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8 de Febrero del 2022
Ideas
Lectura: 8 minutos
8 de Febrero del 2022
Gonzalo Ordóñez

Es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito; Magíster en Comunicación, con mención en Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación por la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.

El juego del calamar y el populismo autoritario
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El juego del calamar describe al capitalismo, fuera del juego, como una maquina de avaricia y egoísmo; mientras que el juego mismo es una metáfora de gobiernos autoritarios con ideologías colectivistas: los obscenos miembros de la sala VIP representan el poder, la corrupción y el deseo detrás de un líder autoritario; este líder es la cara visible de un poder ominoso que se extiende como una telaraña.

El juego del calamar es el nombre de una serie surcoreana que se encuentra en la plataforma Netflix, con enorme éxito a nivel mundial. La serie, en simple, cuenta la historia de personas en situaciones extremas de pobreza o endeudamiento, que no tienen nada que perder y aceptan participar en un juego a cambio de ganar una impresionante suma de dinero, 45.600 millones de wones, que corresponden a 38.460.271,20 millones de dólares; este dinero será de un único ganador, el resto de los participantes además de perder, morirán. 

Se puede argumentar que el  juego representa la crueldad del sistema capitalista y su inevitable tendencia a la acumulación e inequidad en la actual Corea del Sur: el sexismo; los extremos de pobreza y riqueza en un país que se ubica en el número 23 según el Índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas, el abuso con los migrantes, la corrupción como resultado de los vínculos entre las élites empresariales y políticas; y, por supuesto, el consumismo. 

Sin embargo, me parece que el juego representa algo diferente. La serie aporta con  algunas pistas para descubrirlo: comencemos por el personaje principal, Seong Gi-hun, desde que gana la apuesta en la carrera de caballos, hasta su encuentro en la parada del Metro con el agente que le invitará a participar en el juego. 

El trayecto podría resumirse en euforia, huir, caerse, huir de nuevo, caerse, ser golpeado, jugar, euforia, encuentros, jugar, euforia. La palabra clave es euforia, la cámara juega con el plano medio y el primer plano, lo que provoca en el espectador la sensación de estar cerca, pero no demasiado. 

La euforia se define como alegría intensa y optimismo, este último sentimiento es lo que siente todo jugador previo al juego. Sin duda, Seong Gi-hun representa esa alegría desenfrenada cuando se gana algo que en realidad es improbable. No se olvide lector, la diferencia entre una persona pobre y un jugador. El primero es víctima del sistema, el segundo de sí mismo. 

El segundo aspecto es lo que se podría denominar la venganza del melodrama. Las series coreanas son un híbrido entre la exageración emocional de las telenovelas, donde hay buenos y malos, que luchan capítulo tras capítulo por la felicidad;  y, la dinámica narrativa de las series, cuyos giros argumentales retuercen las emociones del espectador. 

No ocurre lo mismo con el ensamblaje de planos. En el primer capítulo, el juego luz roja, luz verde, me recuerda a la versión ecuatoriana de “juguemos a las estatuas”, en el que un aviso indicaba a los jugadores que debían quedar congelados y el que se movía pagaba una penalidad. En este caso, el castigo es la muerte. 

En la escena que inicia con la canción Fly me to the moon, la matanza se convierte en un cadencioso paseo por la luna —recordemos que fue Buzz Aldrin quien, durante la misión Apolo 11, la reprodujo en un casete cuando pisó la Luna— los jugadores flotan por efecto de la cámara lenta, caen lentamente atravesados por disparos que a ritmo de jazz destrozan cráneos y atraviesan cuerpos. 

El trayecto podría resumirse en euforia, huir, caerse, huir de nuevo, caerse, ser golpeado, jugar, euforia, encuentros, jugar, euforia. La palabra clave es euforia, la cámara juega con el plano medio y el primer plano, lo que provoca en el espectador la sensación de estar cerca, pero no demasiado.

En tercer lugar está la eficacia del triángulo narrativo: la víctima (todos los jugadores), el villano (todos los jugadores) y el salvador (el premio) ¿Extraño —verdad— cómo es posible que los jugadores sean al mismo tiempo víctimas y villanos? El juego transforma a los otros jugadores en enemigos; en realidad cuando el “supervisor” anuncia que “todos son iguales” significa que lo son, únicamente, si cumplen las reglas. 

El juego, entonces, representa un sistema social en el que: 

  1. Un grupo VIP, invisible a los jugadores y guardias, que tiene el poder de cambiar las reglas de juego. El gobierno de Correa es un buen ejemplo, el grupo VIP fue todo el sistema de corrupción que formaba una red de funcionarios, políticos y empresarios que sangraban el país mientras la gente participaba en el juego del totalitarismo. 

 

  1. Un grupo de guardias anónimos, en realidad, custodios de una prisión, cuyas máscaras y uniformes tienen la función de diluir la culpa, pueden matar porque los jugadores no cumplieron las reglas, simplemente es su función. Los jueces, los políticos y los funcionarios corruptos funcionan de manera idéntica; sus máscaras están hechas por la impunidad que les protege del miedo al castigo o la exposición social, mientras que la ideología les provee del discurso con el cual justificarse. 

 

  1. Las reglas: la más importante la igualdad, todos pueden jugar. La otra es que no se puede cuestionar el juego, el costo es perder la oportunidad de participar. Una tercera regla es invisible para los jugadores: la igualdad es imposible. La igualdad es una oferta, principalmente del populismo de extrema izquierda, pero como lo ha demostrado China, imposible de aplicar en términos económicos, pues solo la competencia genera productividad. De esta manera la igualdad se transforma en una metáfora del control social del estado, por sobre el individuo. 

 

  1. Cualquiera puede ganar: la regla de la igualdad si funciona aquí, todos son igualmente enemigos. La estrategia es vieja, la aplican todos los sistemas totalitarios o autoritarios; de una parte el estado es el gran proveedor, de otro, quien intente cuestionar a los líderes, al gobierno o al estado (que pare el caso son lo mismo) son enemigos. Las diferencias son negadas por los administradores del juego, pero si que cuentan para jugar. 


El juego del calamar describe al capitalismo, fuera del juego, como una maquina de avaricia y egoísmo; mientras que el juego mismo es una metáfora de gobiernos autoritarios con ideologías colectivistas: los obscenos miembros de la sala VIP representan el poder, la corrupción y el deseo detrás de un líder autoritario; este líder es la cara visible de un poder ominoso que se extiende como una telaraña. 

El destructivo comportamiento de los políticos resulta inexplicable: ¿por qué apoyan acciones que pueden destruir la institucionalidad democrática, si de esa democracia se benefician? El juego del calamar proporciona una respuesta: porque no participan del juego de la democracia, su juego es el de la tribu: clan que elimina al enemigo gana. 

El juego, en sí mismo, representa la sociedad de adictos al juego populista, aquellos que incluso con pruebas de la corrupción del líder y su grupo, lo defienden. Prefieren morir jugando al autoritarismo que aceptar que el juego son ellos mismos. El populismo, en este contexto, puede definirse como el único juego que convierte a los pobres en jugadores. 

La realidad fuera del juego es horrible, pero El juego del calamar revela esa verdad profunda de la existencia, cualquier ideología que te ofrezca el paraíso, en forma de patria, solo está jugando contigo. 

 

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