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8 de Julio del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
8 de Julio del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

El Evangelio de los oprimidos
El juego del lenguaje desde el que está emitido el Evangelio no tiene nada que ver con la hegemonía, el reinado y la potestad de los líderes del mundo. Es por eso mismo que el cristianismo es una fe de perseguidos.

Alejandro Magno era el príncipe de  uno de los reinos periféricos (Macedonia) de aquel conjunto de ciudades estado al que se conocía como Grecia. Su educación fue sobresaliente, siendo su maestro el gran Aristóteles. En su temprana juventud Alejandro logró unificar la dispersión de regímenes griegos bajo un solo dominio. Este hombre era un líder extraordinario, un guerrero valeroso y un comandante militar que jamás dejaba que sus soldados hicieran nada que él mismo no demostrara en el campo de batalla. Sus hombres lo amaban y hubieran dado su vida en cualquier instante por él.

Basado en ese encanto fascinante logró esparcir la cultura y la lengua griegas por el Mediterráneo. Conquistó Egipto donde fue nombrado faraón. Sometió todo el oriente medio y tomó Babilonia, vengándose de los estragos que los persas habían causado en Grecia durante las guerras médicas.  Esto no fue suficiente, el conquistador fue más allá y llegó hasta la India, donde hizo súbditos a sus reyes.

El poder de Alejandro no tenía límites, y cuentan los sabios de la antigüedad que sus aventuras se extendieron hasta los confines mismos de la tierra de los hombres, pues solo fue frenado por el muro del paraíso (probablemente las grandes cordilleras montañosas del norte de la India). Cientos de ciudades llevaron su nombre, siendo la más famosa Alejandría de Egipto. El griego se convirtió en la lengua franca del mundo. El nombre de este gran líder consta en las mitologías de casi todas las civilizaciones humanas. Alejandro Magno era el arquetipo del guerrero invicto, del monarca bien amado, del ganador que cualquiera de nosotros quisiera llegar ser.

Jesús de Nazaret era el hijo de un obrero de construcción, de un albañil. Había vivido su niñez como un refugiado en Egipto (muy probablemente en Alejandría, la ciudad con la colonia judía más importante), y se había hecho hombre en Galilea, una provincia de mestizos menospreciada por los judíos de buena reputación. Su ministerio fue efímero y apenas fue conocido a nivel local (muy local) hasta el punto que solamente hay dos referencias no bíblicas a su existencia y ambas son de poca importancia (de hecho Flavio Josefo le dedica muchas más páginas y encuentra más trascendente la vida de Juan el Bautista, a Jesús apenas le dedica un párrafo).

Jesús no era respetado ni siquiera en su lugar de origen. La gente de Nazaret lo menospreciaba, harta de que un hijo de vecina, cualquiera, esté ahí tratando de sermonearles. Su madre y sus hermanos llegaron a interrumpir sus enseñanzas pues temieron que estuviese loco (Marcos 3:21). Finalmente luego de algunos años de ministerio, Cristo apenas logró reunir a doce discípulos.  Por supuesto ninguno de ellos estuvo dispuesto a defender a su maestro hasta el final. Todos salieron corriendo cuando este fue apresado. Incluso uno lo entregó, y otro, su mejor amigo, lo negó tres veces. La multitud exigió, y presionó para que Jesús sea torturado y asesinado. Luego de su muerte  aparecieron un par de conocidos suyos para llevarlo a una tumba.

Jesús era la antítesis de Alejandro Magno. En efecto, sus enseñanzas solo tienen sentido dentro de un juego de lenguaje (Wittgenstein) de subalternidad; es decir es una doctrina de y para sujetos oprimidos que buscan ser liberados, emancipados o redimidos. Jesús no era un rey, un caudillo o un ¨ganador¨ en los términos humanos. El juego del lenguaje desde el que está emitido el Evangelio no tiene nada que ver con la hegemonía, el reinado y la potestad de los líderes del mundo. Es por eso mismo que el cristianismo es una fe de perseguidos. Durante el siglo primero sus fieles se escondían en catacumbas, o eran expuestos a refinadas torturas en circos romanos.

Un cristianismo emitido desde el poder, pervierte la naturaleza lingüística del discurso original del mesías hebreo. Sabemos eso por la experiencia histórica de la relación incestuosa entre iglesia y estado que se dio en el oscurantismo medieval, o en regímenes fascistas como el franquismo. Lo mismo se aplica a la apropiación del mensaje cristiano por el susbistema económico. En efecto, es bastante desafortunado que un telepredicador vestido con trajes de lujo y que habite en una mansión de varios millones de dólares pretenda sermonearnos sobre la humildad de Cristo. Lo propio se aplicaría a un líder religioso que nos hable de la conveniencia  de proteger a los pobres sentado en un trono de oro. Supongo que me hago entender.

El vergonzoso uso político que el gobierno de la revolución ciudadana ha dado a la visita del Papa, es un claro ejemplo de la manipulación del Evangelio y la perversión del contexto lingüístico de subalternidad desde el que las enseñanzas de Cristo deberían ser compartidas. Piense un poco querido lector, ¿A quien se parecen los populares y poderosos líderes políticos que han figurado durante estos dos últimos días? ¿Al humilde carpintero de Nazaret, o al arrogante Alejandro? Las conclusiones debiera sacarlas usted mismo.

Tal vez Nietzsche tenía razón al acusar a los cristianos de ser los seguidores de una fe de débiles y desesperados. Es verdad, tal vez lo somos. Pero en eso radica nuestra fortaleza, porque así nos parecemos a nuestro mesías. Por otro lado, los poderosos, los arrogantes, los prepotentes, aquellos que utilizan la fe para ganar beneficios personales o hacerse con poder político, apenas han conseguido una victoria efímera al haber distorsionado, temporalmente, la verdad del Evangelio. Nosotros sabemos que  final del día, la verdad en sí misma, que no se puede contener bajo las botas sucias de los políticos,  redimirá  a los oprimidos y  humillará a los tiranos.

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