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24 de Octubre del 2022
Ideas
Lectura: 10 minutos
24 de Octubre del 2022
Rubén Darío Buitrón
El Caso Bernal: sin línea política no hay comunicación
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Lo primero que preguntaría al mandatario es su posición sobre los hechos de mayor relevancia para el país. Y le diría al gobernante que no puede hacer y deshacer las decisiones porque el país se da cuenta de lo que ocurre. Y se iría de inmediato porque no encontraría respuestas.

Es simple: ¿qué se comunica si no existe una línea política definida y clara, donde se sepa que para cada situación y para cada tema hay una estrategia de qué hacer?

Qué hacer, primero. Qué decir, después.

Porque lo contrario es absurdo. E imposible. Aunque, claro, en el gobierno del presidente Guillermo Lasso ocurre lo absurdo y lo imposible.

Basta ver, escuchar o recordar el sinuoso camino de las declaraciones presidenciales en relación con el femicidio del teniente Germán Cáceres contra su esposa, María Belén Bernal, en la Escuela de Formación de Oficiales, de la Policía Nacional, la noche del 11 de septiembre de este año.

Lapsus aparte: ¿por qué las grandes tragedias ocurren el 11 de septiembre?

Otro lapsus: ¿Escuela de Formación de la Policía o Escuela de Formación de Agresores Sexuales?

Volvamos con nuestro tema: el Presidente dijo que la Policía Nacional tenía una semana para encontrar a María Belén y capturar al asesino.

De lo contrario, advirtió, tendrían que salir el actual comandante de la institución y dos generales presuntamente involucrados en el caso.

El cadáver de María Belén se encontró dos semanas después, a poca distancia de la Escuela de Policía, donde se supone que buscaron mucho antes, y existen versiones de que el hallazgo oficial tuvo un montaje previo.

Al criminal aún no se lo captura. Un ridículo informe de cuatro páginas, redactado por los agentes que lo siguieron, establece que Cáceres se esconde en Panamá.

¿Cómo puede alguien escapar en motocicleta de una persecución de gente entrenada para hacerlo y atravesar tres países sin que se lo pueda detener?

¿Cómo se explica que el criminal aparezca entre los más buscados por la Interpol en el mundo y que nadie haya detectado su paso por Ecuador, Colombia y Panamá?

Hay un general que, según las evidencias, ayudó a Cáceres. Una especie de padrino del oficial femicida. El Presidente lo dio de baja. Pero sigue en funciones (?).

El comandante de la Policía también sigue en funciones. El otro general, igual.

Una nueva pregunta: ¿la Policía no obedece a la primera autoridad del país o esta autoridad dice una cosa ante los micrófonos y decide otra cosa en reserva?

Con el remezón que ha causado el crimen a María Belén, el Presidente debió aprovechar para depurar los altos mandos de la Policía. Dijo que lo haría. No lo hizo.

Tuvo una oportunidad de oro (él, que habla de “un país de oportunidades”) para dar un golpe de timón que hubiera aliviado la indignación nacional por el caso: nombrar a una mujer, civil, para que manejara el Ministerio del Interior.

Tampoco lo hizo. Prefirió irse por las ramas y sacó del sombrero a un teniente coronel de policía, retirado, el mediático y siempre promocionado Juan Zapata, que hasta entonces estuvo al frente del servicio integrado 911 y desempeñó un rol secundario y contradictorio durante la crisis de la pandemia por el Covid 19.

Si conocemos la cultura policial y militar, se sabe lo difícil que es que un general acepte como superior a un teniente coronel, por más popular y farandulero que sea.

Con esa designación, perdió Lasso y ganó el alto mando policial: Zapata entró —porque su autoridad podía ser cuestionada debido a su rango— a defender “la estabilidad de la institución” y a mantener a toda la cúpula.

Mientras tanto, aparte del grave problema de desconfianza nacional que implican para el Gobierno y para la Policía las oscuras y cada vez más inverosímiles versiones oficiales sobre el caso Bernal, el país se deshace por la violencia criminal.

Otra provincia se sumó esta semana al pánico ciudadano por la agresividad de bandas, mafias y grupos delincuenciales muy bien organizados que han desatado el miedo en Ecuador, sobre todo en las provincias de Guayas, Los Ríos, Manabí y, ahora, en la siempre abandonada Esmeraldas, donde se vive una situación propia de los círculos infernales de Dante.

