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16 de Enero del 2020
Ideas
Lectura: 9 minutos
16 de Enero del 2020
Alexis Oviedo

PhD en Educación por la Universidad Católica de Lovaina, Maestro en Estudios Culturales y Desarrollo, Graduado en Economía. Ex gerente del Proyecto de Pensamiento Político de la SNGP. Docente universitario.

El festejo de marras
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Me invitan a festejar la dolarización, cuando todavía me acuerdo de los dos millones y medio de ecuatorianos que abandonaron el país ante la crisis, para buscarse la vida en los más variados y hasta humillantes oficios.

Un par de dragones, que recuerdan el escudo de Londres, encabezan una invitación que tiene como fondo, en marca de agua, el reverso de una antigua moneda de 10 dólares, en donde la rampante águila de los Estados Unidos campea. Estoy mirando la invitación que hace la Escuela de Economía de la Universidad San Francisco de Quito a festejar los 20 años de dolarización.

Sí, ¡a festejar, dice! Leo esa palabra y viene a mi memoria ese 9 de enero del 2000 en el que desde la televisión nos anunciaban que el sucre, nuestra moneda nacional había desaparecido y que, desde esa fecha, la moneda del país sería el dólar estadounidense.

En el año anterior, el sucre había experimentado una escalada devaluatoria que dejaba en la mitad su relación con el dólar, pasando de 5000 sucres por dólar, a más de 18000 sucres el tipo de cambio por la moneda gringa. Enseguida los ecuatorianos comenzamos a hacer números, ¿Cuántos dólares nos iban a dar por nuestros sucres ahorrados? Los cálculos se desplomaron de inmediato cuando el funcionario gubernamental anunció que la dolarización se daría a un equivalente de 25000 sucres por dólar, para supuestamente blindar el proceso. Recuerdo que en mi economía de joven profesional fui al banco a retirar mis ahorros y me dieron 250 dólares. Había perdido 1000 dólares de un plumazo, gracias a la jugada económica del gobierno.

Si bien perder cuatro quintas partes de mi modesta economía me causó una profunda desazón, mi pérdida no podía compararse con las sufridas por los padres de familia, los pequeños empresarios, o los profesionales desempleados que ya no eran aceptados en el estrecho mercado laboral y que vivían de los intereses de sus ahorros. El anuncio de dolarización liquidaba su economía. Entre los más perjudicados estaba un considerable número de ciudadanos que vendieron su renuncia al servicio público en el gobierno anterior (Sixto Durán) y que sin haber sido parte de un modelo que aproveche sus capacidades y junte sus capitales, a fin de generar pequeña industria o servicios y dinamizar la economía, colocaron sus capitales (cada uno tenía de 10 a 40 millones de sucres  aproximadamente) en un sistema financiero que les ofreció tasas atractivas, pero que en 1999, como en una serie de dominó, sus bancos anunciaron el cierre de operaciones. Muy jóvenes para jubilarse y muy viejos para acceder a un mercado laboral de reducción del Estado (como ahora) o a un ínfimo sector privado cicatero y que no les daba cabida, se sintieron morir. Muchos lo hicieron con su propia mano…

La dolarización fue la salida desesperada al colapso del sistema financiero del país, el cual tuvo sus orígenes en las medidas tomadas por la oligarquía ecuatoriana. Por los socios y amigos de aquellos que ahora invitan al festejo. Esta tuvo como antecedentes las brillantes ideas de liberalización concebidas por el redivivo Dahik, por las cuales los bancos sacaron al exterior los ahorros de los ecuatorianos y dispusieron de ellos a su antojo.

El feriado bancario, que incautó más de 2 mil millones de dólares de pequeños ahorristas y que tuvo como principal responsable a Guillermo Lasso; medida que aceleró las crisis del sistema financiero, pero que benefició al ahora presidenciable por CREO cuando cambió a valor real en la Corporación Financiera Nacional los Certificados de Depósitos Reprogramables (CDRs), los bonos que compró a sus ahorristas del Banco de Guayaquil a mitad de precio, aprovechando su desesperación.

