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26 de Diciembre del 2023
Ideas
Lectura: 7 minutos
26 de Diciembre del 2023
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

El capo y el periodista
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Conocer los secretos de un capo del crimen —ya que los amigos comparten secretos— pone al periodista en la situación, moralmente censurable, de encubridor o cómplice. Mantener la distancia adecuada con la fuente conjura el peligro de saber lo que no se debe, y adquirir, con este conocimiento, la obligación de guardarlo.

¿Qué tipo de relación debe mantener un periodista con sus fuentes?, ¿cuál es el papel de una fuente humana en una investigación periodística?, ¿cuál es el objetivo del periodismo de investigación y, si se quiere, de la investigación periodística en general? Estas son algunas de las preguntas que suscita la revelación de las relaciones del periodista Anderson Boscán con Leandro Norero, capo criminal asesinado en octubre del año anterior.

El periodismo de investigación debe ocuparse de problemas que, como el crimen organizado, el desastre ambiental o la corrupción, implican a poderes con una incidencia importante en la convivencia social y en el mantenimiento de las condiciones necesarias para la vida de la especie humana.

El interés del medio o el periodista, para que hablemos propiamente de periodismo de investigación, debe coincidir con el interés público, es decir, con las necesidades vitales de los ciudadanos. Y la ética, en las sociedades humanas, es una cuestión vital. Actuar éticamente es un asunto de vida o muerte para el periodismo y para la sociedad.

Si hay intereses, hay fines: declarados y subyacentes o, también, verdaderos y aparentes. El periodista, cuando hace su trabajo, no siempre es consciente de estas diferencias y, en ocasiones, si es consciente de ellas y detecta que los fines por los cuales está trabajando en una investigación pertenecen más al orden de sus propios deseos y necesidades que al de las necesidades públicas, recurre al autoengaño, y pinta, por poner un caso, una vendetta personal de cuestionamiento al poder.

Aunque su interés en un tema sea muy grande y haya dedicado buena parte de su vida a investigar sus orígenes y manifestaciones, el periodista no defiende causas: empresas en las que se toma partido. De hacerlo, sería una activista social o político. Y al activista, a diferencia del periodista, le interesa tener la razón más que la verdad, que es la causa única del periodista. En los libros de los hombres de partido, dice la Bruyére, “se tropieza con el fastidio de no encontrar en ellos casi nunca la verdad”.

La ética se refiere a la relación entre medios y fines (Norberto Bobbio). De manera que el uso de medios malos para la obtención de fines buenos o asumidos como buenos es antiético. Si no observa esta regla, el periodista cae directamente en el relativismo y en la órbita del “todo vale”.

La bondad del fin se convierte, así, en la justificación de un proceder inmoral, como lo ha sido de la conducta de tantos tiranos y criminales.

La relación del periodista con sus fuentes tiene, también, implicaciones éticas. La fuente humana, aunque es un medio para obtener información, no es un instrumento del periodista, ni este puede convertirse en instrumento de aquella. El periodista, pues, debe estar muy atento a las razones de su fuente para darle información, y tener en cuenta que, aparte del compromiso de confidencialidad, no puede establecer ningún compromiso ni intercambio con ella; aunque no sea extraña la práctica de entregar dinero a cambio de información.

Es peligroso, hasta el punto de comprometer la vida del periodista y su futuro profesional, implicarse con fuentes que puedan someterlo a una relación de dependencia o subordinación. Cuando el periodista recurre a los poderosos como fuentes, sobre todo si estos operan fuera de la ley, se cierra a sí mismo la posibilidad de investigarlos y, si trata temas que los comprometen, se ve obligado a renunciar a la investigación o a ponerse de su lado. En casos extremos, incapaz de zafarse de las cadenas de subordinación y dependencia que él mismo se ha impuesto, el periodista acaba por convertirse en publicista de su fuente.

Tampoco es adecuado asignar a la fuente un papel como miembro oficioso del equipo de investigación. El papel de la fuente es informar, no investigar. Este último es el papel del periodista, que, empero, no debe confundirse con el del investigador policial, entre otras cosas, porque ciertas prácticas permitidas al policía están vedadas al periodista. Que el periodista no es policía es una verdad que de tan evidente algunos de ellos no captan.

Las fuentes humanas de ninguna manera pueden convertirse en amistades del periodista, pues, cuando esto ocurre, adquieren el carácter de, recordando el famoso título de Choderlos de Laclos, “amistades peligrosas” tanto para su integridad física y moral como para el desempeño de su oficio. Conocer los secretos de un capo del crimen —ya que los amigos comparten secretos— pone al periodista en la situación, moralmente censurable, de encubridor o cómplice. Mantener la distancia adecuada con la fuente conjura el peligro de saber lo que no se debe, y adquirir, con este conocimiento, la obligación de guardarlo.

El periodismo, al igual que otras actividades profesionales, es un medio de realización personal, uno de cuyos indicadores más importantes es el reconocimiento de los pares y el público. Pero, con frecuencia, la búsqueda de reconocimiento de los periodistas se sobrepone al interés por informar respetando las normas técnicas y éticas de la profesión, y transforma el acto de informar en un medio para satisfacer su deseo de fama. Poder decir, si no públicamente, en su fuero interno, algo así como “mi pluma lo mató” debe de procurar muchas satisfacciones a un ego hipertrofiado. Hay personas, y no pocas, que para poder expresarse de esa manera se hacen periodistas. Su amor por el poder, disfrazado de amor por la verdad, es tan grande como el de los políticos.

El periodismo de investigación se hace contra los poderosos, no con los poderosos, y menos si estos son criminales. El periodismo de investigación no se hace para adquirir o demostrar poder, sino para controlarlo. Boscán, es una pena, no lo ha entendido así.

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