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19 de Agosto del 2023
Ideas
Lectura: 5 minutos
19 de Agosto del 2023
Ramiro García Falconí

Profesor de Derecho Penal de la Universidad Central del Ecuador

El club de los “Mediocremente Capaces”
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El tiempo, como siempre, sería el verdadero juez. Y mientras los miembros del club "Mediocremente Capaces" se regodeaban en su corta victoria, el mundo a su alrededor avanzaba, sin esperar su aprobación o su comprensión

En la lujosa sala del club "Mediocremente Capaces", donde los sillones eran cómodos, pero no demasiado, y las bebidas eran pasables, pero no destacables, se reunían regularmente aquellos que veían la vida desde una perspectiva, digamos, menos ambiciosa. Sus integrantes, caballeros de probada capacidad en el arte de la resistencia a cualquier innovación o empresa destacable, se jactaban de ser los guardianes de la estabilidad y la monotonía. El ambiente estaba siempre impregnado de un aire conformista, sazonado con un toque de envidia. De repente, un miembro del club, don Ignacio, alzó la voz para compartir una novedad. "¡Oí que alguien propone un proyecto para iluminar toda la ciudad con algo llamado electricidad! ¿Se han vuelto locos? ¿Acaso nuestras velas y candiles no son suficientes?"

Don Alberto, un hombre de carácter sosegado y con una habilidad especial para apaciguar las ideas más brillantes, asintió solemnemente. "Estas ideas absurdas... Imagina, luces por doquier, a todas horas. ¿Quién necesita ver en la oscuridad? Además, me gusta tropezar con mis muebles de vez en cuando, me recuerda que están ahí". 

Don Pedro, quien se había hecho famoso en el club por oponerse a la idea de las máquinas voladoras (porque, según él, "si Dios hubiese querido que volásemos, nos hubiera dado alas"), se sumó al debate. "Es evidente que detrás de estas ideas siempre hay alguien que simplemente quiere lucirse. Y no podemos permitir que eso suceda. Nuestro club no sería lo que es si dejáramos que la gente sobresaliera". 

La reunión, tan predecible y cómoda en su monotonía, fue interrumpida por la entrada abrupta de un joven mensajero. Con aire sofocado y cara de urgencia, desplegó un pergamino sellado con cera roja y dirigió su mirada hacia don Fernando, el aparente líder del grupo. "¡Mensaje del rey!", exclamó, extendiendo el documento. Los murmullos en la sala cesaron de inmediato. Todos miraron con curiosidad y expectación, preguntándose qué asunto de tal importancia podía perturbar su encuentro.

Don Fernando, tomando su tiempo y saboreando la atención, rompió el sello y desenrolló el pergamino, poniendo su mejor cara de seriedad. "¡Parece que tenemos un desafío! El rey ha oído hablar de las nuevas tecnologías y está interesado en modernizar el reino. Nos ha pedido que presentemos un informe sobre los beneficios y desafíos de estas innovaciones".

Hubo un breve silencio, roto por don Ignacio, quien resopló: "¡Por supuesto que presentaremos un informe! Y será un compendio detallado de todos los riesgos y desventajas. ¡Nadie hará brillar a este reino si eso significa que algunos de nosotros podríamos quedar en la sombra!".

El resto asintió con fervor, animados por la oportunidad de exhibir su particular habilidad para ver los peligros en las oportunidades. Don Pedro, con una sonrisa maquiavélica, sugirió: "¿Y si añadimos algunas historias aterradoras sobre las máquinas voladoras que caen del cielo y lámparas eléctricas que explotan? ¡Eso seguramente hará que el rey reconsidere!".

Finalmente, don Alberto propuso un brindis: "Por nosotros, los que aseguramos que todo siga igual, aunque ello signifique perder oportunidades para todos. Al menos, ¡no permitiremos que nadie brille más que nosotros!" Y con eso, los caballeros de "Mediocremente Capaces" levantaron sus copas, satisfechos de su capacidad para obstaculizar cualquier progreso.

Porque, al fin y al cabo, eso era lo que mejor sabían hacer.

La noche continuó, con cada miembro compitiendo para ver quién presentaba la objeción más ridícula a las novedades que perturbaban su pacífica existencia. Porque para ellos, la mediocridad no solo era una forma de vida, sino un escudo contra el miedo de ser eclipsados por el brillo de los realmente capaces.

El tiempo, como siempre, sería el verdadero juez. Y mientras los miembros del club "Mediocremente Capaces" se regodeaban en su corta victoria, el mundo a su alrededor avanzaba, sin esperar su aprobación o su comprensión. Porque el progreso, impulsado por el brillo y el genio de los verdaderamente capaces, siempre encuentra su camino, a pesar de las sombras que algunos intentan arrojar sobre él.

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El club de los “Mediocremente Capaces”
 
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