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1 de Febrero del 2017
Ideas
Lectura: 5 minutos
1 de Febrero del 2017
Óscar Molina Vargas

Periodista. Ha escrito para las revistas Vanguardia, Mundo Diners y SOHO Ecuador, y para los diarios El Comercio, Hoy y El Espectador (Colombia).

El déficit postergado
No hay nada que agradecer ni mucho menos que aplaudir a quienes han liderado esta década perdida. Los derechos humanos son garantías y amparos intrínsecos, no una limosna benéfica que se reparte a cuentagotas.

Fue en un auditorio mediano, un viernes por la noche. No se transmitió por televisión ni por Internet, pero sí por una emisora radial pública y sus frecuencias. Transcurrió sin hasthtags, sin memes, sin mayor alboroto en las cumbres humeantes de los trending topics. La noche del 27 de enero, dos días después del Debate Presidencial 2017, el conversatorio Derechos de las Poblaciones LGBTI en Ecuador, avances, desafíos y propuestas se desarrolló así, con esa discreción (in)esperada. 150 personas, mayoritariamente jóvenes, ocupamos las butacas. Frente a nosotros se acomodaron la moderadora, la representante del Consejo Nacional Electoral y cuatro candidatos a asambleístas por los partidos Pachakutik, Izquierda Democrática, Unidad Popular y Avanza. Los  postulantes del resto de movimientos, pese a haber sido invitados, no acudieron. Habrán tenido, quién sabe, alguna calamidad propagandística.

Nada de lo propuesto por los cuatro aspirantes en las cápsulas breves de un minuto fue sorpresivo o innovador. Y no se debió a que ellos o sus asesores no hayan sido suficientemente creativos o efectistas. Ocurre que quienes aún no ejercemos esos derechos sabemos, exactamente, cuáles son lo que nos siguen debiendo: matrimonio igualitario, adopción homoparental y acceso digno a salud, educación, trabajo y justicia, sobre todo para las poblaciones transexuales y transgénero. Sabemos, también, cuáles son las emboscadas viles que nos siguen matando y que, sin más retrasos, hay que desarmar: las clínicas clandestinas, los discursos benditos, la homofobia impune. Y lo peor de todo es que conocemos bien la sombra corpulenta de ese déficit postergado por una razón agria: ha pasado una década —¡una década!— sin que nada de eso se haya resuelto o haya empezado, al menos, a tomar la estructura firme de una decisión de cambio.

Dado que ninguna de esas preocupaciones de las diversidades sexuales han sido plenamente abordadas por los presidenciables —con un interés prioritario o al menos con detalles prácticos—, en ningún canal abierto, durante más de dos minutos y sin tropezar con el viscoso lugar común de la tolerancia, tuvimos que reunirnos entre nosotros mismos, junto a cuatro postulantes, para mapear las salidas de emergencia o, al menos, un ducto por el cual circule una corriente respirable.

Las buenas intenciones, durante el encuentro, se matizaron de partido a partido y, al momento de las preguntas del público, surgió una muy básica pero empinada: ¿cómo van a lograr en la próxima Asamblea, integrada seguramente por legisladores conservadores o al menos desintonizados de la evolución social, cumplir con sus ofertas? La respuesta, casi calcada entre los cuatro, fue confiar en los acuerdos, llegar a consensos. Apelar, en definitiva, a la buena voluntad política —¿y humana?— de los otros. ¿Habrá que esperar, entonces, otro diez añitos más? Es obvio que la responsabilidad de las luchas LGBTI no recae solo en estos candidatos. La consecución de la igualdad nos compete a todos, incluidos aquellos que ven nuestras peticiones como un asunto menor.

De todo lo dicho esa noche, sin embargo, me quedé pensando, sobre todo, en las declaraciones de la representante de Consejo Nacional Electoral al inicio del conversatorio. Después de recalcar que no son tiempos como los que eran antes de la despenalización de la homosexualidad y de que ese y otros indicadores nos hablan de “mejoras”, ella dijo que, a pesar de todo, vivimos en una época de “homofobia sutil”. Y tiene toda la razón. Porque ha sido tan “sutil” y efectiva que, bajo el pelaje de las buenas intenciones, ha logrado inocular ese discurso de consolación que siempre alude a “avances”; como si se pudiese hablar de los derechos en los mismos términos en los que se habla de la construcción de una carretera. No hay nada que agradecer ni mucho menos que aplaudir a quienes han liderado esta década perdida. Los derechos humanos son garantías y amparos intrínsecos, no una limosna benéfica que se reparte a cuentagotas.

[PANAL DE IDEAS]

Patricio Moncayo
María Amelia Espinosa Cordero
Rubén Darío Buitrón
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Alfredo Espinosa Rodríguez
Mateo Febres Guzmán
Fernando López Milán
Diego Chimbo Villacorte
Xavier Villacís Vásquez
Iván Flores Poveda

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