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10 de Febrero del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
10 de Febrero del 2016
Mateo Martínez Abarca

Filósofo, analista político y escritor. Dr (c) en Filosofía por la UNAM e investigador en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, Portugal.

El Comité Nacional de Descorreización
Es casi seguro que no pocos se encontrarán reflejados en esta historia y veremos si es que queda alguien con superioridad moral suficiente para lanzar la primera piedra. Porque dicha cultura autoritaria no es prerrogativa exclusiva del establo donde duermen los borregos sino también de quienes viven en su tejado, donde escuchamos maullar a uno que otro gato.

A inicios de la década de los 50’s el senador republicano Joseph McCarthy desató en los Estados Unidos una verdadera cacería de brujas contra todo aquello que oliera remotamente a comunismo e izquierda. El país del Tío Sam se deslizaba en un estado de paranoia colectiva frente a la  “amenaza roja”, cuya presencia veía prácticamente en todas partes. Basta recordar la ironía mediante la cual Stanley Kubrick retrata este momento en Dr. Strangelove, película en la cual un general de la Fuerza Aérea norteamericana lanza un ataque nuclear contra objetivos soviéticos, basado en la idea de que existe una conspiración comunista para contaminar “los preciosos fluidos corporales” de los estadounidenses. McCarthy no estaba tan lejos: a lo largo de más de seis años investigó y persiguió hasta por debajo de las piedras, a todo aquel que suponía como parte de una infiltración izquierdista en las filas del gobierno, el ejército, la prensa, la industria del entretenimiento, etc.

Como en Ecuador somos dados a repetir algunas de las más selectas modas de la historia del norte mundial, no podíamos quedarnos atrás y el momento de debilidad del gobierno es propicio. Hay, pues, indicios de que se está configurando un ambiente que podríamos llamar de “histeria post correísta”, cuyas evidencias empiezan a observarse en la puesta en marcha de una cacería de brujas, como si al país le hiciera falta algo así en la situación de polarización actual. Esta cacería que empieza a tomar forma, prefigura a su vez el advenimiento de algo bastante posible en el futuro inmediato: una especie de macartismo criollo dirigido particularmente contra la izquierda. En el banquillo de los acusados se sientan ya los ex colaboradores del régimen que han pasado a una posición crítica, de quienes se exige el buen aprendizaje de lecciones políticas para recibir un “perdón colectivo”. Por supuesto, los jueces y fiscales en el estrado, aquellos que saben cuales son las lecciones a aprenderse, se representan a sí mismos automáticamente desde una posición de superioridad política o moral.

El impulso de esta deriva justiciera viene de mucho antes -sin embargo. Es común verla circulando con sus antorchas en las redes sociales, buscando armar alguna hoguera contra cualquiera que haya tenido alguna participación en el actual proceso. Pero lo interesante del actual momento es que lo anterior comienza a tomar una forma mucho más estructurada, pero sobre todo cómo se articula como otro engranaje más dentro de la maquinaria de descalificación y persecución que el propio gobierno ha montado, especialmente contra sus críticos en la izquierda. Arrinconados, tanto por el gobierno o por los defensores de los principios de las libertades individuales y la esfera pública (o el Mercado), no les queda otra más que agachar la cabeza y aceptar la letra escarlata para escarnio público. Porque lo que se oculta detrás de todo esto no es una invitación auténtica a un proceso de autocrítica, explicación de posiciones, debate o inclusive rendición de cuentas, sino la aceptación de la culpa, la conversión y sobre todo el reconocimiento público de que quienes actúan en esto como jueces y fiscales, siempre tuvieron la razón (desde el día cero, como dicen). Pero hasta donde recuerdo, se trataba de hacer periodismo u opinión, no de organizar el Comité Nacional de Descorreización de la posguerra. Cabe recordar, además, que la prensa tuvo un papel importantísimo en la desarticulación del macartismo.


El Comité Nacional de Descorreización en una de sus sesiones plenarias.

En su esencia, esto no difiere de aquel impulso que ha movido a Correa en reiteradas ocasiones a exigir disculpas públicas para otorgar perdón, impulso que no puede describirse sino como la búsqueda de la humillación del otro y reconocimiento de su poder. Pero más allá de este recurso a un juego relativamente simple, aparece algo que en sí mismo constituye una verdadera lección política: la coincidencia en las críticas a la práctica inmensamente autoritaria del gobierno, no nos vuelve a todos automáticamente militantes del mismo bando. De hecho, es justamente lo que ha intentado producir el esquema binario del gobierno durante todos estos años para erigir su hegemonía. Inventar una mole abigarrada de antagonistas, todos iguales, todos parte de la partidocracia, del pasado oligárquico, los mismos de siempre que no volverán, etcetera etcetera.  Bastantes han renunciando a su identidad política para disolverse, cayendo en esta emboscada propia de la degradación de sentidos impuesta por el populismo sobre la política y la sociedad. Y ahora son las diferencias las que vuelven a aparecer, lo cual es saludable. 

Quizá los únicos que han intentado dar una muestra de que no son negociables las identidades y principios político-ideológicos son los indígenas, con todos sus problemas internos. Pero sobre ellos también cayó ya el malleus malleficarum (martillo de las brujas) de los jueces, quienes les representaron como siempre: gritones, radicales que no han entendido que el muro de Berlín cayó hace tantos años, incapaces de leer la política para forjar la receta de alianza alla venezolana tan reclamada hoy en día. En una palabra: los indios son atrasados, tercermundistas, y no entienden que la real politik madura, es juntarse con fuerzas políticas con las que obviamente no comulgan. Como se observa, aún estando entre los sectores más agredidos por este gobierno, todavía buscan mantener un grado de coherencia política sorprendente. Pero de estas lecciones concretas, no se hacen eco quienes parecen haber quedado aún mucho más traumatizados por la caída del muro, dada su cansina, repetitiva y poco original lectura sobre la izquierda ecuatoriana.    

En definitiva, se vuelve necesario recordar a los señores jueces en su estrado, que en términos de proceso histórico social, Correa no aparece como relámpago en cielo despejado ni es hijo de tres o cuatro iluminados del Club de Toby; sino de la larga crisis orgánica previa en la que estaba sumergido este país y la consiguiente acumulación de tensiones sociales. Crisis provocada, en gran parte, por la aplicación de ideas ortodoxas neoliberales que ahora vuelven a ser presentadas como la salida mágica al actual entuerto (igual que en los noventa), justamente por los mismos sectores que se reúnen y toman el té a las cinco en la sede social del Comité Nacional de Descorreización. Por supuesto, la revolución ciudadana no significó en absoluto la superación del estado anterior de crisis sino su radicalización por otras vías, pero esto es tema para otro debate.

En cualquier caso, si vamos a plantear las cosas en este tipo de genealogías familiares para luego atribuir culpas e impartir lecciones, también podríamos proponer otra desde la historia reciente del autoritarismo en el Ecuador. Historia que nos terminará remitiendo ineludiblemente a la dictadura económica y política que no ha dejado ser impuesta sobre el común de la sociedad ecuatoriana, y a una serie de sentidos reaccionarios y represivos que operan como formas esenciales mediante las cuales discurre la cultura política de nuestra bienamada esfera pública. Es casi seguro que no pocos se encontrarán reflejados en esta historia y veremos si es que queda alguien con superioridad moral suficiente para lanzar la primera piedra. Porque dicha cultura autoritaria no es propiedad exclusiva de los borregos en su establo sino también de quienes viven en su tejado, donde escuchamos maullar a uno que otro gato.

 

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