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10 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
10 de Octubre del 2019
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

El gusano del odio
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La Conaie, su dirigencia, había garantizado seguridad a Policías y periodistas a quienes había retenido arbitrariamente: Iza nos dijo clarito (como él sabe decir) que no nos preocupemos, que nuestra seguridad era su responsabilidad, que ellos no eran violentos, que no llevaban armas... A menos que una piedra de 20 cm. no sea considerada un arma letal.

El agresor que atentó contra la vida del reportero Freddy Paredes, de Teleamazonas, dijo que lo hizo porque tuvo "un momento de coraje". A este hombre que perpetró un acto criminal no le bastó, en un primer momento, atacar con una patada por la espalda al reportero y pisar su cara en el piso, sino que en un segundo intento, se acercó cuanto quiso también por su espalda y sin que nadie lo detuviera, y le lanzó un piedrazo hacia la nuca. 

Ver a Freddy en el piso, ensagrentado, con convulsiones, impresionó a todos quienes lo vieron, pero nos conmovió a quienes lo conocemos por décadas de común trabajo de reporteros. Alguien lo atendió en el piso, levantó su cabeza con cuidado y ternura, le acarició la cara con actitud compasiva. Esa mano solidaria contrastó con la bestialidad de quien se declaró manejado por su momento de coraje. 

Ese coraje no fue gratuito. Para ejercer la violencia con tanta precisión y ferocidad hace falta más que coraje o ira. Para lanzar una piedra con intención de matar a un periodista —que se retiraba digno, prudente y silencioso del sitio de su reportería; que se retiraba estoicamente en medio de ofensas, insultos y objetos lanzados por manos anónimas— hace falta un profundo odio. 

Este odio fue alimentado por la dirigencia indígena, la misma mañana y tarde de la agresión a Freddy. Fue alimentado por el dirigente Leonidas Iza y por algunos "reporteros comunitarios". Ellos instigaron ese odio —desde el escenario del Ágora de la Casa de la Cultura— contra Freddy Paredes y Teleamazonas, contra Ecuavisa y los medios de comunicación. Instigaron el odio con el argumento de que no trasmitían o difundían nada de lo que le pasaba al movimiento indígena que se había tomado Quito y medio Ecuador desde hace cinco días. A saber: que los medios supuestamente no habían trasmitido la terrible represión de la Policía en contra de sus activistas; ni los ataques indiscriminados a mujeres y niños; ni las muertes suscitadas en medio de la irracional refriega y por las cuales los indígenas acusaron a la Policía; ni los argumentos para su levantamiento.

Este odio fue alimentado por la dirigencia indígena, la misma mañana y tarde de la agresión a Freddy. Fue alimentado por el dirigente Leonidas Iza y por algunos "reporteros comunitarios". Ellos instigaron ese odio contra Freddy Paredes y Teleamazonas, contra Ecuavisa y los medios de comunicación.

Reclamaban también que los medios los habían pintado como delincuentes y saqueadores, siguiendo como borregos los argumentos retóricos del gobierno. ¿Tenían razón los indígenas al hacer estos reclamos? Ciertas o no, estas "acusaciones" fueron repetidas durante horas por los dirigentes de la Conaie desde el Ágora de la Casa de la Cultura. Leonidas Iza y los "reporteros populares" se lanzaron desde los micrófonos en contra de Freddy Paredes y los demás periodistas. Es más, prácticamente obligaron a los periodistas, que fueron voluntariamente a cubrir los hechos de ese 10 de octubre, en Quito, a grabar sus discursos, sus argumentos y todo lo que les dio la gana.  Los miles de indígenas, instigados por Iza, reclamaban que no se estaba transmitiendo en vivo y en directo sus declaraciones. 

Las acusaciones contra la prensa fueron retransmitidas por parlantes gigantescos colocados fuera del Ágora de la Casa de la Cultura, donde miles de manifestantes, dentro y fuera, vitoreaban cada palabra. Por en medio de esas mismas masas enardecidas por las palabras de Iza y compañia, salieron Freddy Paredes, su camarógrafo y su ayudante de cámara. Freddy había exigido salir del Ágora porque debía enviar su material. En principio se lo negaron. Él, valientemente, ante los miles de "ofendidos" manifestantes, reclamó directamente a Iza por qué no le dejaba salir: yo no estoy secuestrado porque vine voluntariamente a trabajar, pero si no puedo salir, quisiera saber cuál es mi condición, le dijo, ante la pifia de la masa.  Le negaron la salida con el argumento de que podía mandar a traer los equipos de microonda para trasmitir en vivo.  

Un par de horas después, vi a Freddy caminar desde la tarima a la salida del Ágora, escoltado por dos "guardias comunitarios" de la Conaie. Todo bien, me dijo cuando me acerqué a ver qué pasaba. Él había insistido en su exigencia de salir y se la "concedieron".  Miré cómo abandonaba el Ágora y en el camino a la puerta ya le estaban insultando a gritos de "mentiroso" y "prensa corrupta" (gracias Rafael). Luego regresé al interior del Ágora a seguir con mi cobertura. 

Al ver a Freddy convulsionando en el suelo, con la cabeza y el hombro rotos, ya en la noche, me di cuenta lo ingenuos que habíamos sido: esa fue, al parecer por las evidencias, una emboscada contra Freddy Paredes. Le asignaron un guardia para que lo acompañe hasta un lugar seguro. Un señor con un palo, ¿qué podía hacer ante cientos de fanatizados e indignados manifestantes? Nada, no podía hacer nada. Freddy Paredes fue un blanco fácil; un blanco que fue convertido en tal por las instigaciones de los dirigentes de la Conaie, los reporteros "comunitarios" y, por supuesto hay que decirlo, por diez años de discursos de odio de Rafael Correa contra la prensa. 

Así que la Conaie, sus bases y su dirigencia, no pueden deslindar responsabilidades sobre que se trataba de un infiltrado. La Conaie, su dirigencia, había garantizado seguridad a Policías y periodistas a quienes había retenido arbitrariamente: Iza nos dijo clarito (como él sabe decir) que no nos preocupemos, que nuestra seguridad era su responsabilidad, que ellos no eran violentos, que no llevaban armas...  A menos que una piedra de 20 cm. no sea considerada un arma letal. Hasta el ataque a Freddy esa promesa se había cumplido. Pero no sabíamos que ese compromiso caducaba de puertas para afuera, en la calle, en su territorio coyuntural.

Las palabras pueden matar, señores dirigentes del pueblo indígena. 

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