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2 de Mayo del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
2 de Mayo del 2016
Santiago M. Zarria

Filósofo y catedrático universitario.

El macho discursivo
Por si acaso, el machismo discursivo no tiene exclusividad de género. Se aplica a todas las personas por igual. Hay que conocer como actúa el macho discursivo. Típico intelectual prepotente. Del que se duda su capacidad argumentativa e incluso de su formación académica, pero no de su despotismo discursivo.

Cuando un debate empieza con afirmaciones cargadas de resentimiento, testosterona y virilidad discursiva, nos enfrentamos a lo que Gambetta denomina como la cultura del ¡Claro!, refiriéndose con esto al machismo discursivo extendido mayormente en el sur y occidente de Europa, así como en Latinoamerica. Una cultura que, en ámbitos políticos, no se limita ni a la izquierda ni a la derecha. Frente a contundentes afirmaciones como: “La crisis es culpa de los banqueros y las transnacionales”, “Todos los políticos son corruptos y oportunistas”, “El poder es el basurero de la fortuna y Panamá su lavandería”, etc. Y llenas de toda la fuerza y convicción moral que tenga el individuo, no hay más opción que decir: ¡Claro! ¡Obvio! ¡Ya lo sabía! ¡No me sorprende! Esa es la cultura del ¡Claro! Cuyos rasgos característicos, en la vida pública, se limitan al “temperamento exaltado, explosivo y propenso a la discusión”.

Cuando nos enfrentamos a este tipo de afirmaciones aparentemente sólidas, y que al mínimo intento por señalar que esas opiniones merecen algo más que levantar la voz, el macho discursivo intentará ridiculizar, descalificar y noquear a su interlocutor con todo el arsenal de la prepotencia, frivolidad y palabrería discursiva. Ahora bien, ¿cómo se hace para desarmar ese tipo de afirmaciones? Hay que conocer cómo actúa el macho discursivo. Típico intelectual prepotente, del que se duda su capacidad argumentativa e incluso de su formación académica, pero no de su despotismo discursivo.

En Deliberative Democracy, libro compliado por Elster y publicado por la Universidad de Cambridge en 1998, aparece Claro!:An Esay on Discursive Machismo. Por si acaso, el machismo discursivo no tiene exclusividad de género. Se aplica a todas las personas por igual. En ese texto, Gambeta distingue dos tipos de culturas -la holística (CH) y la analítica (CA)- que difieren esencialmente en la forma cómo debaten públicamente y cómo generan conocimiento. Aquí me ocuparé del primero.

En la cultura holística se puede distinguir al macho discursivo por el uso contínuo de tres mecanismos durante un debate o una conversacion regular: siempre tiene “opiniones firmes”, siempre tiene algo que decir “sobre todos los temas” y siempre intentará opinar “desde el comienzo de la discusion”. El macho discursivo desconoce la bondad del silencio y se incomoda cuando escucha, en el ámbito político, otra voz que no sea la suya.

Se considera que una opinión es firme cuando el macho discursivo no deja espacio para la duda. Cuando pretende finalizar el debate con una opinion inflexible y autoritaria, además de ir acompañada de un elevado tono de voz. El macho discursivo siempre tiene una respuesta para “las cuestiones morales, políticas y filosóficas”, así sean imprecisas, especulativas o simples mentiras dichas con una fuerte convicción moral y alta dosis tan emocionalista como escandalosa. En la cultura holística, el macho discursivo desconoce la negación del verbo saber en primera persona; es decir, nunca aprendió a decir: “No sé”. Y cuando algo no sabe realmente, recurre inmediatamente o sugiere a alguien que puede saber la respuesta, pero jamás aceptará que “no sabe”, porque significaría admitir su derrota y eso, en la cultura holística, es inaceptable e imperdonable.

