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6 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 10 minutos
6 de Junio del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El liberalismo “machetero”
Los principios escritos por Julio Andrade sintetizan lo que él mismo definió como el “liberalismo pensante” opuesto al “liberalismo machetero”. Y es que el liberalismo se abrió paso con las armas; derrotados los conservadores era momento de pensar en la consolidación de las conquistas de la transformación liberal. Ello implicaba pensar más en las instituciones que en las personas.

La recordación del 5 de junio de 1895 no ocupó la agenda pública, pese a las grandes enseñanzas que nos puede dar para ubicar mejor la problemática actual.

En Apuntes biográficos sobre Abelardo Moncayo Andrade, el destacado historiador guayaquileño, Elías Muñoz Vicuña, relata las circunstancias que rodearon la campaña presidencial de 1912.

“La candidatura del General Julio Andrade se presenta en pugna abierta contra las del General Leonidas Plaza Gutiérrez y Dr Carlos R. Tobar”. En el periódico “La Paz” fundado, entre otros, por Abelardo Moncayo Andrade, Isaac J. Barrera, Luis Robalino Dávila, se publicaron los principios que Julio Andrade “sostendrá como Programa y Plan de Gobierno”. Estas ideas de gobierno, junto a conferencias, conversaciones y cartas, fueron recogidas por Abelardo Moncayo Andrade en el folleto titulado De Ultratumba: Principios Políticos y Administrativos del General Julio Andrade. Este Plan se malogró, dice Muñoz Vicuña, con el asesinato del General julio Andrade la noche del 5 de marzo de 1912.

Lo que estaba en discusión, entonces, tras el arrastre de los Alfaro era el futuro de la revolución del 5 de junio de 1895, liderada por Alfaro. Los principios escritos por Julio Andrade sintetizan lo que él mismo definió como el “liberalismo pensante” opuesto al “liberalismo machetero”. Y es que el liberalismo se abrió paso con las armas; derrotados los conservadores era momento de pensar en la consolidación de las conquistas de la transformación liberal. Ello implicaba pensar más en las instituciones que en las personas.

Con el fin del liberalismo heroico, marcado por el asesinato del Viejo Luchador y del propio Julio Andrade, ya no podía sostenerse con las armas. Llenar ese vacío suponía pasar a la organización del Partido Liberal sobre bases doctrinarias y técnicas. La unificación  de este partido, azotado precisamente por pugnas caudillistas, exigía desterrar el caudillismo, y sustentarlo en ideas e intereses colectivos. Consideraba Andrade que las ideas no debían ser viables por la acción de una persona, aunque reconocía que “el prestigio o poder personal de los hombres que las propagan” es un factor importante de su éxito. Pero otra cosa es sostener: ”El Partido soy yo”. 

El General Andrade declaró su oposición al “gobierno por imposición”. Los partidos políticos son una minoría respecto de la totalidad de los ciudadanos. Hay una masa flotante dispuesta a adherirse a tal o cual partido. “Ningún partido político puede, por sí solo, constituir mayoría nacional”. El Ecuador desde su nacimiento como República sufrió “el entronizamiento de minorías en el poder” o sea  del “gobierno de imposición”.

Desde esa perspectiva para Andrade era inaudito el “fraude electoral” con el que se pretendía impedir la victoria en las urnas de los conservadores, a costa del sufragio popular. La división en las filas liberales para las elecciones presidenciales tras el arrastre de los Alfaro, hizo que alguien preguntara al General  Andrade su opinión respecto del peligro de que ganasen los conservadores: “Pues que triunfen, que gobiernen…necesario es ya que los liberales nos desprendamos de la pretensión de que el Gobierno de la República nos pertenece a perpetuidad”, contestó.

Pero no es que el General Andrade quisiera dejar abiertas las puertas para un ascenso de los conservadores que significara un retroceso de las conquistas alcanzadas por la Revolución Liberal. Creía necesario y posible “entrar en negociaciones con el Partido Conservador que condujese a un tratado político público, por el cual se regularizara la lucha partidista “trasladándola del terreno brutal de posibles guerras civiles al de los comicios y Congresos”.

Para lograr este objetivo era necesario, a su entender, “dominar las inevitables resistencias del fanatismo conservador y del sectarismo radical”. Ello estaba sobre todo relacionado con el tema religioso. Este tema “no le quitaba el sueño al General Andrade”; desde una visión pragmática creía que más importante que las controversias entre católicos y libre pensadores, eran los problemas atinentes al bienestar material e intelectual de los ecuatorianos. Si los dos partidos políticos-el Liberal y el Conservador-eliminaban de sus programas respectivos “todo lo relativo a la cuestión religiosa, sin sacrificio, naturalmente, de creencia alguna individual”, podrían llegar a “una inteligencia completa y leal, respecto de principios constitucionales y de procedimientos administrativos, que les diese mutuas garantías y atenuase ese temor recíproco, debido al cual tanta sangre ecuatoriana se ha derramado, en salvaje y fratricidas contiendas”.

