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27 de Noviembre del 2017
Ideas
Lectura: 5 minutos
27 de Noviembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

El esperado retorno de Correa
Correa, el salvador, el constructor del verdadero país, el que lo esclavizó al infinito monólogo de su poder. Él que borró todo aquello, legal o administrativo, que pudiese entorpecer el curso arrollador de su deseo, de su capricho, de su venganza. Por más de una década sometió al país al monólogo infinitamente cansino de su capricho y de su insaciable narcisismo. Él, el salvador de un pueblo esclavizado al imperio de la mentira.

Imposible no volver al tema de los lenguajes cuando se habla de política. En sí misma, el alma de la política posee dos sustancias unidas tan íntimamente entre sí que, bien vistas, parecerían hermanas siameses: la palabra y la verdad. Porque cuando se inventó la palabra se tenía claro que su misión era doble: entrelazar inseparablemente a los sujetos mediante la transmisión del saber y la construcción de la verdad.

Si nos aislamos de los otros, si construimos en nuestro entorno murallas de silencios infinitos, nos acosarán para siempre la desesperanza, la locura y la muerte. Hablar es la condición de existir entre los otros. Pero no vivo tan solo porque puedo hablar sino porque soy hablado desde la verdad. Es decir, soy cuando los otros reconocen mi presencia y se dirigen a mí, primero, para escucharme y luego para hacerse escuchar desde la verdad. Entonces y solo entonces somos sujetos, ciudadanos, miembros de una comunidad, la comunidad de la verdad. La honorabilidad es la encarnación de la verdad.

En ese ir y venir de las palabras se hace la historia de cada uno de nosotros, la historia de la familia, de la comunidad, del país. Ir y venir en un complejo ritmo que termina fabricando el tiempo, es decir, nuestra historia. Un proceso que rechaza los monólogos, el recitar sabatino del amo cuyas palabras deben ser escuchadas indefinida, eternamente sin posibilidad alguna de respuesta del otro que implica asentimiento, duda o rechazo.

De hecho, los monólogos no construyen historias sino esclavitudes. Esclavo es aquel al que se le ha privado de toda posibilidad de responder a las palabras del amo que no sea con su sometimiento.

De hecho todos los esclavos que han existido y que aun habitan el mundo no son sino aquellos a quienes se les privó y se les priva de su palabra, de la posibilidad de contradecir el discurso del amo. El amo destruye hasta la semilla de la oposición. El amo se sostiene en la esclavitud que no es otra que el silencio obligado e inquebrantable, bajo amenaza de muerte. Y así como existen formas múltiples de administrar la muerte, también existen innumerables maneras de ser verdugo.

Aunque parezca un sinsentido, incluso en no pocas de nuestras democracias americanas, quien ostenta el poder democrático posee también una buena dosis de amo.

Y esto a propósito del retorno de Rafael Correa que viene a salvar al país de la ignominia que, según él, se ha implantado en el país con el régimen del presidente Moreno, un régimen que se propone sostenerse en el diálogo y en el respeto al otro. Un tiempo político en el que se destapa la cloaca de la corrupción del tiempo de Correa.

Correa, el salvador, el constructor del verdadero país, el que lo esclavizó al infinito monólogo de su poder. Él que borró todo aquello, legal o administrativo, que pudiese entorpecer el curso arrollador de su deseo, de su capricho, de su venganza. Por más de una década sometió al país al monólogo infinitamente cansino de su capricho y de su insaciable narcisismo. Él, el salvador de un pueblo esclavizado al imperio de la mentira y al de la corrupción de la libertad y de democracia.

Es imposible que se dé la corrupción si previamente no se ha construido celosa y sagazmente  un espacio político social y legal dominado por el cinismo. La prédica incesante de las manos limpias y de los corazones ardientes sirvió de parapeto para que, tras telones, los mismos que oficiaban de acólitos en la celebración cínica de la honradez y la honorabilidad, de manera infame se enriquezcan con absurdos sobreprecios, con actas de entrega-recepción de obras que recién comenzaban y hasta por proyectos que nunca se realizaron.

Corrupción y cinismo van necesariamente de la mano porque son hermanos siameses. Correa viene a visitar a su amigo del alma. A aquel que justamente por ser su amigo, no pudo nunca jamás ser corrupto. Premisa fundamental del correato que se aplica a todos y cada uno de sus colaboradores. Y que, desde luego, se aplica a sí mismo. 

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