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14 de Diciembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
14 de Diciembre del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El juego electoral del péndulo
La alternabilidad se está imponiendo, más que por razones teóricas, por la frustración que acarreó la política revolucionaria. Ésta no dio los resultados esperados y mal puede la población creer que con la reelección indefinida se llegue algún día a alcanzarlos. A esta nueva convicción responde el péndulo.

La teoría acerca de una supuesta ley del péndulo se basa en el desgaste “natural” del gobernante de turno al término de su mandato. Así se explican los cambios que sufren los pronunciamientos del pueblo en las urnas. O también se habla del “agotamiento” de un modelo económico. En ambos casos se hace abstracción de la capacidad de los gobernantes en el ejercicio de sus altas funciones en contextos cambiantes. También de los aciertos o  errores cometidos por el gobierno, así como por la oposición en la interacción suscitada por circunstancias, decisiones o reacciones.   

El éxito o el fracaso de los gobiernos suele atribuirse a la bonanza económica o a la escasez de recursos económicos.  O sea, a factores externos y/o estructurales que están fuera del control de los mandatarios. No se presta la debida atención a los componentes motivacionales en juego, ni a las oscilaciones que esos componentes experimentan, justamente como respuesta a las acciones u omisiones de los gobernantes en el enfrentamiento de los problemas que más afectan a la población.  

Los gobiernos que se lanzaron a la aventura populista en la región están pagando las consecuencias de lo que Ernesto Laclau, politólogo argentino, definió como “la única alternativa a la negación de lo político por la administración”.  O sea, según Laclau, más importante que administrar eficientemente un Estado es lanzar a un país, con grandes carencias y desigualdades, por el camino de la lucha contra el sistema. Este es el campo de la lógica “equivalencial”, esto es, de la que emerge de las demandas que no pueden ser resueltas administrativamente, dado su carácter antagónico y que se expresa en la lucha de clases.

Es en ese marco teórico que se ubican los gobiernos revolucionarios cuya misión es “dar fin a los sistemas institucionales excluyentes y forjar un orden alternativo”.

Tal, por cierto, no es el espacio de juego de la democracia que se basa en la competencia libre entre opciones políticas distintas, pero no excluyentes y que bregan por “mejoras institucionales graduales”. El gradualismo, en la perspectiva de Laclau, se opone a la aceleración revolucionaria.
Carlos de la Torre, sociólogo ecuatoriano, destaca las diferencias conceptuales entre el sociólogo alemán Max Weber y Laclau. El politólogo argentino privilegió el carisma y subestimó sus riesgos no sólo para la democracia sino para la administración. Entendía la política como confrontación y no como un espacio de negociación y búsqueda de acuerdos. Esto para Weber era muy riesgoso, aunque no dejó de reconocer el valor del carisma en contextos de crisis de los partidos y de las instituciones políticas.

Las derrotas electorales sufridas por la alternativa populista en Argentina y en Venezuela revelan la vulnerabilidad y límites de tal alternativa.  En estos resultados electorales se advierte que el carisma no es suficiente para garantizar el éxito de un proyecto de transformación, menos cuando se basa en la exclusión y en el desgastante vilipendio a los adversarios.

Transformar los procesos electorales en “experiencias de pretensión fundacional” agudiza el conflicto entre dos momentos del acontecer democrático: el electoral y el de gobierno. El primero delinea una expectativa; el segundo, la confronta con la práctica, con los resultados.  

El pueblo contrasta lo que se ofreció con lo que se consiguió.

La competencia entre el mandatario que sale y el que entra radica en lo que uno y otro fueron capaces de hacer y aportar a la solución de los problemas que tuvieron que encarar. Y el veredicto, el pueblo lo da en las urnas.        

Por eso cuando Cristina Fernández  se despidió de la presidencia de la Argentina en una gran concentración de masas dijo algo así , “espero que después de cuatro años el presidente electo Macri que dirigirá los destinos del país pueda al término de su mandato despedirse como yo lo estoy haciendo, de cara a la multitud”.

O sea, reconocía que el pueblo evalúa el desempeño del gobierno en la administración del Estado; en su caso, la evaluación no le fue enteramente favorable, por ello perdió en las elecciones.

Maduro, por su parte, fue víctima del desastroso manejo de la economía bajo su administración y la de la de su antecesor, Hugo Chávez. Hasta Rafael Correa reconoce que “aquí la realidad es totalmente distinta. Nuestros indicadores sociales, gracias a Dios, están a un mejor nivel”. Lo cual quiere decir que pese a todo, Correa en Ecuador manejó mejor la economía que Maduro en Venezuela.

Y no sólo cuenta el manejo de los recursos económicos, sino de los propios recursos políticos, los recursos del poder. Resalta la diferencia entre el enfado de Cristina respecto de la entrega del bastón de mando y la invitación de Macri a sus contendientes, Daniel Scioli y Sergio Massa a un diálogo para afrontar juntos el difícil legado dejado por la era kirchnerista.

Maduro, en cambio, en lugar de llamar a un diálogo a la oposición que le propinó un “garrotazo electoral” le declara la guerra a la Asamblea y agrava el conflicto político y de poder que enfrenta Venezuela. Lo cual ahondará la crisis que ya afecta a las masas que se ofreció redimir.

En esto Rafael Correa no se queda atrás; sólo imaginar que la oposición podría alcanzar una alta representación en la Asamblea le lleva a amenazar con la “muerte cruzada” y la reelección indefinida. Sigue, pues, atrapado por la  fantasía de la dominación carismática en momentos en el que el Ecuador sufre las consecuencias de la “lógica equivalencial” de Laclau.

La polarización en la que se asienta esta dominación deja de ser fuente de legitimidad cuando ya no es posible atribuir  el descalabro económico y político a los “otros”, al sistema, a los factores externos y estructurales, y cuando los gobiernos que encarnan esa dominación se ven obligados a abandonar la promesa programática de un orden alternativo.   

La alternabilidad se está imponiendo, más que por razones teóricas, por la frustración que acarreó la política revolucionaria. Ésta no dio los resultados esperados y mal puede la población creer que con la reelección indefinida se llegue algún día a alcanzarlos. A esta nueva convicción responde el péndulo.

Parece que pasada la euforia revolucionaria, vuelve a prevalecer la sensatez, esto es, la lógica de “las mejoras institucionales graduales”, la alternancia entre alineamientos políticos más equilibrados. A esto llama el gobierno la “restauración conservadora”  o sea, el renacimiento de las mediaciones institucionales y de nuevos alineamientos políticos que se configuran en el espacio público, ante quien los gobiernos deben revalidar su legitimidad no sólo en las urnas sino en los resultados de su gestión gubernamental.

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