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4 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 9 minutos
4 de Noviembre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

El diálogo: los tropiezos de la libertad
No opino sobre las concepciones teóricas de la economía. Pero sí sobre esa lógica elemental que permite analizar los discursos y los procesos mediante los cuales se construyen nuevas verdades. Se dialoga únicamente desde el principio de que la verdad no existe y que, por lo tanto, debe ser construida sobre la base de las propuestas de los dialogantes.

Mientras veía el coloquio del presidente Correa con sus colegas economistas, no solo me interesé por el tema de la economía del país sino también por los espacios de libertad otorgados a la palabra del otro, de ese otro especialista llamado a opinar frente al monólogo del poder.

Un coloquio, es decir, una conversación, no se da sino en un campo básico de equidad frente al decir, al opinar, al afirmar y negar. Y lo primero que me llamó la atención fue que ahí no existía igualdad alguna pues todo, desde el manejo de los recursos tecnológicos hasta el del tiempo dado a la palabra de unos y de otros, no recibía el mismo trato. De por medio, parecía que había una balanza cargada de tal manera que los valores de significación, los manejos del tiempo e incluso de los recursos tecnológicos ya no serían equitativos. Por ello, el supuesto diálogo mutó rápidamente hacia una suerte de pugilato.

No opino sobre las concepciones teóricas de la economía. Pero sí sobre esa lógica elemental que permite analizar los discursos y los procesos mediante los cuales se construyen nuevas verdades. Se dialoga únicamente desde el principio de que la verdad no existe y que, por lo tanto, debe ser construida sobre la base de las propuestas de los dialogantes. De hecho, el diálogo se anula ipso facto cuando alguien presenta verdades ya estatuidas o dogmáticamente sostenidas. Por lo tanto, en la escena del diálogo, como condición indispensable, todos deberían estar en absoluta igualdad frente a la palabra. Pero el debate dio cuenta de que esa equidad entre los participantes y el presidente no era más que un decir y no una realidad fáctica. 

El análisis del evento debería partir de un hecho incuestionable: es prácticamente imposible que se produzca una equidad total entre los participantes cuando en el diálogo los decires del presidente surgen no solo del profesional que habla entre otros profesionales de la misma rama, sino desde su estatus que otorga un inmenso valor agregado a sus opiniones. Por ello, desde el inicio del encuentro, prácticamente casi desapareció el principio de equidad que sostiene todo diálogo, se trata de una igualdad ante la palabra y ante la verdad. Como condición indispensable, la dialogalidad exige equidad que, cuando falta o fracasa, origina violencia. 

En efecto, aunque no necesariamente se lo exprese de forma verbal, el principio de que el poder posee la verdad se instala casi como una condición inevitable que nadie puede eludir. Es posible que bajo el imperio de este principio se haya armado el tablado, desde el medio ominoso ingreso de los participantes que ni siquiera tuvieron sitio para parquear sus autos, que fueron vapuleados por quienes se hallaban fuera, también la presencia del grupo de estudiantes llevados a ser testigos no de la construcción de nuevos saberes sino, por el contrario, la primacía del poder. No es dable confundir un diálogo con una clase universitaria.

El principio de equidad constituye la primera de las condiciones básicas del diálogo en el que la palabra circula en igual de condiciones para producir efectos de verdad. El diálogo no está destinado a que uno de los participantes imponga su verdad, sino a que se construyan nuevas verdades desde el análisis de los decires, de los principios, de las nociones explicitadas, analizadas, criticadas, asumidas o bien dejadas de lado. Por lo mismo, ningún dialogante puede, en estricto rigor, llegar con un manojo de verdades ya estatuidas para proclamarlas de tal manera que los otros las asuman. Es preciso tener siempre presente que el valor de significación de los decires no está dado por el origen personal de los mismos sino por su capacidad de apoyar la creación de nuevos saberes. Al finalizar el evento, todos y cada uno de los participantes debía haber aprendido algo más y asumido también nuevas actitudes. ¿Hubo algo de esto?

La categoría de presidente, de la que no puede despojarse porque le pertenece necesariamente, no debió pesar en la producción, tránsito y discusión de los temas. No fueron invitados a escuchar sino a discutir, a producir nuevos saberes, académicamente, entre iguales. Algo que no se dio.

¿Y el tema del moderador? Seguramente el peor de todos los capítulos. En realidad quizás fue el principal encargado de que el sentido de diálogo se fuese por el caño de lo impertinente. Ese señor se olvidó de que su presencia estaba destinada a producir, sostener e incrementar el sentido mismo de la imparcialidad, de esa suerte de neutralidad que permite que fluyan las ideas, que se sostengan las discusiones y que en verdad se produzcan enunciados de verdad. ¿Cómo puede un moderador sentarse desde el comienzo en uno de los platillos de esa balanza imaginaria de la neutralidad? En verdad, no debió nunca aparecer la idea de la balanza.

Aunque quizás no siempre expuesta, la posición de beligerancia apareció no solo para hacer frente a los enunciados presidenciales sino también a la conducción misma del evento. La beligerancia es guerra en la que, casi eliminado el tránsito de la palabra del otro, el poder convierte el discurso en artillería. Y, por supuesto, estando el presidente de la república formando parte de la beligerancia, él ganará de manera absoluta y casi necesaria. Y allí justamente fracasaron el papel del moderador y el sentido de diálogo que no es otra cosa que un conversatorio en el que la discusión es ideológica y no una lucha por la apropiación de la verdad. En ese conversatorio, la verdad formaba parte de los bienes con los que contaban el presidente y el moderador.

Desde la fantasía, se esperaba que el encuentro de especialistas sirviese para revisar la situación económica del país, los defectos existentes y las posibles alternativas para manejar de la mejor manera posible la crisis. De esa experiencia debió salir, por lo menos, el compromiso de volver a reunirse para seguir en el análisis de una temática que interesa al país entero. Pero para discutir no ante las cámaras sino en espacios privados.
Si se tratase de calificar el evento, pondría un pésimo a los organizadores que habrían armado casi un ring y no una mesa redonda para que circulen las palabras y los conceptos y no el poder y las rivalidades. Ciertamente, no fue una buena experiencia. Sin embargo, de ese mal es preciso rescatar la idea inicial del diálogo que estuvo seguramente presente en algún momento de la planificación y que se habría debilitado a partir de esa violenta bienvenida que recibieron los invitados en las afueras del canal. ¿Cómo puedes invitarme a tu casa y lanzarme los perros en la puerta de calle? ¿Qué sentido tuvo la presencia de esos estudiantes?

Más allá de esta mala experiencia, el país necesita permanentes diálogos sobre los múltiples aspectos que hacen su vida cotidiana, su existencia política, social, económica. Diálogos que, partiendo del reconocimiento y respeto irrestricto a las diferencias, tengan como objetivo la construcción de las mejores alternativas sociales y económicas que favorezcan el desarrollo del país. Pero no se puede dialogar sino entre iguales. Si, como premisa, una de las partes está absolutamente convencida de su verdad, entonces el diálogo sobra.

Que los próximos diálogos, de darse, no sean organizados únicamente por dependencias del poder sino también con la participación por una institución que tenga suficiente neutralidad ideológica. Una universidad particular podría ser una buena alternativa. Es urgente renunciar, de una vez por todas, a los monólogos y a las estériles confrontaciones. Los destinos del país valen más que la suma de todas las ideologías.

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