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24 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
24 de Julio del 2019
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

El imperio de la vulgaridad
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El hombre vulgar no se arriesga. Quiere una vida cómoda, y eso se consigue con facilidad adhiriéndose con fe ciega a una idea; haciendo lo que otros ya hicieron; excluyendo la autocrítica; retirando la mirada de lo que no nos gustaría ver.

Una característica constante de la vida política del país, que alcanzó su clímax durante el correísmo, es la vulgaridad. Y, aunque Correa se fue, esta persiste. La pereza mental, la falta de sentido del ridículo y de la oportunidad, así como las dificultades para contener los propios deseos e impulsos, son algunas de sus causas.

La vulgaridad se manifiesta como pensamiento estereotipado y acción excesiva. Pensar no es fácil. Solo puede pensar verdaderamente quien siente la necesidad de construir una visión personal del mundo, es decir, sancionada por él mismo y no por algún tutor intelectual o espiritual. Ser vulgar, según los diccionarios, es carecer de originalidad.

El hombre vulgar, cuando la ocasión se lo exige, solo alcanza a simular el pensamiento y se convierte en seguidor. El seguidor es un adepto, y el adepto, un repetidor. Para repetir, obviamente, no se necesita pensar, sino encontrar la fórmula más acorde con el modo de ser y las aspiraciones del sujeto.

Las fórmulas se construyen con lugares comunes. Y para apropiarse totalmente de ellas no se necesita más que buena memoria.

Credos y consignas: con ellos, el hombre vulgar interpreta el mundo, ataca y se defiende. Para él, la realidad son las palabras que repite con entusiasmo, muchas veces fingido; pues, aunque suene paradójico, el hombre vulgar puede ser un falso creyente, que adopta las fórmulas en boga para obtener algún beneficio con su uso.

Este hombre, al contrario de lo que afirma Machado, no hace camino al andar: sigue la ruta más trillada, la vía que han abierto otros. Por ello, es muy fácil clasificarlo, asignarle un tipo, asociarlo con alguien. Decir de él que “habla como”, “se parece a”, “es igual que”. Tuárez como Correa. Virgilio Hernández (¿vive todavía?) como Paola Pabón. Soledad Buendía como cualquier miembro de la “Revolución Ciudadana”.

Cuando el hombre vulgar es un político, justifica sus salidas de tono e impertinencias afirmando que pertenece al pueblo. De esta manera, revela que, en el fondo, el pueblo, para él, no es más que vulgo. 

El hombre vulgar, una vez que adopta un modelo de pensamiento, acción y comportamiento, no lo suelta. No se puede decir que tiene estilo, porque el estilo es personal. Pertenece, sin embargo, a una escuela.

Imitador fiel de su modelo, el hombre vulgar no es capaz de percibir la ridiculez que encierran sus acciones. La exageración, el exceso, son sus modos connaturales de expresión. Compararse con Cristo, como Tuárez, equivale a usar cadenas de oro tan gruesas como sogas o a salir de un restaurante con el mondadientes en la boca y rascándose la barriga. La vulgaridad, por tanto, es también mal gusto. Kant define el gusto a partir de los efectos que la contemplación de un objeto causa en el sujeto. Así, aquello cuya contemplación causa placer al observador puede considerarse bello. Mucha gente, durante la “larga noche revolucionaria”, se divertía contemplando las imitaciones grotescas que Correa hacía de sus contrincantes políticos; otros tantos encontraban placer en ver a Flor María Palomeque, deformada, repulsiva, en su caracterización de la “Mofle”. Si la “Mofle” y Correa -el cómico- pueden ser considerados representaciones de lo bello es que algo se ha estragado en nuestro espíritu y en nuestro sentido estético.

Puesto que le resulta muy difícil contener sus deseos e impulsos, el hombre vulgar los manifiesta en las circunstancias menos apropiadas. Quiebra, así, aquellas convenciones sociales que hacen la convivencia más fácil y agradable. Cuando el hombre vulgar es un político, justifica sus salidas de tono e impertinencias afirmando que pertenece al pueblo. De esta manera, revela que, en el fondo, el pueblo, para él, no es más que vulgo. Por eso, cuando se dirige al público, no suelta sino tonterías, frases hechas, lugares comunes. Todo esto en tono enfático.

La vulgaridad y el hombre vulgar no están presentes solo en la política ecuatoriana. ¿Cuáles son los programas de televisión con mayor audiencia en el país? Los “enlatados”, como aquel que premiaba la imitación de cantantes famosos. El actual ministro de cultura, Juan Fernando Velasco, fue miembro del jurado de otro de los tantos “enlatados” transmitidos por la televisión nacional. Al parecer, los directivos de la televisión ecuatoriana sufren, también, la enfermedad de la vulgaridad. No les interesa promover la creación original, sino imitar, porque lo ya probado es seguro, y lo seguro aumenta los beneficios.

El hombre vulgar no se arriesga. Quiere una vida cómoda, y eso se consigue con facilidad adhiriéndose con fe ciega a una idea; haciendo lo que otros ya hicieron; excluyendo la autocrítica; retirando la mirada de lo que no nos gustaría ver.

Está probado que arrastrarse en el lodo refresca. Bueno, pues, ¡a arrastrarse en el lodo!

 

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