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16 de Mayo del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
16 de Mayo del 2016
Santiago M. Zarria

Filósofo y catedrático universitario.

El cementerio de las palabras
El detalle con esas palabras es que dependen de la producción de la gran fábrica de palabras. En esa República trabajan día y noche para producirlas y ensamblar sus significados. Hay palabras que salen viciadas, tergiversadas y sesgadas. Su construcción depende de los intereses que tenga cada República. En la gran fábrica de palabras todo se diseña y todo se disfraza.

«Nada podrá medir el poder que oculta una palabra», escribe Grijelmo al comienzo de La seducción de las Palabras que lleva como subtítulo: Un recorrido por las manipulaciones del pensamiento. En este recorrido encontramos que la seducción con las palabras ha alcanzado “su más terrible técnica” en la política y en la economía.

Cuando se intenta seducir con las palabras, si bien se parte de un argumento racional y cuestionadamente sólido, su objetivo no es la razón. A la seducción no le interesa las abstracciones ni los argumentos lógicamente estructurados, sino la movilización de las emociones y los sentimientos. Los seductores son alérgicos a la lógica, pero diestros en la intoxicación verbal.

Algunas palabras, dice Grijelmo, «cumplen la función de un olor» y ese aroma es el que seduce porque «relaciona los sentidos con el lugar odorífero más primitivo» de nuestra existencia; es decir, que el aroma que desprenden ciertas palabras se vinculan directamente con nuestros afectos y la sensibilidad. Es por eso que ante ciertas palabras se activa inmediatamente esa parte más primitiva pero no a la razón. En ese instante, el impulso vale más que una buena justificación.

Porque «las palabras engatusan y repelen, edulcoran y amargan, perfuman y apestan», es necesario conocer la República de las palabras; ya que, en esta República no existen fronteras políticas ni geográficas, tampoco gobiernos ni jerarquías. En la República de las palabras no existe enfermad, porque ellas «son la quinta esencia de las cosas» (Sartre, 2005). Pero hay Repúblicas en donde las palabras apenas sobreviven. En donde las palabras son perseguidas, maltratadas, explotadas y asfixiadas hasta perder el sentido, su significado y vitalidad. En esas Repúblicas, las palabras se enferman y mueren. Es decir, son reducidas al polvo del lenguaje, a letras. Y una letra o un signo por sí mismo carece de sentido.

A esto se refería Cortazar cuando pronunció el discurso, el 6 de marzo de 1981, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid y que publicó dos días después como Libertad y democracia para Argentina. En ese texto, dice que las palabras pueden y de hecho se han cansado y enfermado, porque han sido viciadas por la cínica, tendenciosa y «diabólica deformación del lenguaje», porque han sido «violadas por las peores demagogias del lenguaje dominante», por regímenes que han obligado a tragar sus palabras sin pensar y sin titubear, pero que han prohibido decir lo que se piensa. Por regímenes que se han dedicado a pervertir las palabras, a confundir y sofocar al pueblo con sus significados para seducirlo y oprimirlo.

A este proceso de conquista, sumisión sistemática de las palabras y corrupción de significados, Cortazar lo denomina como la «colonización de la inteligencia por deformación de las palabras». Obviamente, una colonización ideológica por parte de una «burguesía egoísta y despiadada» y por parte de esas «falsas democracias» que se han apropiado de las palabras para imponer la ley del engaño, del sometimiento absoluto a sus resignificados, a la corrupción y el autoritarismo verbal. Y como en todo proceso de conquista las primeras víctimas fueron la libertad y la democracia.

En el segundo semestre de 1985, la Revista Iberoamericana publicó La Magia de la Palabras de Isabel Allende. En ese texto, tiene presente el 23 de septiembre de 1973. Habían pasado tan solo doce días desde que Pinochet había usurpado el poder y la persecución de las palabras ya se había extendido por todo el país. Sin embargo, ese día, la hoguera fue tan grande que el humo se mezclaba con las palabras. Quemaron de todo. Luego, la censura contra los medios de comunicación y el control de la opinión pública se incrementó y el cementerio de las palabras colapsó.

Si «las palabras han dejado de comunicar», como dice Saramago, hay que perder el miedo y soltarlas. Hay que abrir la boca, hay que pronunciarlas, hay que escribirlas. Porque el miedo enmudece y paraliza. Como si el peligro que ocasionara decirlas fuera más grande que el beneficio de callarlas. Y de hecho, así ha sido en América Latina, «las silabas se han escrito», se escriben y si continuamos así, se escribirán con sangre. Si las palabras controlaran nuestra presión, estuviéramos a punto de explotar. Porque en tiempos de crisis y regímenes cada vez más corruptos, manipuladores y opresivos, nuestra boca esta llena de palabras profanas, rebeldes y subversivas.

Pero las palabras, dice Allende, y no cualquier palabra sino «las palabras prohibidas son astutas, aprenden a moverse en la sombra, se introducen entre líneas, usan claves y símbolos, se deslizan en las canciones y en los chistes, van de boca en boca y así consiguen transmitir las ideas y escribir la historia secreta, la historia oculta y verdadera de la realidad… Tarde o temprano las ideas se rebelan, revientan sus camisas de fuerza y se vuelven contra quienes intentaron burlarse de ellas» (Allende, 1985); es decir, contra los tiranos que difamando y ultrajando el sentido de las palabras se han beneficiado de ellas.

En La gran fábrica de las palabras, de Agnes De Lestrade, cuenta que «existe un país donde la gente casi no habla. Es el país de la gran fábrica de palabras. En ese extraño país, hay que comprar y tragar las palabras para poder pronunciarlas». Allí, «hablar cuesta caro».

Naturalmente, los que tienen más dinero e influencias podrán comprar y conseguir las palabras que quieran. Ellos siempre tendrán algo que decir, es más, siempre tienen La palabra. Trafican con ellas y el costo de las palabras varía de acuerdo a su necesidad. Pero los pobres están condenados a escuchar y «hurgar en la basura» aunque «las palabras que se tiran no suelen ser muy interesantes: hay un montón de tonterías y disparates» y casi nunca encuentran las que necesitan.

El detalle con esas palabras es que dependen de la producción de la gran fábrica de palabras. En esa República trabajan día y noche para producirlas y ensamblar sus significados. Hay palabras que salen viciadas, tergiversadas y sesgadas. Su construcción depende de los intereses que tenga cada República. En la gran fábrica de palabras todo se diseña y todo se disfraza.

Pero hubo un tiempo, dice Cortazar, en que las palabras no habían perdido su significado, ni se enfermaban. Palabras como igualdad, fraternidad, democracia, justicia, tolerancia, etc., conservaban su sentido más puro. Si reformulamos el cuestionamiento cortazariano, deberíamos preguntarnos si «¿seremos capaces de volver a mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de la adherencias, de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira?».

Dado que algunos políticos han contaminado, malgastado el sentido y la vitalidad de las palabras, es preciso recordarles el poema de Benedetti, Las Palabras. Porque pese a todo: a la corrupción, al abuso, a la estupidez, a la intolerancia, al autoritarismo, a la manipulación y al incremento de control «las palabras andan sueltas por la calle, uniendo a las gentes y remeciendo conciencias» (Allende, 1985).

"No me gaste las palabras/no cambie el significado/mire que lo que yo quiero/lo tengo bastante claro (…) si usted pide garantías/ sólo para su corral/ mire que el pueblo conoce/ lo que hay que garantizar/ si está entregando el país/ y habla de soberanía/ quién va a dudar que usted es/ soberana porquería/ no me ensucie las palabras/ no les quite su sabor/ y límpiese bien la boca/ si dice revolución".

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