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8 de Febrero del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
8 de Febrero del 2015
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

El examen, la obsesión disciplinaria de los verde flex
Estoy casi segura que los "inteligentes revolucionarios" verdes, a cargo de la reforma educativa, nunca leyeron a Foucault, más allá de que en su juventud hayan llevado su libro "Vigilar y Castigar" bajo el brazo, como es costumbre en las mentes noveleras.

Toda transformación social, más la que se piensa en código revolucionario, supone un  profundo cambio en el procesos de construcción  y socialización del conocimiento, denominado contemporáneamente como educación. El capitalismo, articulador básico  de las relaciones sociales modernas, demanda un tipo de educación centrada en el disciplinamiento extensivo de los sujetos sometidos a la institución escolar. Foucault sabía mucho de estos dispositivos de vigilancia y castigo, muy funcionales para formar cuerpos dóciles que se integren al circuito mercantil de producción, circulación y consumo.

Son, así, inherentes a los procesos de modernización capitalista las reformas educativas que integren eficientemente las lógicas del disciplinamiento centradas en la vigilancia y el castigo. En tanto la modernización del capitalismo supone la racionalización mercantil de la vida social, anclada en la formación de personas sujetadas a los requerimientos de extracción de plusvalor en la producción  y de su realización en el consumo, se requiere que el sistema educativo se transforme en una fábrica productora  de cuerpos/espíritus dóciles.

Como ya es de conocimiento público, la tarea "revolucionaria" asumida por los gobiernos progresistas, particularmente el de Alianza PAIS, no es la construcción  del socialismo y menos del sumak kawsay, sino un intento de modernizar el capitalismo en función de los nuevos requerimientos de la acumulación de capital en la región. En este empeño desarrollista, que seguramente se frustrará como tantos otros que conoce nuestra historia, el Gobierno ha emprendido la política de disciplinamiento como núcleo fundamental de su reforma educativa.

Desde que el Gobierno puso en marcha la "revolución" educativa, avanza por el sistema nacional de educacion el disciplinaminento social basado en una especie de obsesión por el examen. La evaluaciones ejecutadas por los funcionarios gubernamentales, ciertamente, no parecen tener como objetivo el mejoramiento de la calidad de la educación, mucho menos la finalidad de emprender una transformación en la producción y socialización del conocimiento que supere la educación bancaria y mercatil, al contrario, la meta al parecer es la de vigilar y castigar a través del examen. La política  gubernamental en el ámbito  educativo ha conseguido aumentar de forma absurda la lógica del examen. Examen de ingreso a las universidades, examen de fin de carrera, examen de habilitación profesional, acreditación de carreras, portafolio del docente, evaluación de profesores de educación primaria y secundaria, proceso de ingreso a preescolar, baremo para selección de perfiles profesionales, etc., etc.

Estoy casi segura que los "inteligentes revolucionarios" verdes, a cargo de la reforma educativa, nunca leyeron a Foucault, más allá  de que en su juventud hayan llevado su libro "Vigilar y Castigar" bajo el brazo, como es costumbre en las mentes noveleras. O quizá lo entendieron muy bien, solo que lo aplicaron no para la transformación revolucionaria de la educación, sino para el mejoramiento de los dispositivos de control y dominación encaminados a la conservación del orden existente.

El Gobierno se llena la boca hablando de su transformación  educativa,  es su argumento primero y último para defender su "revolución ciudadana". Ante cualquier cuestionamiento al proyecto político de AP se contra-argumenta con los logros del Gobierno en materia de educación. La reforma educativa, y sobre todo la universitaria, resulta, así, una especie de amuleto que les protege de la crítica -que cada vez más se hace a su  abierta derechización- y que pone en evidencia  su real filiación  política conservadora. Sin embargo, desde la lectura crítica foucaultiana, es justamente la reforma educativa impulsada por el Gobierno lo que mejor, y con más claridad, muestra su vocación  de servidores del capital y funcionarios de la dominación.

¿Qué es lo que buscan, entonces, con el chorro de examenes que han inventado? Encauzar a los ecuatorianos y sobre todo a los jóvenes dentro de las rieles de la dominación capitalista, en base a imponer una clasificación jerárquica que vigila (universidades tipo A,B,C; bachilleres clase A,B,C, profesores Ph.D, Master, Licenciado; funcionario 1,2,3; etc) y una calificación  sancionadora que normaliza: todos los castigados reducidos a ciudadanos de segunda y tercera clase se someterán a todo lo que el poder diga para dejar de sufrir el castigo, que no es otro que la mortificación espiritual, tan usada por los "revolucionarios". Así, después de ocho años de vigilancia y castigo, tenemos una sociedad (profesores, estudiantes y profesionales) que se va acostumbrando a ser humillada por que no pasó el examen, la evaluación, la acreditación, o que no  logró la mejor nota y  que por tal motivo debe someterse a ser violentamente normalizada por el código educativo mercantil capitalista. Después de ocho años se han empobrecido la producción y socialización del conocimiento, en función de la burocratización de la educación.

El fin de esta reforma educativa, en la perspectiva crítica del  citado filósofo francés, no sería otra que encauzar a la sociedad en una voraz competencia (combustible fundamental del mercado capitalista) por conseguir  el reconocimiento del amo y ganarse un lugar en la gran maquinaria de los privilegios, ligados a la ensalzada meritocracia. Sería muy bueno que los mentalizadores de implementar esta política de la dominación cultural aprueben ellos primero el obeso portafolio de examenes que se han inventado, a ver si logran aprobar uno. Mejor aún hubiese sido que hagan una buena evaluación a todos sus tecnócratas y así  el país se hubiese evitado tanto error, como el cometido con la compra de los helicópteros Dhruv.

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