La sensación generalizada en el país es que, hace rato, la seguridad se le fue de las manos al régimen lassista, aunque Zapata diga que las críticas al Gobierno por lo que ocurre en Esmeraldas son injustas y que sí se protege a los ciudadanos de esa región.

Pero, si en realidad fuera así, ¿por qué reforzaron con 200 policías a Esmeraldas luego de que la prensa difundiera las graves noticias de desazón y terror que vive la gente de allí, al punto de que las actividades cotidianas se paralizan a partir de las dos de la tarde?

Lo primero que preguntaría al mandatario es su posición sobre los hechos de mayor relevancia para el país. Y le diría al gobernante que no puede hacer y deshacer las decisiones porque el país se da cuenta de lo que ocurre. Y se iría de inmediato porque no encontraría respuestas.

Resultan inexplicables las declaraciones oficiales del Presidente. En los casos que mencionamos, nada de lo que dice se cumple, nada de lo que anuncia ocurre, no se ejecuta nada de lo que se pretende hacer ver como decisión firme del mandatario.

¿Es en serio que quien manda en el país es Guillermo Lasso?

No parece. Y aquí entra la otra parte de nuestro análisis: con tantos desmentidos factuales del discurso verbal, ¿qué ocurre con la comunicación gubernamental?

Me imagino a los estrategas oficiales pensando cómo salir de tanto atolladero.

Me los imagino tratando de cazar mariposas invisibles en sus despachos mientras —a pocos metros de allí, en las oficinas presidenciales— Lasso y sus ministros se dicen y se desdicen, ordenan y desordenan, muestran dureza en la palabra pero en los hechos dejan que las cosas se desborden, choquen con la realidad, sean decisiones líquidas.

Por eso, Lasso está rozando los límites del ridículo con acciones equívocas en territorio.

¿Alguien le recomendó que hiciera bromas pesadas como la humillante entrega de la llave de la nueva casa a una humilde mujer?

¿Alguien le dijo que se vería muy tierno si abrazaba a un niño y le hacía decir que votará por el candidato oficial a la alcaldía de una ciudad manabita?

¿Alguien le sugirió decir que el país se divide en demócratas y narcopolíticos y que en las elecciones seccionales del 2023 “hay que votar por los candidatos demócratas”, confundiendo a todos al no precisar a quienes critica y a quienes apoya?

Un ciudadano que se ha metido en política sin conocer de qué se trata hacer política convierte al ejercicio del poder en una desarticulada celebración con globitos, vacas locas, bandas de pueblo y juegos pirotécnicos.

Es decir, en acciones que se difuminan y no se toman en serio en el imaginario colectivo y en la propia gestión del Estado.

Por eso la mala imagen que tiene el Gobierno. Por eso la poca credibilidad de la que goza. Por eso la generalizada decepción nacional, incluso de quienes votaron por Lasso con la idea de que, aunque se sabía de sus posiciones conservadoras y neoliberales, podía ser una alternativa a los gobiernos anteriores.

La falta de política y de políticas genera una ausencia de comunicación y, por tanto, un puente dinamitado entre el poder político y la gente común.

Pero, ¿qué se puede comunicar, por ejemplo, de lo que ocurre con el alto mando de la Policía Nacional?

¿Qué se puede difundir acerca de las drásticas decisiones presidenciales contra ese alto mando y que fueron desobedecidas por el flamante capitán ministro?

¿Cómo se puede justificar ante los ciudadanos la bola de nieve en la que están enredados acerca de la investigación sobre el caso Bernal?

¿Cómo puede criticar el oficialismo la politización del femicidio a María Belén si el mismo oficialismo no encuentra la manera de mostrar la limpieza y transparencia de sus actos y deja que sigan en sus cargos los generales que criticó el Presidente?

Qué difícil será para los comunicadores de Carondelet encontrar el discurso apropiado cuando no existe una lógica elemental entre los discursos y las acciones.

Podría venir el mejor estratega de comunicación gubernamental del mundo y se encontraría con sorpresas desagradables.

Lo primero que preguntaría al mandatario es su posición sobre los hechos de mayor relevancia para el país. Y le diría al gobernante que no puede hacer y deshacer las decisiones porque el país se da cuenta de lo que ocurre. Y se iría de inmediato porque no encontraría respuestas. Y diría, mientras regresa de donde vino, cómo voy a hacer comunicación de un régimen que no hace política sino que la inventa, al apuro, para salir de una crisis de credibilidad en la que cada vez se hunde más.

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El Caso Bernal: sin línea política no hay comunicación
 
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