Para emitir una opinión, en la CA, se requiere un tiempo apropiado para pensar, porque generalmente así es como se consigue emitir opiniones más estructuradas, coherentes y, en definitiva, lógicas. Pero, los machos discursivos de la CH intentarán y no dudarán, desde el comienzo de una conversación, sin contar la información global ni precisa, emitir una opinión tajante y harán hasta lo posiblemente inapropiado para conservarla. Para el macho discursivo detenerse a pensar no es una opción, es una perdida de tiempo.

Cuando un sujeto de la misma cultura, sea analítica u holística, emite una opinión relevante durante el debate, los de CA, ven un momento apropiado para aprender, reforzar e incluso cambiar el rumbo de sus investigaciones y opiniones. Sin embargo, en la CH, el macho discursivo puede reconocer la validez del enunciado de modo irónico, hipócrita o condescendiente, y eso si el interlocutor ha demostrado una superioridad absoluta, caso contrario no.

El macho discursivo siempre tratará de encontrar la forma de socavar la relevancia del razonamiento apelando a la clásica argumentación: “Pero eso no es ninguna novedad, porque ya lo había dicho antes...” y se escudan detrás de alguna personalidad académica o simplemente popular.

Es más importante citar a una “autoridad” que optar por el rigor intelectual para tejer sus argumentos. Sin embargo, cuando el macho discursivo observa su inminente derrota elige el ataque frontal, expresando una opinión crítica contra su “oponente” o apelando a cuanta falacia se cruce por su cabeza. Normalmente, el debate puede extenderse durante horas sin llegar a ningún resultado, excepto al griterio, el insulto y los golpes. De la batalla de ideas, el macho discursivo escoge el argumento corporal.

¿Cómo sería la vida politica en una sociedad donde la Cultura Holística predominara?

Gambetta propone una serie de hipótesis que se van convirtiendo en cualidades de esta cultura:

A.- Es probable que los que se expresan en público, pese al “exceso de personas agresivas, impulsivas, obstinadas y prepontes”, sean los de la CA. Aunque, actualmente, todos parecen tener algo que decir, aunque sean opiniones escasamente argumentadas.

B.- En la CH no distingue con claridad los “argumentos basados en el orgullo de los basados en la razon”. Parece ser mas imporante para el macho discursivo la retórica simple y el orgullo que el razonamiento preciso y sostenido.

C.- En la CH, las opiniones apresuradas y erróneas, se acumulan más que en la CA. A los machos discursivos les urge marcar su territorio con opiniones apesuradas y atrevidas. El problema de esas opiniones breves y simples es que “lo paga el resto de la sociedad”. En esta cultura, el macho discursivo utiliza la tecnología de manera provocadora y amenazante. Sus mensajes (opiniones) son siempre escuetos y generales, y evita cualquier detalle sobre temas relevantes para la sociedad. La generalidad es su especialidad. El macho discursivo no podría haber encontrado mejor vía de comunicación con sus seguidores que unos cuantos caracteres.

D.- Cuando el debate se transforma en enfrentamiento y desorden, la negociación se convierte en la mejor alternativa. En la CH, el macho discursivo sabe que negociar bajo determinados principios morales es una pérdida de tiempo y cae en un cinismo humano y social repugnante. Todo eso a vista y paciencia del público.

Gambetta junto a Hirschmann concluye que la gente de la cultura del ¡Claro! Se encuentra “más predispuesta a la política autoritaria que a la democracia”. Esto se debe, probablemente, a la “preferencia por una autoridad fuerte que imponga orden en los sistemas políticos inestables”. Pero de esos momentos de inestabilidad y pérdida del rumbo político de un Estado, se aprovechan este tipo de individuos para llegar al poder.

Para que la democracia persista se requerirá “de instituciones diseñadas especialmente para combatir esos vicios” y excesos, pero al construirlas hay que cuidarse del exceso de beneficio de un programa político propio y de los defectos sociales colaterales que puede ocasionar una cultura mayoritariamente holística; es decir, “clarista”.

[PANAL DE IDEAS]

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