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11 de Diciembre del 2014
Ideas
Lectura: 14 minutos
11 de Diciembre del 2014
Lizardo Herrera

Es PhD  por la Universidad de Pittsburgh y tiene una maestría en estudios de la cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar y una licenciatura en historia en la PUCE. Es profesor en Whittier College, California, Estados Unidos. 

El "Conejo" Velasco y el malestar de la modernización
"Pocho" Álvarez nos presenta una imagen de Velasco como un pensador agudo, cuya obra desbordó en mucho el ámbito libresco o académico. Fue intelectual comprometido que participó activamente en las luchas sociales a lado de los movimientos campesinos y sindicalistas.

Whittier College

El Conejo Velasco (2013), documental de Pocho Álvarez, reconstruye la historia de Fernando Velasco Abad (1949-1978), importante intelectual ecuatoriano, y junto con él, el legado y la memoria de una generación que creció con el sueño de la revolución en la década de los 70.

La película propone dos líneas narrativas: la primera, de carácter privado y personal, sigue el proceso de creación de la escultura hecha por Howard Teikeff y los diálogos del escultor con la familia de Velasco; la segunda da cuenta de la figura pública del pensador ecuatoriano y recoge los testimonios de varios de sus amigos o colegas, muchos de ellos importantes figuras en el mundo de la política, el arte o la intelectualidad del país.

La fotografía, el otro elemento a destacar en este recorrido por la memoria de una década turbulenta, une las dos narrativas propuestas fungiendo de soporte material para los recuerdos que se escuchan a lo largo de todo el documental.

Álvarez nos presenta una imagen de Velasco como un pensador agudo, cuya obra desbordó en mucho el ámbito libresco o académico. Vemos un intelectual comprometido que participó activamente en las luchas sociales a lado de los movimientos campesinos y sindicalistas moviéndose con gran agilidad –cual conejo- del campo a la ciudad, de la sierra a la costa, de la universidad a las asambleas populares, de las aulas a las calles. Sin embargo, más que una apología del pragmatismo o de la acción política del "Conejo" Velasco, propongo una lectura desde lo concreto, es decir, desde la forma en que la memoria adquiere cuerpo gracias a la escultura, los testimonios o las fotografías para interpelar nuestro presente.

Esta perspectiva no plantea una lectura romántica, sino un reto difícil que toca heridas profundas que no han sanado aún. La madre de Velasco cuando ve el modelo seleccionado para realizar la escultura, dice, “Me hace daño verle”, mostrando un dolor que no ha desaparecido a pesar de los años. El documental, de forma similar, revisita varios de los sueños rotos de una generación duramente golpeada en sus ideales.

Pero la meta de Álvarez no es evadir los recuerdos incómodos, sino asumirlos, mostrando que el pensamiento de Velasco continúa vigente y que muchas de las demandas incumplidas detrás de las utopías de los 70 aún exigen y merecen ser satisfechas.

Si la arcilla modela la imagen física del "Conejo" Velasco, el contacto con la tierra del campo o el asfalto de las calles de la ciudad fue modelando el pensamiento de este intelectual. Tal como la arcilla, es decir, la tierra va aglutinando un sinnúmero de recuerdos fragmentados hasta dar cuerpo o unidad a la escultura; la organización popular u organicidad política penetró las ideas de Velasco preñándolas de sentido para parir un pensamiento acorde con la realidad ecuatoriana. La tierra, en este sentido, impide que los recuerdos o el pensamiento político se transformen en meras abstracciones o juegos de lenguaje sobre un espacio-tiempo lejano e insondable. La memoria se transforma así en un terreno fértil desde el cual es posible desentrañar las contradicciones de un presente incómodo.

