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9 de Abril del 2019
Ideas
Lectura: 4 minutos
9 de Abril del 2019
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

El diálogo de Otto
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Pero luego de su fulgurante despegue, el vicepresidente no logró mantener el brillo que se suponía. Las funciones que le encomendaron no le sirvieron de trampolín político, en medio de un gabinete donde las distintas facciones velan por sus respectivas agendas.

Otto Sonnenholzner fue la apuesta del Gobierno para recomponer las relaciones políticas fragmentadas luego de la bronca interna de Alianza PAIS. Una vez purgados los reducidos grupos de la izquierda inoperante y oportunista que sirvieron para desembarazarse de Jorge Glas, el flamante vicepresidente cumplió el rol de comodín para armar juegos en los distintos fajos de naipes que se disputaban el control del Gobierno.

En apariencia, Otto no representaba a la derecha política, sino a los sectores empresariales ávidos de establecer una nueva estabilidad. Guayaquileño, joven, conservador, empresario y radiodifusor, proyectaba la imagen más adecuada para recuperar el statu quo. Dicho de otro modo, el justo medio que necesitan los grupos de poder económico para hacer negocios. La crisis económica y la demolición institucional heredadas del correato requerían de respuestas altamente convencionales.

Pero luego de su fulgurante despegue, el vicepresidente no logró mantener el brillo que se suponía. Las funciones que le encomendaron no le sirvieron de trampolín político, en medio de un gabinete donde las distintas facciones velan por sus respectivas agendas. Cada grupúsculo anda armado de una cizalla para cercenarle los resortes al primero que pretenda despuntar. Poco importa que sea el segundo al mando.

En ese escenario, al vicepresidente le resultó imposible asumir el liderazgo que el régimen le encomendó, y que requiere hasta ahora. La atomización del Gobierno no puede ser contrarrestada ni siquiera por el propio Lenín Moreno. Hasta el pacto implícito con los socialcristianos se asienta sobre plastilina.

Pero luego de su fulgurante despegue, el vicepresidente no logró mantener el brillo que se suponía. Las funciones que le encomendaron no le sirvieron de trampolín político, en medio de un gabinete donde las distintas facciones velan por sus respectivas agendas.

Así las cosas, el llamado al diálogo nacional constituye el segundo intento por posicionar a Otto como la principal carta política del Gobierno. En realidad, como la opción electoral para el 2021. La próxima campaña electoral acaba de empezar. Luego de la patética ausencia de candidaturas convincentes en las pasadas elecciones, el régimen se juega por una puesta de mano presidencial. Y no necesariamente con Alianza PAIS.

En efecto, el movimiento Democracia Sí aparece hoy como la posta para reemplazar al alicaído y desgastado caballo verde-flex. No es un secreto que dicho movimiento creció a la sombra del propio presidente Moreno, como un recambio estratégico para sacudirse del correísmo. Concebido más como una opción electoral que como un partido político, logró su cometido el 24 de marzo.

La clave, por lo tanto, radica en la posibilidad de sintonizar la agenda de Otto con los cálculos de Democracia Sí, la mediación de Moreno, la influencia de los socialcristianos y las apetencias de los rezagos de Alianza PAIS que también tienen su parte en este juego. El diálogo nacional es el primer movimiento en esta compleja estrategia. De sus resultados dependerá que estos eventuales acuerdos se den.

Son muchas piezas para armar un rompecabezas, es cierto; pero habida cuenta del grado extremo de pulverización de la política nacional, todo es posible.

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