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19 de Julio del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
19 de Julio del 2018
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

El espejismo de Praga
Kronz sigue fingiendo que se está moviendo, es la mejor manera de hacer visible su estatismo. Trabaja en Quito, en La Floresta, su manejo del castellano quiteño es perfecto, por lo que se deduce que ha envejecido en aquella ciudad. Escucha a Diego Oquendo, diserta con su gato, come tostado, paga prostitutas para que hablen con él toda la noche. Es decir , se comporta como un ciudadano ilustre. Su estancia en Ecuador ha sido larga y los recuerdos que han marcado su vida parecen acumularse cada vez más en la ciudad atrapada entre montañas que todos conocemos hasta la exasperación.

La maldición del doctor Josef Kronz es su imposibilidad para viajar. Es judío, y en los registros de su sangre está grabado el exilio. Ser médico, vivir en Checoeslovaquia, frecuentar bares, moteles inciertos, y sentir la mano opresiva del sistema totalitario comunista harían pensar que Krontz es una referencia a alguno de los personajes de Milán Kundera. El paralelismo, aunque inevitable, carece de precisión. El médico de Praga no goza de aquella alegría vital que caracteriza a los protagonistas de los textos de Kundera. Estos son seductores, irreverentes y fatalmente atractivos. Tomás, el héroe de La insoportable levedad del ser, es el blanco permanente de las miradas femeninas, la atención y el deseo son sus espacios vitales.  Josef Kronz se mueve en una acera distinta, las mujeres son un misterio permanente para él, y cuando se ha procurado la atención de alguna, su mirada se convierte en una especie de mitología que lo lacera durante años.

Josef Kronz no puede viajar. Sale de Checoslovaquia bajo el pretexto de una conferencia médica en la ciudad de Barcelona, se engaña a si mismo pensando que se ha movido, pero su estigma permanece. La ciudad mediterránea acontece de modo lateral, como un espejismo. Podría tratarse de cualquier otra, en realidad es intrascendente. El doctor parece ser un ente inmutable, es invariablemente el mismo. La corrupción y la deslealtad no son, desde luego, monopolio de los regímenes de la cortina de hierro, hay bastante de eso en España, y el médico pronto se ve envuelto en un oscuro incidente con un centenar de aves rufianes, tropicales, y varios falsos amigos. Recomendado por algún colega, Krontz vuelve a engañarse a si mismo y se exilia a Ecuador.

Un médico de Europa del este que trabaja cerca de las comunidades indígenas es una idea fascinante, Josef Kronz parece haberse librado de su estatismo, pero no. Los indígenas pertenecen a un mundo invariablemente perdido. El doctor no penetra su coraza, ni lo intenta, y este es, desde luego un mérito. No se enfrasca en falsos discursos morales, ni en refranes indigenistas. Los habitantes de las comunidades andinas parecen ser los primeros cómplices de su decaimiento. Kronz lo reconoce sin empacho. Los grupos campesinos mestizos, y las castas de hacendados no son distintas a ellos, en cierto modo habitan en una simbiosis de melancolía. Todo ocurre por una causa, en aquellos lugares no hay espacio para la especulación. No sabemos cuanto tiempo exactamente invierte el médico en aquellas tierras, pero debe ser mucho suficiente para que su hablar deje de sonar extranjero.

Kronz sigue fingiendo que se está moviendo, es la mejor manera de hacer visible su estatismo. Trabaja en Quito, en La Floresta, su manejo del castellano quiteño es perfecto, por lo que se deduce que ha envejecido en aquella ciudad. Escucha a Diego Oquendo, diserta con su gato, come tostado, paga prostitutas para que hablen con él toda la noche. Es decir , se comporta como un ciudadano ilustre. Su estancia en Ecuador ha sido larga y los recuerdos que han marcado su vida parecen acumularse cada vez más en la ciudad atrapada entre montañas que todos conocemos hasta la exasperación. En algún momento el médico de Praga llegó a ser funcionario público, trabajó en un hospital del Estado en medio de una epidemia de cólera. Su personaje fue a momentos una referencia directa al protagonista de la Peste de Camus; una especie de hombre íntegro que salva vidas, desprecia la burocracia y la incompetencia de una sociedad subdesarrollada y al final es expulsado de la comunidad hospitalaria, precisamente por no saber adaptarse a las inercias de los laberintos burocráticos y la moralidad dudosa.

Cualquiera de las etapas de Josef Kronz, en Praga, en Barcelona, en las comunidades indígenas, en sus viajes a Manta, en los hospitales públicos enfrentando la epidemias de cólera, o en La Floresta podrían ser una novela distinta. Podrían ser pero jamás se desarrollan. Se quedan ahí en el tal vez. En una incertidumbre evidentemente Kafkiana. Igual que los romances del médico europeo, como cosas que pudieron  haber pasado y que al final se convirtieron en niebla. Como la mirada de Olga, la muchacha de Praga que lo acecha desde los recuerdos de la juventud, y de la que tuvo que escapar. Como los ojos de Violeta, la mujer de Pintag que piensa que todos los perros del mundo se llaman Boby. Kronz no es un viajero. Es una esfera inmóvil como el centro del universo de Boecio. Está atrapado en su estatismo. Las ciudades, las mujeres y los gatos ocurren en sus bordes como accidentes mientras está limpiando la sangre de la boca de algún paciente o está desclavando la mano de algún demente clavada en un árbol. El no se mueve. La corriente de las cosas en torno a él son fatalmente dinámicas y se alejan de su centro. Como Violeta, o como cualquier otra mujer que tenga nombre de flor.

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El espejismo de Praga
 
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