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19 de Julio del 2015
Ideas
Lectura: 9 minutos
19 de Julio del 2015
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

El fin del caudillo y el renacer de los sujetos de la transformación
En esta circunstancia de nítido desgaste político, el caudillo desesperado decide llamar al diálogo, en un intento fallido de ser un estadista que nunca fue. Da risa por decir lo menos que un político, de la talla que cree Correa que es, piense que el diálogo, hecho esencialmente político, pueda ser llevado adelante por un tecnócrata.

El fenómeno caudillista, tan conocido en América latina, tristemente se reeditó con algunos de los llamados gobiernos progresistas, entre los que se encuentra el Ecuador.

Sin duda alguna, Alianza PAIS erigió el primer caudillo del siglo  XXI, continuando con la penosa tradición de la política ecuatoriana, en la que se destacan caudillos como Gabriel García Moreno, Eloy Alfaro, José María Velasco Ibarra, León Febres Cordero y, hoy, Rafael Correa: la versión caudillista posmoderna  pobre y risible de la historia del país.

Como la mayoría de los caudillos-cabecillas,  Rafael Correa se ha caracterizado por una forma marcadamente autoritaria de gobernar,  que lo coloca por encima de la institucionalidad de la democracia formal, que se reconstituyó a la luz de su caudillismo. 

Sus cualidades personales potencializadas por su envestidura de caudillo, envestidura que no parece en nada desagradarle, en el primer momento lo enaltecieron a los ojos de la mayoría de la población.

Alrededor del 80% de los y las ecuatorianas, quienes había perdido la fe en la débil y corrupta institucionalidad política del Estado en total crisis, aceptaron y apoyaron al nuevo caudillo; quizá por la comodidad política ligada a la triste tradición del país y del continente. Pocos eran los que denostaban esas características autoritarias, prepotentes y narcisistas que iban marcando el liderazgo del  presidente Correa.

La aceptación mayoritaria que la población otorgó al caudillo del siglo XXI permitió que éste,  y su cohorte de funcionarios y tecnócratas, acabaran con el decadente sistema de partidos (denominada partidocracia), y colocaran a la amalgama, políticamente amorfa, Alianza PAIS como único movimiento político electoral de carácter nacional. 

Al mismo tiempo, consiguió ejecutar el mayor y más eficiente ataque de desarticulación a todas las organizaciones políticas y sociales del país, principalmente al movimiento indígena y a los sindicatos, en definitiva a los movimientos sociales que protagonizaron las luchas antineoliberales.

Armado de una estrategia calculada y sistemática, el caudillo usó todas las formas (legítimas e ilegítimas, legales e ilegales) en su intento de acabar con las organizaciones políticas autónomas de la sociedad, principalmente las de izquierda.

Criminalización de la lucha social: vigilancia, persecución, apresamiento, enjuiciamiento y encarcelamiento de dirigentes sociales; formación ficticia de organizaciones sociales paralelas, chantajes, cooptación, sobornos, etc., todo se ha usado para acabar con los sujetos políticos de la transformación social, a quienes el caudillo considera sus enemigos.

Una nunca antes conocida estrategia de marketing político construyó la imagen “sobrenatural”, “sobrehumana” de Correa, para que aparezca ante los ojos del pueblo como un ser providencial, ejemplar, único, un “verdadero mesías”. A la par que se construía la imagen del caudillo, se creaba el escenario mediático de sus discípulos y partidarios, quienes formarían la cohorte del reyezuelo, así como de las políticas estatales y gubernamentales  que haría realidad el proyecto de PAIS.  

La  adhesión irracional de los militantes de PAIS fue crucial para alimentar el carisma de su líder caudillista, pues dio la base de sumisión necesaria para que la palabra (racional y sobre todo irracional) de Correa, que ellos se encargan de reproducir, tenga  cabida en el seno de la población. 