Sin duda que una revolución como la Liberal que abrió las puertas de la modernización del Ecuador, con la separación de la Iglesia y el Estado, la implantación del laicismo, la construcción del ferrocarril del Sur que unió la Sierra con la Costa, produjo una polarización ideológica y política que tardaría décadas en suturar.

En lo atinente al campo administrativo, el general Andrade aportó a la diferenciación del “doble concepto de Gobierno: el que lo considera como Entidad Política, que es transitorio, y el que lo considera como Institución, que es permanente”. Ello, en términos prácticos, significa que “no sólo deben estar fuera de la acción política los ramos o departamentos de la administración consagrados a este fin, sino que todos los partidos deben estar conformes e igualmente interesados en el mantenimiento y perfección de la estabilidad y de la eficacia de dichos departamentos.”

En esa línea de pensamiento, su Plan contemplaba la profesionalización del Ejército, poniéndole a buen resguardo de las luchas partidistas. El General Andrade aconsejó a los dos partidos-liberal y conservador-que “en previsión de un porvenir que se presenta sombrío y preñado de amenazas(…) debían “neutralizar el Ejército Nacional, a fin de que les sea posible alternarse pacíficamente en el poder y gozar de garantías, mientras estén en la oposición”.

El “gobierno de imposición” impidió que el país se constituyera como tal de manera plena. La sucesión de gobiernos en la década de los 30 del siglo pasado de corta duración estuvo muy lejos de encuadrar al país por la senda trazada en el Plan del General Andrade. Las luchas intestinas no cesaron, los militares se vieron involucrados en ellas, y se mantuvo la confusión entre el Gobierno como Entidad Política y el Gobierno como Institución.

Con la implantación del sufragio libre emergió un nuevo caudillismo, encarnado  en la figura del cinco veces presidente, José María Velasco Ibarra. Este caudillismo dejó en segundo plano a los partidos históricos, liberal y conservador. El conflicto de este caudillismo con la institución militar fue recurrente. Así no fue posible establecer una democracia real, en cuyo marco se libraran y ventilaran los desacuerdos políticos. El breve período de estabilidad política de 1948-1960 fue interrumpido con un golpe militar; y el más breve aún paréntesis constitucional, 1966-1970, se vio truncado por la dictadura, primero de Velasco Ibarra, y luego de las Fuerzas Armadas.

Con el retorno al régimen constitucional en 1979, la democracia ecuatoriana intentó sostenerse en un sistema de partidos políticos. Pero ello no tuvo plena vigencia. El caudillismo no pudo ser desterrado y la democracia sufrió varios embates. 

En los últimos diez años, el país volvió a caer en el caudillismo, esta vez aupado por la izquierda. El gobierno de Rafael Correa, sin duda, no ha establecido diferenciación entre el Gobierno como Entidad Política y el Gobierno como Institución. No obstante haber sido electo y reelecto en las urnas, su práctica le ha llevado a presidir un “gobierno de imposición” y a pretender perennizarse en el poder. En base al hiper presidencialismo ha irrespetado la división de funciones y ha avasallado la propia autonomía institucional del Estado. Sus conflictos con la institución militar también han sido recurrentes.

La polarización que esta manera de gobernar ha producido en el país es tan perniciosa como la que protagonizaron liberales y conservadores a comienzos del siglo XX. Pero con el imperio del caudillismo, ”el Partido soy yo”, los partidos políticos de derecha e izquierda han quedado en segundo plano; en tal situación el conflicto entre izquierda y derecha se ve sobrepasado por el conflicto entre el caudillaje y la democracia. Ello exige rescatar el valor de los principios y de las ideas, para lo cual se hace necesario forjar un gran acuerdo nacional entre los partidos ideológicos para extirpar el caudillaje; sólo entonces será posible retomar y regularizar la lucha partidista, “trasladándola del terreno brutal de posibles guerras civiles al de los comicios y Congresos.

La alternabilidad de los partidos en el Gobierno y la abolición del Gobierno por Imposición es la mejor garantía de un progreso democrático para la conquista duradera del “bienestar material e intelectual de los ecuatorianos”.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Patricio Moncayo
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Carlos Arcos Cabrera
Ricardo Martner
Mauricio Alarcón Salvador
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