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14 de Diciembre del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
14 de Diciembre del 2020
Giovanni Carrión Cevallos

Economista y Magister en Estudios Latinoamericanos.
@giovannicarrion

El discurso político
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No podemos ni debemos actuar con indiferencia. Hay que identificar a tiempo a quien tiene la capacidad de estadista (lo cual dista mucho del simple gerente o administrador) para dirigir a la nave del Estado y más aún en estas agitadas aguas.

Que a menos de dos meses para la realización de las elecciones presidenciales en Ecuador no se cuente aún con la papeleta definitiva de candidatos que constituye el abanico de opciones sobre las que el pueblo deberá pronunciarse -en las urnas y en secreto- el próximo 7 de febrero, evidencia, lamentablemente, que vivimos tiempos bastante tormentosos y que, además, siembra interrogantes sobre un proceso que para ser etiquetado formalmente como democrático, debe ofrecer de manera nítida condiciones para el cumplimiento adecuado de elecciones libres, transparentes y competitivas. Hasta tanto, y mientras las autoridades electorales se animan a dar quórum a las reuniones para evacuar recursos, impugnaciones y tomar decisiones, los ecuatorianos miramos episodios de una democracia ciertamente inmadura y apenas de oropel.

Tanto es así que, hasta el momento, la calidad del discurso de quienes ya están calificados para participar en esta contienda deja mucho que desear. No hay esencia en el mensaje y más bien predominan las estrategias marketeras que tratan de posicionar y vender al candidato y para ello no importa si lo que hace o dice sea lo políticamente correcto o si raya en el tropicalismo tercermundista del cual parecen estar hechos algunos actores.

Y quizá uno de los asuntos más sensibles y que debería, por lo mismo, ser tratado con absoluta responsabilidad, es el tema económico. Pero no. Este comienza a ser manejado como una herramienta de ataque para favorecer o perjudicar posiciones tanto de la corriente de derecha como de izquierda.
Así, por ejemplo, cuando se refieren a la desdolarización, se obvia un hecho absolutamente objetivo y es que el dólar en el Ecuador, como moneda, tiene credibilidad, confianza y aceptación, aspectos esenciales para el uso de toda moneda como medio de pago.

Por lo mismo, ningún político, al menos con dos dedos de frente, puede convertirse en kamikaze y proponer -más aún en un escenario de caída dramática del PIB y de pandemia- el adoptar una moneda diferente al dólar con todas las implicaciones que ello conllevaría.  A propósito de los suicidios políticos, aún tenemos fresco los eventos de octubre de 2019, cuando el pueblo reaccionó ante la decisión inconsulta del presidente Lenín Moreno al expedir el Decreto 883 y eliminar de un plumazo los subsidios a los combustibles. El resultado: se incendió el país dejando heridas que hasta el día de hoy no han logrado cicatrizar…

No podemos ni debemos actuar con indiferencia. Hay que identificar a tiempo a quien tiene la capacidad de estadista (lo cual dista mucho del simple gerente o administrador) para dirigir a la nave del Estado y más aún en estas agitadas aguas.

De ahí la necesidad de elevar el debate político y en ello juega un papel fundamental el ciudadano, los medios de comunicación, las universidades, los colegios de profesionales, etc., que deben exigir a los candidatos a las diferentes dignidades de representación popular expongan y defiendan sus propuestas y programas de gobierno.

Se ha hablado, por ejemplo, de reducir el impuesto a la salida de divisas como un mecanismo para estimular la inversión extranjera. ¿Así de lineal se puede plantear las cosas? O detrás de esa medida, más bien, predominan otros intereses inconfesados, que facilitaría la salida de capitales, con la consecuente asfixia para un rígido sistema de tipo de cambio que, ante la imposibilidad de realizar emisión inorgánica de dinero, se oxigena únicamente con dólares vía exportaciones, inversiones, remesas y contratación de deuda externa.

Por otro lado, ¿qué sucedería si se implementa el bimonetarismo, esto es, que circule a la par del dólar físico, una moneda electrónica, pero sin el debido respaldo? ¿Estaríamos introduciendo una nueva máquina para producir billetes?

¿Estamos en uno y otro caso atentando contra la dolarización? Esas y otras preguntas deben ser contestadas por quienes aspiran a llegar al Palacio de Carondelet.

No podemos ni debemos actuar con indiferencia. Hay que identificar a tiempo a quien tiene la capacidad de estadista (lo cual dista mucho del simple gerente o administrador) para dirigir a la nave del Estado y más aún en estas agitadas aguas. La improvisación e ineptitud mayúsculas, que ahora tienen nombre y apellido, no pueden esconderse otra vez en piezas propagandísticas, palabras vacías, en chistes malos o silencios convenientes… Por el contrario, hay que visibilizarlos, desenmascararlos.
No cabe equivocarnos una vez más…

@giovannicarrion

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