También tuvo como antecedente, la “viveza criolla” del Superintendente de Bancos de su tiempo, al beneficiar a sus amigos banqueros y que pudo haberse evitado, según dice el economista de derechas Augusto De la Torre, si se hubieran aislado y cerrado los bancos insolventes, incluido el Banco del Progreso. Pero claro, el Superintendente fue abogado este banco propiedad de Fernando Aspiazu, quien luego fue airada y regionalistamente defendido por León Febres Cordero y Nebot al grito de “no me ahuevo”, en una jornada donde se invitaba a los guayaquileños a destruir los nombres de las calles Quito y Pichincha.

La dolarización fue la salida desesperada al colapso del sistema financiero del país, el cual tuvo sus orígenes en las medidas tomadas por la oligarquía ecuatoriana. Por los socios y amigos de aquellos que ahora invitan al festejo

Y sin duda la dolarización también es consecuencia de la “sapada” del presidenciable Jaime Nebot quién en pacto con el presidente Mahuad, eliminó el impuesto a la renta (que beneficiaba a los que tienen más renta, o sea él y los de su clase) y lo sustituyó por un impuesto de 1% a las transacciones bancarias. De la Torre dice que esta medida no pudo llegar en su peor momento para el sistema bancario en crisis, puesto que, para evitar el impuesto, los agentes incrementaron la posesión de dinero en efectivo… 

Me invitan a festejar la dolarización, cuando todavía me acuerdo de los dos millones y medio de ecuatorianos que abandonaron el país ante la crisis, para buscarse la vida en los más variados y hasta humillantes oficios. Sí recuerdo al empleado público limpiando baños en Valencia, al ingeniero limpiando culos de ancianos en Barcelona, al abogado recogiendo frutas en Lorca, al contador pegando ladrillos en Zaragoza, al arquitecto sirviendo mesas en un chiringuito de Alicante…  Sí, aún veo a mis compatriotas caminar en el invierno cubiertos hasta el cogote y ser llamados despectivamente “panchitos” (por negros y chiquitos), por los jóvenes murcianos.

Leo la invitación al festejo y rememoro a mis hermanos “ecuatos” escandalizando a los madrileños, orinándose en los árboles en medio de sus fiestas en El Retiro y a los jugadores de ecuavoley de San Sebastián, puestos la “tricolor”, que luego lloraban borrachos, cantando pasillos o las de Jota Jota. Sí, miro a mis vecinos, ahora jóvenes, dejados al cuidado de sus abuelos, mientras el padre se fue a arriesgar la vida cruzándose de mojado en Arizona y la madre a buscar que hacer en Milán.

¿A festejar ese llanto que se escuchó por años y que despedía a la madre, al hermano, al hijo, a la esposa, en el Aeropuerto Mariscal Sucre?  

No puedo ir a tal festejo, si cuando miro el histórico de mis aportes al IESS, constato que, durante los años 90, mi salario mensual consta como si hubiera sido de $4 (cuatro dólares).

Y no puedo estar en la misma sala en la que se encuentra Domingo Cavallo, el expositor estrella del evento, arquitecto de las medidas económicas más duras que ha sufrido el pueblo argentino en su historia moderna, la privatización de empresas públicas, el incremento del IVA y sobre todo el corralito, que tenía a miles de argentinos en la calle Florida, golpeando los locales bancarios forrados de metal, al grito de ¡chorros, devuelvan los ahorros!

Pero sin duda muchos tienen que festejar, puesto que se enriquecieron con el proceso, puesto que quedaron impunes sus fechorías, puesto que no migraron. Irán también al festejo los noveleros y los arribistas, los que quieren figurar en los albores del año preelectoral, ahí estarán esos que no vivieron el feriado bancario y los que no tienen memoria histórica.

Asistirán los que desde su supuesta ortodoxia económica defienden los intereses de los grupos financieros y monópolicos de esta ínsula. Yo no voy. ¡Váyanse con su festejo a la mierda!

[PANAL DE IDEAS]

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Wilfrido H. Corral
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