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27 de Septiembre del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
27 de Septiembre del 2016
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El caudillo de la alegría
Hoy el escenario es distinto. Ni Moreno ni Glas tienen el mismo carisma petrolero y por tanto no podrán confiar en el voto en plancha, sino en un voto individual para conseguir la mayor cantidad de escaños asamblearios. Será el retorno de las partidocracias locales y del voto personalista.

Lenin Moreno regresa justo para ser ovacionado. Será como un Velasco Ibarra, a su retorno victorioso después de la masacre de Guayaquil de 1959, listo para ganar las presidenciales del año siguiente. O también un Bucaram, bajado del helicóptero, corriendo a abrazarse con su masa, en el Guasmo, durante la campaña que lo llevaría al poder en 1996.

El regreso de Moreno será un acto más del circo político. Acompañado de un gran despliegue mediático y expectativa electoral, querrán convertir a Moreno en el nuevo gran caudillo. Harán de todo para presentarlo como el rostro remozado de un correísmo transformado, ahora sin Correa.

Si existe una relación de proporcionalidad entre el precio del petróleo, el gasto público, la propaganda gubernamental, la intención del voto y la credibilidad del correísmo en comparación con la del presidente Correa, entonces los bajos ingresos estatales pasaran factura al modelo rentista del correísmo.
Si el precio del petróleo cae en promedio de 110 a 37 dólares, y la credibilidad presidencial del 41% al 25%, entonces se entiende que la intención del voto podría caer del 42% al 12%. Con lo cual, despejando la variable de votos en una próxima elección, el número de escaños podría caer de 110 a 23.

Con una credibilidad del 25% se entiende que el presidente Correa no quiera participar para la presidencia. En su ausencia, se modificaran las reglas simbólicas de la disputa por el poder. Con una gran obra pública y despliegue publicitario, el liderazgo de Correa era incontestable. Su sola presencia arrastraba a otros candidatos sin importar su idoneidad para el ejercicio de un cargo representativo. Entonces se impuso el voto en plancha como estrategia de campaña, dominada por la figura del presidente y por su partido personalista, durante las elecciones de 2009 y 2013.

Hoy el escenario es distinto. Ni Moreno ni Glas tienen el mismo carisma petrolero y por tanto no podrán confiar en el voto en plancha, sino en un voto individual para conseguir la mayor cantidad de escaños asamblearios. Será el retorno de las partidocracias locales y del voto personalista.  

La reaparición de Moreno es una pieza fundamental en esta estrategia. Los aparatos de propaganda del correísmo querrán convertirlo en el mesías pacificador de una nación dividida. Será el caudillo de alegría.
Apostarán por una organización de campaña que privilegie el caudillismo de Moreno, el cuento de la sucesión y la reaparición de los caudillos locales. Pero el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla.

José María Velasco Ibarra regresó por cuarta vez al poder en 1960, ovacionado. Llegó para sustituir a Camilo Ponce Enríquez, un modernizador socialcristiano en cuyo gobierno se construyeron escuelas, carreteras, hospitales, aeropuertos, pero se criminalizó la protesta y se eliminó a centenares de manifestantes en Guayaquil. Velasco Ibarra, aun con una amplia mayoría en el Congreso Nacional, fue destituido en un clima de conflicto con las Fuerzas Armadas.

En 1996, Abdalá Bucaram también llegó al poder para suceder a otro socialcristiano, el presidente Sixto Durán Ballén, otro modernizador del Estado. Los escándalos de corrupción que involucraron a su vicepresidente, a su nieta y esposo, y la derrota electoral en la consulta popular de 1994 marcaron la terminación de su mandato. La entonces ministra de Educación del gobierno conservador de Durán Ballén se convertiría en el binomio presidencial que llevaría al poder a Bucaram.

Tanto Velasco Ibarra como Bucaram, en diferentes contextos, conquistaron el poder en un momento de acefalia política. Ambos sucederían a gobiernos con los que estarían relacionados y que serían conocidos por su obra pública. Ambos gozaban de una gran aceptación que luego se convirtió en rechazo que devino en destitución.

Hoy Moreno se convierte en la esperanza del correísmo. Armaran un espectáculo de fingida alegría, gimoteos falsos y ovaciones para recibirlo, cuyo principal protagonista será el nuevo caudillo. Serán capaces hasta de tirar por tierra al presidente saliente cuando inicie la campaña, llamando a la concordia entre ecuatorianos enfrentados por el correísmo. Mientras tanto volverán la mirada al viejo caudillismo carismático, todo para conservar el poder.

Lenin Moreno representa el retorno de las partidocracias locales, la contrarrevolución y el nuevo conservadurismo correísta, disfrazado de alegría en un presidente que no durará en el poder.


@ghidalgoandrade

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