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23 de Febrero del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
23 de Febrero del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El costo de gobernar sin anteojeras
Los sucesos de Venezuela, Bolivia y Ecuador muestran que los gobiernos denominados “progresistas” enfrentan una crisis de gobernabilidad en gran medida atribuible a una deficiente gestión de gobierno.

Yehezkel Dror, profesor de ciencias políticas y administración pública en la Universidad Hebrea de Jerusalén, aclara la diferencia entre “ingobernabilidad” e ”incapacidad de gobernar”.

“Es verdad- dice-que hay sociedades muy difíciles de gobernar, por excelente que sea su gobierno. Pero teniendo en cuenta las serias flaquezas de todos los gobiernos contemporáneos, habría que concentrar los esfuerzos en desarrollar la capacidad de gobernar y no inculpar a las sociedades tachándolas de “ingobernables”.

Por su parte, Carlos Matus, experto chileno y colaborador de alto nivel en el gobierno de Salvador Allende, sostiene algo parecido, a partir de la compleja y rica experiencia de la Unidad Popular en Chile que fue violentamente truncada por la dictadura de Pinochet:

“Hasta ahora, las dirigencias políticas se han limitado a conquistar y, a veces, a comprar la representación del pueblo, pero no se han capacitado para gobernar en su nombre, interpretarlo y defenderlo con eficacia”.

Lo cierto es que los gobiernos autodefinidos de “izquierda”, igual que en el pasado los de “derecha”, no pudieron hacer realidad sus principios ideológicos y se vieron obligados a tomar medidas con las que ideológicamente no estaban de acuerdo.

Ello revela que llegar al gobierno mediante elecciones, es una cosa, y gobernar, es otra. En Venezuela, Maduro decidió el incremento del precio de la gasolina en un 6.085 %., tras casi 20 años de permanecer éste sin modificación. La economía venezolana sufre una aguda recesión. El cuadro que presenta es calamitoso por todos los lados. Alta inflación, carencia de alimentos y medicinas, escasez de divisas, decrecimiento del sector productivo, desplome de la economía no petrolera, dependencia de productos importados.  A lo que se agrega, desde luego, un ejercicio autoritario del poder que ha dividido a Venezuela en dos bandos irreconciliables y que ha desembocado en la captación de la Asamblea legislativa por la oposición.

En Bolivia, el referendo muestra un alto nivel de oposición a la reelección de Evo Morales, como expresión de un desgaste del gobierno y del avance de las fuerzas contrarias al régimen. Se ha puesto en debate el esquema polarizante del Movimiento al Socialismo, basado en una visión dicotómica del mundo.

En Ecuador, el gobierno de Correa se ha visto obligado a recurrir a la flexibilización laboral, “dando un giro de 180 grados de la política laboral hasta ahora”, según lo explica Walter Spurrier en su columna de EL Universo. Ello contradice también la política del salario digno. Sin duda, la caída del precio del petróleo, la apreciación del dólar volvieron inevitable la flexibilización “como mal menor”.

Sin embargo, el exministro de Trabajo del actual régimen, Francisco Vacas, revela en entrevista al diario El Comercio  que “si no se eliminaba el contrato a plazo fijo hubiesen existido menos despidos”.

La política laboral que se sustentó en la eliminación del contrato por horas, la tercerización, el aumento del salario básico sin considerar la productividad, mediante controles que se establecieron a través de la Asamblea Constituyente, no dio los resultados esperados.

Tanto que el propio gerente del Banco Central, Diego Martínez, en entrevista a Líderes, revista de El Comercio, reconoce que “el desempleo sí es una preocupación(…) El desempleo subió del 3,8% (2014) al 4,77% (2015) También vamos a tener deterioro en otros indicadores, como pobreza y desigualdad”

Otro ejemplo son las cocinas de inducción. César Sosa, editor económico del diario El Comercio, señala que el entusiasmo inicial “duró poco tiempo” y “al final el Gobierno terminó importando las cocinas de China”. En realidad, el gobierno estuvo muy lejos de “aplicar la brújula del modelo coreano”, no obstante declararse admirador del mismo.

Pero como es habitual, la propaganda oficial sigue hablando del cambio de la matriz productiva, “aunque la estructura de las exportaciones es la misma de hace nueve años”.

Estos ejemplos que, por cierto, no son los únicos, ponen al descubierto la enorme brecha entre las fórmulas salidas de concepciones “maximalistas” y la realidad social y económica del país. Correa acosado por la crisis ha tenido que recular en varias etapas de su administración. El conflicto entre la teoría y la práctica, entre la ideología y la situación concreta han sido frecuentes.