Si es cierto que la historia sólo tiene sentido cuando el pasado llena de sentido al presente, el "Conejo" Velasco pone a dialogar con gran destreza la política ecuatoriana de los 70 con la contemporánea. En aquella época, se vivía una dictadura militar que tomó como bandera la implementación de un programa desarrollista-nacionalista; en la actualidad, el gobierno de Correa ha retomado varias de las tesis desarrollistas de aquellos años. El desarrollismo de los 70, sin embargo, como bien lo dice Velasco no supuso el cumplimiento de las demandas de los trabajadores ni la llegada del ansiado progreso, sino la continuación del carácter dependiente de la economía ecuatoriana. La modernización del campo y la industrialización, aunque representaron la desaparición de las relaciones terratenientes tradicionales, en palabras del propio Velasco, también significaron el fin de “la propiedad y el usufructo comunes de la tierra” acrecentando la desposesión y, por ende, “la proletarización que asume fundamentalmente la forma de migraciones”.

Esto quiere decir que los cambios de la modernización llevada a cabo por la dictadura fueron el fruto, tal como lo advirtió el conejo Velasco, “de un proceso enraizado con las necesidades del desarrollo capitalista”. Los proyectos de industrialización o sustitución de importaciones, en lugar de consolidar el mercado interno y romper la dependencia económica, fueron implementados en el contexto de un capitalismo dependiente de la exportación del petróleo, la agro-exportación y el capital financiero internacional; es decir, la modernización desarrollista siguió siendo vulnerable a los vaivenes del mercado internacional (esta situación se verá con claridad en la crisis de la deuda en la década de los 80). Los reclamos de las organizaciones campesinas, indígenas y obreras, por su parte, aunque jugaron un papel central en la caída de la dictadura, en lugar de ver satisfechas sus aspiraciones, tuvieron que soportar la una fuerte represión por parte de las fuerzas policiales o militares tal como lo atestiguan los asesinatos de Lázaro Condo en 1974 y Rafael Perugachi en 1977 en la Sierra o la matanza en el ingenio azucarero AZTRA en la Costa en 1978.

En el documental, el ex-presidente demócrata-cristiano, Osvaldo Hurtado, aparece como el contradictor intelectual de Velasco. Según él, la teoría de la dependencia no sirve para explicar la historia del Ecuador. En palabras de Hurtado, el país no había alcanzado el desarrollo “porque no había contacto con el exterior, porque no había el canal de Panamá, porque no había inversión extranjera, porque no había colonización extranjera, porque no había emigrantes extranjeros”.

Si volvemos a la actualidad, esto es, al contexto en el que el documental de Álvarez fue realizado, tenemos que el gobierno presenta su plan de gobierno como una etapa necesaria para superar el fracaso de las políticas neoliberales de las cuales Hurtado es uno de los artífices más destacados. Correa recupera el rol del Estado en la economía a partir de la construcción infraestructura pública estratégica o políticas sociales que las reformas neoliberales se habían encargado de socavar para cumplir con los dictados de la austeridad económica, las privatizaciones o el pago puntual a los acreedores internacionales. En otras palabras, la modernización contemporánea coincide con la de la dictadura de los 70 en la medida en que ambas se plantean como la superación de “modelos caducos”: la una como una modernización necesaria para dejar atrás las relaciones arcaicas o precapitalistas, la otra para salir del pozo de “la larga noche neoliberal”.

Tal como hace 40 años, la reforma agraria y la industrialización ocurrieron en el contexto de un capitalismo dependiente, la transformación actual de la matriz productiva hacia el capitalismo del conocimiento también implica el fortalecimiento del país como productor y exportador de materias primas, en especial, del petróleo, la minería a gran escala y la agro-exportación. Esto significa que en la actualidad, la economía ecuatoriana sigue igual de dependiente respecto al crédito externo necesario para llevar a cabo las inversiones del Estado como a las fluctuaciones de los precios de las materias primas en los mercados internacionales.

Lo problemático, sin embargo, está en el hecho de que el modelo de desarrollo de Correa no sólo tiene semejanzas con el desarrollismo de los años 70, sino también y contradictoriamente con el neoliberalismo que dice combatir. Hurtado considera que el Ecuador no se ha desarrollado por su falta de apertura al capitalismo internacional y, en este punto, su pensamiento aunque se diferencia en lo que concierne a la firma de tratados de libre comercio y al rol del Estado en la economía, tiene importantes coincidencias con el de Correa.

