes relatos de la historia se ven incapaces de sostenerse frente al yunque de la realidad.

Paradójicamente, al final de la película de Bergman, se debela al verdadero héroe. Un personaje secundario. Un hombre simple, relegado durante toda la trama por ser demasiado convencional, logra ponerse a salvo junto a su esposa y superar a la peste. Su figura es el símbolo del espíritu humano que se resiste a someterse a la sombra. Una vez más, es el hombre común el que logra imponerse a la pezuña sarnosa de la nada.

Este momento, la humanidad afronta el último de los eventos masivos con poder para desbordar nuestras instituciones y creencias. Ahora mismo, los relatos tibios de la modernidad inconclusa (eso que algunos llaman pos modernidad) se han visto anegados por la inminencia de una realidad sólida que los supera.  Nadie, en este momento, se anima a sostener tonterías como que los virus son construcciones sociales a las que se puede desafiar con modificaciones en el lenguaje; o que la frugalidad de la existencia humana obedece a moralejas trilladas como la lucha de clases. Las estrategias míticas, que con el pasar de los años se convirtieron en discursos hegemónicos, han dejado de tener valor, en pocas semanas.

Estos momentos, en los que la marea de lo tangible, lo inminente y lo sólido han golpeado la mejilla de nuestra especie, se hace imprescindible regresar la mirada hacia los únicos que han demostrado ser capaces de sostener los fuegos del espíritu humano: los hombres y las mujeres comunes, cotidianos y habituales que, hasta hace unas pocas horas, no tenían idea que estaban a punto de convertirse en héroes.

Pronto van a ser evidentes las reflexiones que esgrimió Jorge Luis Borges en su poema Los justos, donde asegura que son las manos anónimas que encuadernan libros, cultivan jardines o cosechan frutas, las que están salvando al mundo sin saberlo. Nadie prende una lámpara y la esconde bajo la cama, dice el Evangelio, y es verdad. En estos momentos de ansiedad y peligro brillará, sin duda, el heroísmo de lo cotidiano. Tú, persona común que me lees, ¿Cuál de tus talentos silenciosos generará una de las millones de soluciones que protegerá a la humanidad? La humanidad, que, según la tradición rabínica, podría estar conjugada en cualquier persona.

Me parece una buena oportunidad para citar una de las líneas más luminosas de la literatura alemana, la cual fue propuesta por Friedrich Nietzsche: “es necesario tener al caos en el pecho, para dar a luz una estrella”.

[PANAL DE IDEAS]

Mariana Neira
Rodrigo Tenorio Ambrossi
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