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29 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
29 de Agosto del 2016
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El laberinto de Correa
¿Qué pensará Correa, que su renuncia nos afecta? La realidad demuestra que él sería el afectado. Se acabarían sus privilegios, sus espectáculos y sus ficciones. Dejaría de viajar en su avión de lujo, acompañado de sus cuantiosas comitivas, se le acabarían las fiestas en Carondelet, sus noches culturales y sus sabatinas e inmediatamente sería considerado como un ciudadano sin privilegios, lo que aceleraría la fiscalización a su persona y a su gobierno. Al contrario, él, sin todo su poder, sería nadie.

El presidente Correa amenazó otra vez con renunciar. Esta vez lo hizo después del fallo militar que exculpa al capital Edwin Ortega sobre el expediente abierto en su contra por, supuestamente, “faltarle al respeto” al primer mandatario. El fallo es claro: el presidente no tiene un rango militar profesional, sino que su rango es político, y si el militar acusado no se dirigió a él con irrespeto, no hay una actitud que se pueda considerar como de agravio a ningún superior.

Pero Correa quedó inconforme y presentó una acción de protección. Recurrió a la justicia ordinaria donde sí puede obligar a los jueces y conseguir otros resultados. Acusó a los militares que sustanciaron el proceso disciplinario de antipatriotas, dando a entender que dirigirse a él en un tono que no le guste es irrespetar a la misma patria. Correa se mira como la encarnación de la patria.

Por eso se entiende que quiera quedarse para siempre en el poder. Según su visión, nosotros necesitamos de su presencia y no él de nosotros. Sin Correa no somos nadie, lo necesitamos para existir como patria, como país, como nación.

¿Qué pensará Correa, que su renuncia nos afecta? La realidad demuestra que él sería el afectado. Se acabarían sus privilegios, sus espectáculos y sus ficciones. Dejaría de viajar en su avión de lujo, acompañado de sus cuantiosas comitivas, se le acabarían las fiestas en Carondelet, sus noches culturales y sus sabatinas e inmediatamente sería considerado como un ciudadano sin privilegios, lo que aceleraría la fiscalización a su persona y a su gobierno. Al contrario, él, sin todo su poder, sería nadie.

Así es el presidente Correa. Le gusta llamar la atención periódicamente, para sentirse mirado. Las últimas encuestas demuestran un descenso dramático en su aceptación electoral. Entonces recurre a estos artificios para conseguir atención e intentar ser nuevamente el centro de una fiesta de inauguraciones con obras impagas. Pero la celebración y el derroche se acabaron. Ahora que el grifo del dinero petrolero se cerró, vienen las deudas y el chuchaqui. Pero él quiere atenciones y halagos. Le gustaba la época de los honoris causa, en la que podía decir que Ecuador es una potencia mundial y ejemplo para todos. Ahora es lo contrario. Los reportes internacionales sitúan al Ecuador entre las peores economías del mundo. Entonces, en la materia de su especialidad, el presidente, su proyecto político y la mentalidad de sus acólitos, resultó en un rotundo fracaso.

Pero todo lo que sucede jamás es culpa de ellos. Siempre es culpa de alguien más. De la partidocracia, de la prensa corrupta, de los indígenas de poncho dorado, de los militares mediocres, de la sociedad golpista… En fin, no le faltan culpables e insultos. Entonces, para desviar la atención de los verdaderos problemas, el presidente Correa se inventa un cuento sin fin en el que él es, otra vez, el único protagonista y patriota.

Como Correa nos cree niños, irresponsables, vulnerables e inferiores entonces su actitud siempre es la de un padre violento y machista. Entonces, siempre se sentirá justificado a enseñarnos quién tiene la autoridad paternal dentro de este hogar imaginario e impondrá siempre su forma de aleccionarnos. Como somos niños de un padre prepotente, entonces siempre nos impone su superioridad a gritos y jalones de oreja. “Si me siguen molestando, me les presento y les gano”, dijo sobre su reelección. Ahora resulta que la democracia, la alternabilidad y las elecciones no son un problema de instituciones, sino de caprichos presidenciales.
Esta amenaza de renuncia es su propio laberinto. Es volver la mirada a la ingobernabilidad, a la pugna entre órganos del Estado. Como no quiere irse del poder, entonces quiere dejar una herencia de caos, con la intención de ser recordado como el único redentor político del Ecuador.

El deterioro de la autoridad del presidente Correa se expresa en el debilitamiento de su liderazgo, en su rostro desencajado y en su agresiva decrepitud. De un joven carismático frente a multitudes emocionadas, pasó a ser un político despreciable. El espectáculo de las muchedumbres está por terminar para él.

La resolución del consejo de disciplina militar y otras, expedidas en el mismo sentido, son una cachetada al orgullo de quien se creía “Comandante en Jefe de todo el Estado”, y es también el ejemplo para otros. Pronto vendrán más jueces, funcionarios y órganos que se negaran a aceptar sus imposiciones.
Asistimos al peor deterioro de un presidente en retirada. Solo, desmoralizado y derrotado, Correa amenaza con renunciar porque seguramente querrá huir cuando le den la espalda los únicos que sostienen su poder.

@ghidalgoandrade

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