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14 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
14 de Junio del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

El demonio de la violencia
Pretender que todo el mundo tenga la misma fe, practique las mismas costumbres, desarrolle la misma ritualística implica, no solo desconocer el imperio de las diferencias sino, sobre todo, pretender que un grupo social, político o religioso posee el monopolio de la verdad.

Una vez más hemos quedamos atónitos ante las muertes producidas en Orlando por un fanático enceguecido por la violencia. Como siempre, víctimas inocentes de una perfidia insana que pretende que el mundo sea uniforme, plano, igual a sí mismo. La pérfida idea de la igualdad  que rechaza la diferencia. Posiblemente, el rechazo a las diferencias constituya la más antigua de todas las perversiones sociales.

¿Se tratará de un acto de locura delirante, de una paranoia extrema que conduce a que se pretenda eliminar a ese adversario intolerable y perseguidor que habita en las entrañas mismas del ser? Ciertamente no. Los actos extremos de la psicosis paranoica brotan casi de la nada. Y si a veces han supuesto algún tipo de preparación, estará marcada por ciertos aspectos que darán cuenta de que se trata de un proceso psicótico. Un sujeto víctima de un delirio de persecución, sale con su pistola y dispara a mansalva o a un grupo determinado. Un asesino delirante no busca fama sino tan solo salvación, pues se sabe perseguido por el fantasma del  mal.

La idea de lo único atraviesa la historia de la humanidad: lo único religioso, lo único político, lo único social. El imperio de lo único necesariamente exige la eliminación de lo diferente que cuestiona al discurso único, que lo niega y rechaza a favor  de la  legitimidad de la diferencia. Por regla, todo tirano niega la diferencia, la capacidad de construir otras representaciones, nuevos saberes y valores. El pensamiento único constituye una de las formas más perversas de dominio porque con frecuencia se disfraza con el ropaje de la verdad y de la salvación: la supuesta salvación de los pueblos y sus culturas. 

Hay que matar al perro para que desaparezca la rabia. Fórmula perversamente elemental. Asesinar a todos los infieles para que solo queden los creyentes y nadie piense en la diferencia. Asesinar a quienes viven sus propias sexualidades para que prevalezca la inconfundible división del hombre como lo masculino y la mujer como lo femenino. Como si no supiésemos que en un vano intento de acallar las dudas personales, se persigue las diferencias. Los  que menos seguros se hallan de su propia masculinidad o feminidad son aquellos  que se convierten en acérrimos perseguidores del homosexual, del travesti, del transgénero.

En efecto, quien se halla seguro de su identidad sexual, tolera las diferencias que no son vistas ni como enemigas ni, sobre todo, como tentadoras, es decir, como aquello que, al acercarse, podría hacer que asomen de cuerpo entero las propias incertidumbres. Es probable que quien se declara enemigo acérrimo de la homosexualidad no esté seguro de su propia identidad.

Fueron a la discoteca tan solo a divertirse. Pero previamente ya habían cometido el inaudito e imperdonable delito de ser diferentes y algunos quizás también contestatarios a la imposición social de la unidad y la igualdad. Pese a las constantes y grandes proclamas, la diferencia es perseguida por doquier. Uno de los grandes objetivos del pensamiento político no democrático consiste en perseguir y destruir a quienes se han propuesto no ser eco del discurso oficial. En esos sistemas  jamás prima la excelencia sino el sometimiento. En la actualidad todavía se persigue a lo diferente como a las brujas de la Edad Media. 

¿Qué religión podría estar segura de sí misma en un mundo, no solo atravesado por lo incierto, sino constituido desde y con la incertidumbre? Los ateos no tienen problemas con la fe puesto que no la poseen. Son los creyentes los que de manera permanente deben enfrentar la duda sobre sus propias creencias porque la religión no  posee ningún otro argumento que la sostenga que no sea exclusivamente la fe. Casi por principio, la lógica y la fe no andan tomadas de la mano pues no se necesitan. No acontece lo mismo con el fanatismo que debe aliarse necesariamente con la lógica de la violencia, incluso con la extrema violencia porque únicamente ahí halla su seguridad y permanencia. Cuanto más extremista una religión o una ideología política, menos capacidad posee de permanencia y convencimiento. Quiero ser fiel al Estado Islámico, habría afirmado el asesino del Club Pulse. Se trata de la fidelidad a la crueldad que posee el poder de convertir la libertad en tragedia, horror y muerte.

El Estado Islámico arrasa con todo aquello que podría provocar que sus fieles pongan en duda sus creencias. Desde sus propias debilidades, siembra el terror como elemento de sometimiento, no solo de los otros, sino de sus propis fieles. Si el asesino de Orlando hubiese pertenecido al Estado islámico, estará gozando las bienaventuranzas de lo perverso mientras cientos de familias, miles de amigos y conocidos, millones de conciudadanos y del mundo lloran por estas muertes y claman justicia aquí en la Tierra. 

Se trata de una posición demencial y perversa. Dos lados que hacen la moneda del pensamiento único en cualquier campo del saber, del vivir, del desear y del creer. Pretender que todo el mundo tenga la misma fe, practique las mismas costumbres, desarrolle la misma ritualística implica, no solo desconocer el imperio de las diferencias sino, sobre todo, pretender que un grupo social, político o religioso posee el monopolio de la verdad.

Los grandes asesinos de la humanidad que armaron las guerras mundiales y las guerras intestinas y las dictaduras para reconstruir el bien y la santidad, fueron perversos que lograron grandes satisfacciones a sus deseos con los cadáveres, las ciudades destruidas, los miles de heridos, los campos de concentración, el sonido de músculos y huesos rompiéndose en las máquinas de la santa inquisición. Son aquellos que gozan con el sufrimiento del otro, que sienten gran placer con los juicios sumarísimos, con los largos encarcelamientos, con las multas descomunales.

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