El problema se complica cuando están por concluir los mandatos de los presidentes “progresistas”. En el Foro de lectores de Diario El Universo, ante la pregunta de si “acortar el período de gobierno de Nicolás Maduro ayudaría a resolver la crisis en Venezuela” un lector responde: “Lamentablemente, el colapso económico que padece Venezuela no va a ser  resuelto por la clase política con la interrupción de su gobierno”.

Ello plantea una exigencia a la clase política; exigencia en términos de conformar un gobierno que no recaiga en los errores del pasado cercano que abonaron el terreno para la emergencia de Hugo Chaves.

Algo parecido ocurre en el Ecuador  El escenario preelectoral no puede estar disociado de la crisis económica. No se puede hablar de candidaturas ni de programas con abstracción de tan grave coyuntura., ni de la capacidad para gobernar en medio de la crisis.  Sin duda el multitudinario homenaje académico a Enrique Ayala representó un “espacio de encuentro entre políticos opositores de distintas tendencias”. Esto tiene un significado que es necesario descifrar.

La oposición no es sólo de derecha; la presencia de la izquierda fortalece a la oposición; también la presencia de un centro. Ello implica un gran desafío: construir un programa no desde los principios abstractos sino desde la experiencia vivida en los últimos nueve años.

Matus sostiene que “es común encontrar en las democracias un liderazgo competente para ganar elecciones, pero una cierta incompetencia para gobernar”. Creo que este aserto retrata el caso de Correa, y más aún el de Maduro. Morales va por ese camino.

Para Matus, hay una relación muy estrecha entre la competencia o capacidad de gobierno de los líderes y su desempeño en el gobierno. Dicho desempeño no depende sólo del contenido del proyecto de gobierno ni de la gobernabilidad que el sistema social permite. En realidad son estos tres factores interrelacionados los que hacen posible que un gobierno acierte en las acciones, medidas y políticas a implementar.

Esto es fundamental tomar en cuenta para que al futuro gobierno no le pase lo mismo. El “triángulo de gobierno” en la administración de Correa se caracterizó por confiar en la gobernabilidad derivada de los precios del petróleo y por creer que con la sola voluntad política sería posible remontar el “bache” en la época de las “vacas flacas”. Lo que faltó, sin duda, fue la “competencia o experticia” del líder y ello ocasionó tanto o más daño que el propio derrumbe del precio del petróleo en el mercado internacional.

Hace falta, consecuentemente, que los actores políticos y fuerzas sociales que están encaminándose hacia una posible y necesaria unidad para rescatar la democracia y el buen gobierno, pongan atención sobre este punto; el proyecto o programa de gobierno más que por el contenido sustantivo de sus planteamientos tiene éxito cuando hay un liderazgo competente para llevarlo a la práctica. Sumergirse, entonces, en interminables debates en torno a los “modelos” es quedarse atrapado en las ideologías, sin entender que el gobierno no es una academia y que el debate no puede ser exclusivamente teórico.

La experiencia de un gobierno que se encaramó en una ideología ultrista y que desaprovechó una oportunidad histórica para sentar las bases de una democracia más incluyente y de una mayor equidad social en el manejo de la economía, enseña que el concepto normativo de la política fracasa en la práctica del gobierno. 

No se trata, por tanto, de saber quién tiene la razón, si la derecha o la izquierda, sino de examinar qué aportes  ellas son capaces de dar para buscar una salida a la crisis. Tal salida no debe ignorar el largo plazo, las acciones orientadas a transformar la matriz productiva, pero tampoco puede ignorar el corto plazo, en el que hay problemas apremiantes como el desempleo y subempleo, el déficit fiscal, los déficit de la balanza comercial y de pagos. Esto en lo económico; en lo político, el hiperpresidencialismo y el aparato jurídico-político que lo sustenta. 

Para ello se requiere un liderazgo con alta experticia, que sea  capaz de conjugar la técnica con la política, la utopía con lo posible y realizable, la democracia con el crecimiento económico y la justicia social, el Estado con el mercado, la libertad con la igualdad, la soberanía nacional con la apertura beneficiosa al mundo, la libertad de expresión con la democratización de la comunicación, la excelencia académica con la extensión a la comunidad y con cabal autonomía universitaria.            

La democracia sí requiere de gobiernos que remonten la coyuntura, la popularidad momentánea y la vanidad personal. Entender el costo de gobernar se vuelve un prerrequisito para tomar con modestia la carrera por llegar al poder.

Si bien la democracia descansa en el principio de que cualquiera tiene derecho a elegir y ser elegido, haciendo caso omiso de la preparación de los postulantes para gobernar, la propia sobrevivencia de ella no puede prescindir de tal preparación.

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