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12 de Febrero del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
12 de Febrero del 2020
Santiago M. Zarria

Filósofo y catedrático universitario.

El intestino del Leviatán
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El sistema económico está fallando y tarde o temprano, con revolución o sin ella, sino se corrige las bridas del sistema, si no se doma a la bestia, terminará por hundirse, ya sea en la nieve como en Snowpiercer o cubiertos de sangre y mierda como en Parásitos.

Las alcantarillas han sido sepulcro y refugio de los pobres y de los más pobres entre ellos: de los miserables. El intestino del Leviatán está lleno de todos aquellos fragmentos inadaptados que nuestra sociedad ha rechazado y condenado al ostracismo social. La historia y la conciencia política de nuestra civilización atraviesa irremediablemente por esas alcantarillas en las cuales la acumulación y putrefacción de todas las catástrofes sociales con las que hemos alimentado al monstruo, ha producido una fetidez que se dispersa por el mundo. Taparse la nariz y cerrar los ojos es inútil.

Parásitos, de Bong Joon-ho, refleja en parte la situación de aquellos que se encuentran en los intestinos del Leviatán. Una sátira social –ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y cuatro galardones en los premios Oscar 2020- que ha dado un sacudón a una sociedad que intenta cubrir con la alfombra roja lo que ocurre en sus alcantarillas. Pero no es la única película en donde Bong Joon-ho critica la división de clases. En Snowpiercer plasmó la estratificación social como una cadena de vagones que se extiende a largo del tren en donde los que viven cerca de la cabeza, los ricos, no tienen ni idea de los que sobreviven comiendo cucarachas en la cola, los pobres.

Frente al “optimismo de los condenados”, el discurso de la ministra Mason en Snowpiercer, cumple la función de martillo social: “Un zapato va en el pie. En la cabeza, van los sombreros. Yo soy un sombrero y ustedes un zapato. Yo voy en la cabeza y ustedes en los pies. Yo pertenezco al frente, ustedes, a la cola. Cuando el pie quiere ocupar el lugar de la cabeza cruza una línea sagrada. Sepan cuáles son sus lugares. Quédense ahí. Sean un zapato.” Lo que la vocera del poder deja claro es la determinación divina de la ubicación social. Una estructurada mentira, por supuesto, creada para conservar el orden social establecido por la “gran máquina”.

Parásitos sube un escalón más en la crítica social porque Bong Joon-ho pone olor a la pobreza. Un olor irreverente que cruza la línea sagrada e incomoda la tranquilidad del Sr. Park: “No lo sé, es difícil describirlo, pero a veces lo hueles en el metro. La gente que viaja en metro tiene un olor especial”. Un olor que no se quita usando jabón o cambiando de perfume, sino de condición social. “Todo lo que tienes que hacer es subir las escaleras”, dice Ki-woo. Ascender socialmente. Salir del sótano y conquistar la cima. Pero no es fácil, porque el hijo pobre necesitaría trabajar 564 años para poder ahorrar y comprar la casa del Sr. Park. Todo indica que mientras el sol resplandece en las alturas, la mierda explota en las alcantarillas. Una simple desventura para los ricos, devastación para los pobres. 

El sistema económico está fallando y tarde o temprano, con revolución o sin ella, sino se corrige las bridas del sistema, si no se doma a la bestia, terminará por hundirse, ya sea en la nieve como en Snowpiercer o cubiertos de sangre y mierda como en "Parásitos".

Cuando el hombre sobrevive sin otra cosa que, con su fuerza y sagacidad, está condenado, como dice Hobbes, a llevar una “vida solitaria, pobre, sucia, brutal y efímera”, porque no hay fuerza individual que supere la pesadumbre que es capaz de otorgar el Leviatán que se ha entregado al cuidado de los ricos con el báculo y a zarandear a los pobres con la espada. Una sociedad en donde “un puesto de guardia atrae a más de quinientos graduados universitarios” no debería ser motivo para sentirnos afortunados, sino para la disidencia cívica. La desigualdad ha minando el tejido social en donde las ventajas de unos, sobre las desventajas de otros se ha disparado. La desigualdad ya no es tan solo una brecha económica que se ensanchaba entre ricos y pobres, sino que los ricos han empezado a considerarse a sí mismos diferentes de los demás grupos que conforman la sociedad, como si fueran hechos de otra sustancia. Definitivamente, nuestra brújula ética padece dificultades de orientación en un siglo que se ha estancado en “la edad de burro”. 

¿Cómo hemos permitido que tantas personas sobrevivan en condiciones económicas radicalmente diferentes? ¿Cómo no cuestionar que “las perspectivas y proyectos de vida de algunas personas al nacer ya sean radicalmente inferiores a otras”? Nuestro verdadero problema, según Zinn, “es la obediencia de la gente cuando la pobreza, el hambre, la estupidez, la guerra y la crueldad asolan el mundo” y no somos capaces de reaccionar. Quizás tiene razón Herodoto cuando dice que hay pueblos como los andrios que son tan desgraciados porque han sido incapaces de echar a Penía, diosa de la pobreza, y a su hermana, Amecania, diosa de la impotencia, que obstinadamente se han arraigado en el país. El sistema económico está fallando y tarde o temprano, con revolución o sin ella, sino se corrige las bridas del sistema, si no se doma a la bestia, terminará por hundirse, ya sea en la nieve como en Snowpiercer o cubiertos de sangre y mierda como en Parásitos.

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