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8 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
8 de Julio del 2019
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El cura político
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Tuárez está aprovechando del clima de polaridad que se vive en la opinión pública a partir del juego en el que han caído los activistas que celebran o rechazan las recientes decisiones de la Corte Constitucional.

En estos días se respira un aire de peculiar intolerancia. Se trata de la disputa entre dos extremismos que inundan las redes sociales y que participaron en una reciente toma de las calles en muchas ciudades del país. Son algunos marchantes que se distinguen por mostrarse radicalizados en el irrespeto por el otro. Pero mientras la sociedad entera mira esta pelea con estupefacción, hay otros que se frotan las manos.

Ese podría ser el caso del cura José Carlos Tuárez, actual presidente del Consejo de Participación, que con el mismo timbre chillón, amenazante y extravagante de Rafael Correa abandonó la sala donde se había convocado a su comparecencia en la Asamblea Nacional. Antes citó a una turba de fanáticos que llenaron media cuadra en las afueras del órgano de participación, que acompañaron al religioso a la sede legislativa y que tuvieron tiempo hasta de echar vivas por su nuevo mesías. ¿Algo de esto nos sorprende? No, ese es el estilo de nuestros populistas tropicales.

Pero los días de Tuárez están contados y el cura político sabe que este breve tiempo de popularidad podría convertirlo en un mártir, lo que en su vanidad revolucionaria podría llevarlo a la presidencia. Entonces Tuárez está aprovechando del clima de polaridad que se vive en la opinión pública a partir del juego en el que han caído los activistas que celebran o rechazan las recientes decisiones de la Corte Constitucional.

Esto es política pura y dura. No se trata de derechos humanos, de constitucionalismo o de democracia, se trata de un clima antipolítico de insatisfacción ciudadana frente a las instituciones, sembrado por algunas posiciones intolerantes, que podría ser cosechado por los nuevos populistas que ya ofrecen otra constituyente, un nuevo reparto del poder y una nueva Constitución.

No se trata de derechos humanos, de constitucionalismo o de democracia, se trata de un clima antipolítico de insatisfacción ciudadana frente a las instituciones, sembrado por algunas posiciones intolerantes, que podría ser cosechado por los nuevos populistas.

En condiciones similares, Jair Bolsonaro se convirtió en presidente de Brasil. Tras dejar una extensa carrera legislativa, Bolsonaro ascendió hasta ganar el favor de los brasileños ofreciendo una educación desideologizada, el respeto por la libertad de culto y la lucha en contra de la corrupción. Hoy esto se traduce como su rechazo por las políticas con enfoque de género, el reconocimiento público de pocas prácticas religiosas y su intención de ilegalizar el socialismo. Poco se ha hecho al respecto. Lo notable en esto es que el antiguo militar brasileño leyó correctamente la insatisfacción de sus compatriotas, la capitalizó y consiguió ganar las presidenciales en el país-continente, con un discurso antidemocrático.

Se subestima a las mayorías silenciosas en Ecuador si se cree que hoy son pocos los que sienten afectada su fe religiosa o que pocos son los contrariados frente a los escasos resultados conseguidos por el gobierno nacional en su lucha en contra de la corrupción. Se subestima a gran parte del país si se cree equivocadamente que ese sector no podría manifestarse en las próximas elecciones.

Entonces, alguien podría capitalizar esa insatisfacción, crisparla, extremarla y aprovecharse de ese clima de intolerancia creado por activistas que ignoran, seguramente de buena fe, que no todo en la vida pública puede interpretarse en sentido unívoco, que hay decisiones de alto nivel que modifican la realidad política y que ese nuevo escenario puede serles desfavorable apenas por no actuar de manera estratégica.

Este clima intolerante podría ser el terreno fértil para el nacimiento de un nuevo fundamentalismo en Ecuador, liderado por un populista, demagogo y prepotente como José Carlos Tuárez o por sus asesores. Sería la restauración revolucionara, pero más extremista, más vengativa y más reaccionaria de lo que nunca se pudo imaginar.

La solución empieza por enjuiciar políticamente y cuanto antes al cura político, destituirlo y luego tirar a la basura de la Historia ese monstruo institucional que preside, creado por la Asamblea de Montecristi para estatizar la participación.

Lo demás consiste en renunciar a las posiciones intransigentes, pero hoy eso es mucho pedir.

@ghidalgoandrade

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