En el escenario caudillista que montaron y alimentaron los “revolucionarios” verdes, caracterizado por la fe ciega en el líder, la ausencia de control, fiscalización y detracción, toda voz distinta,  crítica, autónoma, disidente se convirtió en el enemigo público número uno del caudillo. Enemigo que cada sábado es puesto en la picota y sacrificado por el propio jefe, convertido en verdugo o por otro funcionario, a quien el líder encarga la “gran” tarea.

Pero como todo lo humano es perecedero, los más grandes caudillismos y caudillos de la historia tienen su fin. Para el caudillo Rafael Correa el fin comenzó cuando su poder llegó a la cúspide en las elecciones presidenciales y legislativas del 2013. Lograron todo el poder político, tanto del Ejecutivo como del Legislativo, desde los cuales se apoderaron de todo el poder del Estado. El caudillo tenía para sí el poder absoluto del Estado y una cohorte tan ensanchada como sumisa que hizo que su vanidad devenga en delirio, es decir, en pérdida de sentido de la realidad.

A partir de allí, extravió las coordenadas básicas, no solo de la política sino de lo social y humano. Creyéndose, como es obvio con semejante poder, dueño de la “Verdad” cayó en un espiral de errores políticos, uno de los más sintomáticos fue creer y ratificarse en que el mantenimiento de su liderazgo dependía, de manera casi absoluta, de las estrategias mediáticas de sus asesores de imagen.  Producto de su necio narcisismo no observó que no basta con propaganda, hay que construir base social, no solo destruir la que considera es su enemiga. La propaganda satura, cansa, desgasta y al final produce el efecto contrario, el producto que vende ya no es deseado por el consumidor.

Para junio del 2015, después de perder las elecciones territoriales en el 2014, se da cuenta que su carisma en el seno de la población declina. Más allá de los resultados estadísticos que sus encuestadoras personales lanzan a la opinión pública, él sabe que cayó en las encuestas, pero más que eso, sabe que las masas ya no están ahí para aplaudirle. Sabe que la mayoría de los ecuatorianos y ecuatorianas han perdido la fe en sus palabras, ya no le creen. Y cuando la gente deja de creer en el caudillo, éste simple y sencillamente desaparece como tal.

En esta circunstancia de nítido desgaste político, el caudillo desesperado decide llamar al diálogo, en un  intento fallido de ser un estadista que  nunca fue. Da risa por decir lo menos que un político, de la talla que cree Correa que es, piense que el diálogo, hecho esencialmente político, pueda ser llevado adelante por un tecnócrata.  Como se da cuenta que esta estrategia no le resulta, más aún cuando las condiciones de su llamado al diálogo son propias de su prepotencia y vanidad, decide que es hora de armar las bases sociales y políticas de su “revolución”. Obviamente ya no cuenta con los movimientos y organizaciones sociales que le llevaron al gobierno, así que decide de la nada crear unas “propias”, en un acto de ratificación de su delirante pedantería. 

Lamentablemente para el Caudillo, creo, que esta otra patada de ahogado tampoco le va a resultar. Primero, porque  no se construyen bases sociales y políticas de apoyo como que si se tratase de soplar botellas, son procesos largos de lucha, de resistencia, de formación de conciencia crítica y autónoma de la población.

Segundo, no se trata de designar a un miembro de su séquito, que considera es el “genio” político de bases de su movimiento, para que arme lo que desarmaron cuando traicionaron el proyecto de los movimientos sociales, con el cual llegaron a ser gobierno.

Tercero y lo más importante, las organizaciones sociales y políticas que, el Caudillo y su séquito han atacado sistemáticamente en estos ocho años, se han recuperado. Son estas organizaciones sociales indígenas, campesinas, obreras, estudiantiles, de mujeres, de ecologistas, de jubilados, etc. que han asumido la dirección de la movilización y la lucha social,  las bases políticas reales y soberanas que el caudillismo, por fundamento, no tiene.

Cuando los sujetos reales de la transformación social recuperan su papel en la historia y en la revolución, el caudillo y el caudillismo están muertos, y el destino de la persona que fue envestida con ese poder es, por lo general, primero el amor del pueblo convertido en odio y luego el olvido.

[PANAL DE IDEAS]

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