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11 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 9 minutos
11 de Mayo del 2020
Patricio Carpio Benalcázar

Sociólogo y académico de la U. de Cuenca.

El Ecuador no puede cambiar
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Un país se construye y engrandece con la forja de su pueblo, con instituciones democráticas fuertes y estables, y con gobiernos que organizan, planifican y direccionan leyes y políticas públicas en función de mayor felicidad para la sociedad en su conjunto, sin dejar a nadie relegado.

En 1819, en el famoso discurso de Angostura, Simón Bolívar afirmaba que “El sistema de gobierno más perfecto es aquél que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”. Ese era su paradigma, sin embargo su profundo temor fue que las clases herederas del poder colonial echaran por la borda aquel proyecto democrático liberal que intentaba construir.

Efectivamente, la independencia fue un proceso por medio del cual los criollos se desembarazaron del poder español para manejar directamente el Estado en beneficio propio. Por ello, en Quito apareció ese icónico grafiti “último día de despotismo y primero de lo mismo” al siguiente día de la batalla de Pichincha. Para quienes pusieron el pecho, mestizos de las clases populares, indígenas, negros, montubios, campesinos, nada cambió. Y son estos mismos los que igualmente pusieron su sangre en la revolución liberal de Alfaro esperando redención, pero muy poco cosecharon para las siguientes generaciones.

Un país se construye y engrandece con la forja de su pueblo, con instituciones democráticas fuertes y estables, y con gobiernos que organizan, planifican y direccionan leyes y políticas públicas en función de mayor felicidad para la sociedad en su conjunto, sin dejar a nadie relegado.

En la historia republicana, hay que hurgar con lupa, gobiernos que se han alineado en esta perspectiva. Rocafuerte, Garcia Moreno, Eloy Alfaro, por ahí los líderes de la revolución Juliana; constituciones progresistas la del 44 y talvez la del 2008, ambas mancilladas y dejadas desnudas por la institucionalidad jurídica y legislativa, para su violación.

¿Qué gobiernos han desarrollado políticas sostenidas para atender las necesidades de los campesinos en cuanto a tierras y sistemas de producción? ¿Quién atendió las demandas de los pueblos indígenas y afrodescendientes que desde sus propias dinámicas culturales reivindican desde siempre? ¿Cuál Presidente mantuvo políticas soberanas frente a la voracidad de transnacionales y sus intermediarios criollos por expropiar nuestros recursos naturales? ¿Quiénes han fortalecido la salud y educación pública con presupuestos progresivos? ¿Quién ha desatado un verdadero proceso de industrialización y modernización tecnológica del aparato productivo? ¿Quién ha favorecido a los trabajadores para dignificar su labor con legislación y salarios justos? ¿Qué políticas de equidad de género expresan los sentires de las mujeres y el fin de su histórica discriminación? 

Sin duda hay destellos y evidencias sueltas en varios momentos de nuestra historia, pero sin continuidad. La realidad en todos estos temas sigue siendo desgarradora, tanto que cada cuatro años los políticos se ensañan graficando la miseria y prometiendo el “cambio”. Si este análisis exagera de pesimista, simplemente hay que revisar los indicadores del INEC y la ubicación de nuestro país en el ranking de Naciones Unidas sobre desarrollo. Si no fuese así, la pandemia de la COVID-19 no se ensañaría acá y Ecuador no sería tratado como el peor ejemplo a escala global. Más aun, por algo será que los pueblos indígenas en su historia de 500 años no han dejado un instante de luchar por sus derechos. Por algo será que gobiernos en este país han caído como granos de mazorcas podridas. 

¿Y porque no puede el Ecuador cambiar? si es un país pequeño, manejable y con inmenso potencial humano y natural para generar otra economía, sustentable y equitativa. Esa es la pregunta del millón.

En este país, la herencia colonial cosechada por las élites locales tiene un carácter determinante. Las clases oligárquicas y terratenientes que alternadamente o en conjunto han captado el poder del Estado, reprodujeron el mismo sistema de explotación, racismo y exclusión hacia las otras clases y estamentos de la sociedad. Para estos, los “derechos” de los otros, eran símbolo de rebelión (como hasta ahora de socialismo o comunismo). Su sistema de oprobio y opresión nunca consideró, por tanto, el desarrollo de talento humano (o capital social a decir de muchos), ni sus necesidades, peor sus intereses, y su existencia para estas élites ha radicado como mano de obra barata. El sistema productivo, en términos de desarrollo industrial y la producción agraria, ha carecido de sustancialidad, pues contamos con materias primas de exportación y con socios comerciales para la importación manejados por sus grupos de poder. La universidad ha tenido para estos muy poco sentido, al fin y al cabo sus miembros estudian en el extranjero, al igual que el sistema de salud pública, que ellos no ocupan nunca.

Este sistema político, cultural y económico está altamente institucionalizado e interiorizado en las nuevas clases políticas, sectores medios que han asimilado este now how con algunas innovaciones fundamentalmente mediáticas para reproducirlo en todo nivel de gobierno.

Cómo puede cambiar este país, si alguien que se promocionaba como “el loco que ama” llega a la presidencia, se lleva dinero en sacos, se fuga del país, y regresa a los años con perdón y olvido de otro populista más ilustrado, y es hoy bomba mediática de referencia. Si dos ex vicepresidentes: uno acusado de mal uso de fondos de reserva también retorna al país con igual perdón y es un prestigioso analista, luego de que casi quiebra al país con sus tesis neoliberales; si el otro wx vicepresidente todavía encarcelado, tiene decenas de miles de seguidores. Si un ricachón quiere ya por innumerables ocasiones ser presidente e igualmente tiene millares de votantes. Si los medios de comunicación hegemónicos, escritos y de televisión, tienen el mismo discurso antinacional, elitista y antipopular  desde que se fundaron y con la exclusiva misión de contar  verdades arregladas para que nada cambie.

Cómo puede cambiar este país si estamos votando por los mismos; si el que se “mea en un serrano hdp” y manda a los indígenas al páramo, ha mantenido una ciudad con más del 90% de apoyo y hoy con la pandemia esa ciudad se nos muestra tristemente inimaginable en pobreza y carencia de servicios básicos; sí su heredera llama a sus habitantes espartacos y defiende la ciudad de aviones humanitarios.

Como podemos cambiar si en esta crisis, el encargado de la banca estatal anda recogiendo muertos, la ministra de gobierno revisando salvoconductos, un vicepresidente tomándose fotos en competencia con otros potenciales presidenciales; si las autoridades del sistema de salud y otros funcionarios están “cual cerdo en su chiquero” con sobreprecios en compras públicas, todo en detrimento de la población que literalmente agoniza y se muere.

No puede cambiar un país donde frente a la crisis presupuestaria se paga deuda externa, y se las condona a grandes empresas pero se pide sacrificio a los trabajadores y se recorta los fondos para la educación y las universidades. Cómo podemos cambiar si el ministerio de Energía y Recursos Naturales No Renovables es la oficina de ventas de los territorios de pueblos y nacionalidades, el ministerio del Ambiente el principal defensor de las transnacionales mineras y petroleras que desbastan ecosistemas y el ministerio de Finanzas la sala de reuniones donde los empresarios le ponen agenda al gobierno privilegiando la precarización del trabajo e imponiendo el capital sobre la vida. Cómo puede cambiar el país con un presidente que no tiene la mínima idea de planificación estratégica, del sistema de interrelaciones entre los sectores y factores que dinamizan la economía y la vida de la sociedad.

Por todo esto el Ecuador no puede cambiar.

[PANAL DE IDEAS]

Mariana Neira
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