Hurtado, en el documental, nos pregunta: “¿Cómo es que se desarrolla China?”, y él mismo se responde: “Se desarrolla externamente, vía exportaciones, vía inversión extranjera. Esto es inversión extranjera, tecnología extranjera y apertura comercial”.

A pesar de que las políticas de Correa fortalecieron el gasto estatal y hasta la firma del acuerdo comercial con la Unión Europea, el presidente ecuatoriano se mostraba reticente a suscribir tratados de libre comercio, su objetivo principal es modernizar al país. China para Correa se constituye en un aliado que le brinda acceso al crédito externo a cambio de los recursos naturales ecuatorianos además de un modelo exitoso a imitar. En este sentido, el presidente ecuatoriano dirige su mirada al exterior, primero, para insertar al país en el capitalismo global y la sociedad del conocimiento con sus nuevas tecnologías; segundo, limita el subdesarrollo a “conductas mediocres” o “atrasadas” olvidando, de esta manera, que la dependencia es fruto del diseño geopolítico del capitalismo internacional.

Esto quiere decir que Hurtado y Correa no sólo coinciden en priorizar las demandas del capitalismo global al apuntalar los intereses de empresas mineras, petroleras o agroexportadoras, también comparten una visión lineal del tiempo. El subdesarrollo no se debe a la falta de talento humano o al aislamiento como lo malinterpretan ambos, sino que es fruto de un proceso desigual y asimétrico en donde ciertas zonas del planeta son afectadas negativamente para el beneficio de otras. En los años 70, muchos campesinos e indígenas ecuatorianos se vieron despojados de la propiedad o del usufructo común de la tierra viéndose obligados a migrar a las ciudades para convertirse en mano de obra barata (poco calificada) en las industrias emergentes. En la actualidad, los grandes proyectos mineros y petroleros a más de los enormes costos ambientales que traen consigo, también desestructuran a varias comunidades deteriorando sus vínculos sociales y poniendo en riesgo su subsistencia o autogestión.

El progreso, por tanto, no significa el arribo de una nueva etapa histórica ni trae un cambio en la estructura económica del país como tampoco implica que el Ecuador se transforme en un nuevo productor de tecnología, pues ante todo significa la extracción y relocalización de determinados recursos (materias primas y recursos no renovables) en función de los intereses de las élites o países con mayor incidencia en el capitalismo global. La modernización actual, por otra parte y tal como sucedió en la década de los 70, ha significado el acoso constante y la represión en contra de las organizaciones sociales. Así lo dejan ver, entre muchos ejemplos más, los conflictos del gobierno con los movimientos indígenas, ecologistas, sindicalistas, feministas, de homosexuales, estudiantes, etc., o la promulgación de los artículos del crimen de terrorismo en el nuevo código integral penal.

A modo de conclusión, me gustaría señalar que el "Conejo" Velasco no nos muestra los conflictos y las luchas sociales de los años 70 para cerrar una etapa histórica del Ecuador, sino para mostrarnos problemáticas que continúan vigentes. El documental, por consiguiente, no disocia el pasado del presente ni construye una narrativa lineal en donde los hechos históricos carecen de valor o son meros datos de un tiempo que ya fue y nunca más será. El "Conejo" Velasco, al reconstruir la historia de la generación y la modernización de los 70, toca temas sensibles y conflictos que se repiten en los nuevos proyectos modernizadores. Se trata de problemas estructurales y de vieja data que aunque se quiera dar por superados, siguen vigentes y sacan a la luz el malestar de una modernización siempre que siempre quedará trunca. Mientras los ideales del progreso dirigen su mirada al futuro y al mercado internacional y ven en el pasado signos de atraso o mediocridad, el documental de Álvarez nos recuerda que la memoria está atada a la tierra y que el pasado es algo vivo, es decir, un rasgo incómodo de nuestro presente que reclama una forma de existencia más justa.

[PANAL DE IDEAS]

Giovanni Carrión Cevallos
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