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7 de Febrero del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
7 de Febrero del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El lado correcto de la historia
Lo que está en juego en Venezuela es “una salida negociada o la guerra”. La posición de México y Uruguay ha sido prudente. No se han hecho eco de la beligerante actitud de los Estados Unidos. Tal iniciativa trata de evitar “una acción militar externa” que podría desembocar en una cruenta guerra entre las fuerzas de ocupación y un país desgarrado por una larga disidencia interna.

El jefe del Parlamento venezolano, Juan Guaidó, le pidió a López Obrador( México) y a Vásquez (Uruguay), “ponerse del lado correcto de la historia”.

Venezuela es hoy un escenario de múltiples juegos de poder. Los cambios de gobierno en Colombia y Brasil alentaron el endurecimiento de la posición de Trump respecto de Maduro. También la pérdida de legitimidad del chavismo tras las fraudulentas elecciones presidenciales de mayo de 2018, no reconocidas por la Asamblea controlada por la oposición. Ello dio pie a la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente interino, con el reconocimiento de gran parte de la comunidad internacional.

Este reconocimiento, sin embargo, es aventurado. Pablo Bustinduy en El País (4 de febrero de 2019) señala que la decisión de reconocer a Guaidó como presidente interino de Venezuela es “irrealizable”, dado que Guaidó “no tiene el control efectivo de los poderes del Estado venezolano: no controla la administración, ni los ministerios, ni la policía, ni puede garantizar los compromisos internacionales asumidos por el país” De ahí la amenaza de la guerra. Pues, según ese análisis, “el Gobierno de Guaidó solo puede hacerse efectivo por medio de tres vías: un levantamiento militar, una insurrección armada o una intervención extranjera”

Lo que está en juego en Venezuela es “una salida negociada o la guerra”. La posición de México y Uruguay ha sido prudente. No se han hecho eco de la beligerante actitud de los Estados Unidos. Tal iniciativa trata de evitar “una acción militar externa” que podría desembocar en una cruenta guerra entre las fuerzas de ocupación y un país desgarrado por una larga disidencia interna.

Al interior de Venezuela las estrategias de Guaidó y Maduro se focalizan en las calles y en la Asamblea controlada por la oposición, tras el arrollador triunfo electoral de diciembre de 2015. Aquí reside la legitimidad de Guaidó. Maduro pretende adelantar las elecciones para renovar el Parlamento y dejarle sin piso al presidente interino. Esto con el aval de la Asamblea Constituyente oficialista electa precisamente para neutralizar la acción del Parlamento controlado por la oposición.

Se trata, pues, de una disputa en el terreno institucional, pero con armas extra institucionales. Maduro aun cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas, y Guaidó con el respaldo internacional, liderado por Estados Unidos. O sea, Maduro todavía le da importancia a las formas. Pero en ambos bandos no se descarta el uso de la fuerza. De ahí que los militares sean el fiel de la balanza.

Hay un conflicto de poderes que debe ser resuelto por la vía de la negociación y no de la guerra. Sacar este conflicto del plano nacional y colocarlo en un escenario regional y hasta mundial tiene riesgos incalculables.

La situación de Maduro se vuelve cada vez más insostenible. La crisis económica, la crisis humanitaria, la diáspora de venezolanos, la cuestionada legitimidad del régimen de Maduro, el respaldo masivo que la acción de Guaidó suscita en las calles, las señales de una eventual división al interior de las Fuerzas Armadas, el aislamiento de Maduro a nivel internacional, configuran un escenario adverso a la continuación del régimen de Maduro.

En estas condiciones la convocatoria de Uruguay y México a una conferencia internacional de países y organismos con posición neutral trata de evitar una “acción militar externa” en Venezuela y abrir una puerta al diálogo. Lo contrario produciría más bien efectos contrarios a los esperados. El propio liderazgo alcanzado por Guaidó saldría menoscabado. Negarse a un posible diálogo no parece una estrategia acertada cuando el régimen de Maduro va camino de descomponerse. Una invasión militar auspiciada por Estados Unidos podría permitirle a Maduro recuperar en alguna medida su tambaleante liderazgo. Convertirle en mártir de una avasallada Venezuela no aportaría a la reconstrucción democrática de ese gran país. La herencia que deja el chavismo y Maduro le pasará factura al nuevo gobierno.

No parecería fácil, a la luz de estas consideraciones, “ponerse del lado correcto de la historia”. Colocarse del lado correcto de la historia no puede plantearse en términos normativos ni ideológicos, sino en términos reales y estratégicos. De lo que se trata es de construir una alternativa democrática que garantice la autodeterminación, la realización de elecciones libre y la reconstrucción de Venezuela. Lo contrario sería sentar un pésimo precedente no solo para Venezuela sino para América Latina. No cabe que la oposición cargue con la responsabilidad de un posible derramamiento de sangre. Acorralado Maduro puede acudir a medidas desesperadas que incluyan una feroz represión y hasta un posible encarcelamiento de Guaidó. Una escalada de violencia así no es impensable. Tampoco cabe descartar fricciones geopolíticas que pueden intensificarse, según el curso que siga la confrontación, dados los apoyos de Rusia y China al régimen de Maduro. La posición de Cuba también está en juego, desde la visita de Obama a Cuba; tal acercamiento, aunque se enfrió con Trump, no ha sido suspendido. Si bien ya concluyó la guerra fría, hay coletazos que pueden producir estragos. Mover el tablero a nivel mundial a propósito de Venezuela puede producir efectos negativos para América Latina y el equilibrio logrado tras el fin de la guerra fría.

Las responsabilidades deben quedar muy claras. Maduro es, sin duda, un usurpador, las elecciones en las que ganó tuvieron un elevado porcentaje de abstenciones y no se trataron de elecciones libres. Pretendió liquidar la Asamblea legislativa controlada por la oposición, con una Asamblea Constituyente de factura oficialista. Guaidó, en cambio, funda su legitimidad en los artículos 233, 333 y 350 de la Constitución. Tales artículos le facultan para asumir el cargo de jefe del legislativo, pero no la función de presidente interino. Hay, en tal virtud, un vacío legal que no puede ser ignorado. El reconocimiento internacional al gobierno de Guaidó tiene una fuerza simbólica, pero no es vinculante. Es, sin duda, un golpe a Maduro, pero no tiene sustento legal ni se apoya en los factores reales de poder. Solo cuando tengan lugar elecciones libres al interior de Venezuela se podrá llenar ese vacío. Es eso lo que se debe negociar y no imponer. Lo contrario es propiciar un “choque de trenes” del que ni Guaidó ni Venezuela ni América Latina saldrán idemnes.

 

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