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15 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
15 de Septiembre del 2015
Gustavo Abad

Periodista e investigador de la comunicación, ha trabajado como reportero y editor en  El Comercio, HOY, El Universo y El Telégrafo, en las áreas de Investigación y Cultura. 

El miedo, el cinismo y un enemigo público
El correísmo, más que un movimiento político, parece una creencia religiosa. Y el pensamiento religioso es contradictorio y trágico porque ofrece todo pero a cambio exige todo. Ofrece la gloria eterna a cambio del sometimiento absoluto.

Veintiocho años después de asesinar a Trotski clavándole un piolet en el cráneo, Ramón Mercader, convertido ya en un incómodo protegido de la entonces Unión Soviética, se cita en un bar de Moscú con su antiguo mentor, Leonid Eitingon, un agente de inteligencia que en su juventud lo preparó física y sicológicamente para el crimen.

En ese encuentro de asesinos jubilados, Mercader le cuenta a Eitingon que lo más duro de sus veinte años de prisión en México fue haber descubierto que él sólo había sido una pieza manipulada para cometer un crimen de odio planeado por Stalin. Le habían inoculado el odio para que le resultara más fácil matar –irónicamente– en defensa del proletariado mundial y del hombre nuevo.

–Lo más difícil de todos esos años fue saber esas verdades y tener la seguridad de que, a pesar de los engaños, no podía hablar –dice Mercader.

–¿Sabes por qué? Porque en el fondo somos unos cínicos. Pero, sobre todo, somos unos cobardes. Siempre hemos tenido miedo y lo que nos ha movido no es la fe, como nos decíamos todos los días, sino el miedo –responde Eitingon con una sonrisa congelada a medio camino.

Este es quizá uno de los diálogos más patéticos de los muchos que ofrece El hombre que amaba a los perros, la novela que Leonardo Padura escribió basado en una investigación rigurosa acerca del asesinato de Trotski, la vida de su asesino y la manera cómo se pervirtió la gran utopía del siglo XX.

El aporte de la novela histórica, ya se sabe, no está en la verificación empírica de los hechos, sino en su capacidad evaluadora del pasado, capaz de producir una conciencia de la historia, de activar una zona del pensamiento al que generalmente no llegan los secos registros documentales.

Miedo y cinismo, en orden y proporciones intercambiables, aparecen allí como los principales motores psíquicos con que el poder –una vez que la corrupción interna amenaza con llevarlo a su propia descomposición– se asegura el control de la voluntad de las personas, el manejo turbio de los ideales y el aniquilamiento físico o moral de sus críticos.

La novela de Padura nos traslada inevitablemente a lo que ocurre en el Ecuador bajo dominio del correísmo. Siempre habrá algún brujo que diga que son tiempos, países y personajes distintos. Nada más cierto, pero nada más trivial también. El ejercicio del poder, el sistema de valores, las conductas sociales que promueve el correísmo, aunque difieran en cierta retórica, evocan esos fantasmas totalitarios que la historia y la literatura no pueden y no deben olvidar.

Por miedo fallan en el Ecuador los jueces a favor del régimen sin importar si con ello vulneran los derechos ciudadanos. Un breve inventario: las sentencias condenatorias contra los diez de Luluncoto; contra los veedores del caso Fabricio Correa; contra el ecologista Xavier Ramírez; contra el dirigente indígena Pepe Acacho; contra los estudiantes del colegio Central Técnico; contra los del Mejía... Agregue usted los suyos.

De cinismo se revisten las autoridades obsecuentes para justificar sus atropellos con argumentos jurídicos deleznables: la disolución de la fundación ecologista Pacha Mama por realizar activismo político, como si el ecologismo no fuera una postura política; las sanciones contra El Universo y La Hora por resistirse a publicar la verdad oficial (o mentira institucionalizada) en nombre del derecho a la réplica; el truco de las enmiendas a la Constitución para garantizar la reelección indefinida; la suspensión de la visa a la académica Manuela Picq después de una golpiza policial para, según el informe, protegerla de los violentos; los intentos de llevar a juicio al caricaturista Bonil y al periodista Roberto Aguilar por mirar la realidad con ojo crítico; el actual proceso de disolución de Fundamedios por difundir opiniones políticas en las redes sociales (no difundirlas también es un acto político y nadie sanciona el silencio).

Sin embargo, el miedo y el cinismo no tendrían efectos devastadores si no estuvieran asistidos por una racionalidad jurídica, diseñada a la medida para ponerle ropaje legal al abuso. La Ley de Comunicación, el Decreto 16, el Código Integral Penal son apenas los engendros legales más visibles de esa máquina de prohibir y castigar en que ha devenido la llamada revolución ciudadana.

El correísmo, más que un movimiento político, parece una creencia religiosa. Y el pensamiento religioso es contradictorio y trágico porque ofrece todo pero a cambio exige todo. Ofrece la gloria eterna a cambio del sometimiento absoluto. Durante los últimos ocho años, el correísmo le ha planteado al país una fórmula religiosa: para llegar a un mundo de luz y progreso, primero hay que vivir una época de oscuridad y violencia. En otras palabras: nuestro gran proyecto de modernización capitalista –hace rato abandonó el eslogan de socialismo del siglo XXI– solo es posible mediante la persecución y silenciamiento de aquellos a quienes nuestro dedo acusador señale como enemigos.

Un enemigo del pueblo es, justamente, la obra de teatro en que la sociedad ecuatoriana puede verse reflejada. Hace muchos años que el teatro en este país –neutralizado por una pretendida asepsia ideológica– no se presentaba como una posibilidad de reflexión política. La obra original de Henrik Ibsen, dirigida por Christoph Baumann y adaptada por Roberto Aguilar, es una necesaria puesta al día de una tradición de teatro político, una línea siempre perturbadora para el mundo del orden y la obediencia que promueve el poder.

La función del arte es poner la mirada y los otros sentidos en esos lugares de la realidad y la experiencia humana que van a contracorriente de los discursos dominantes. La mirada de Un enemigo del pueblo nos sitúa en nuestro tiempo para percibir no las luces, sino la oscuridad. Para el poder totalitario –tanto que reclama para sí mismo el derecho a la resistencia y se arrepiente de haberlo “concedido” a la sociedad– todo aquel que ejerce un pensamiento distinto, que mira en lo profundo y no en lo superficial, que denuncia la corrupción o reclama sus derechos, es un enemigo del pueblo.

“Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible…”, dice Borges en el cuento Tema del traidor y del héroe. En el Ecuador del correísmo se podría  pensar que la realidad está copiando a la novela y al teatro.

Los movimientos sociales organizados anunciaron una marcha para este miércoles 16 de septiembre. Nuevamente me niego a aceptar la versión oficial de que es para desestabilizar al gobierno y hacerle el juego a la derecha –el correísmo bastante lo ha hecho ya–. La marcha es contra el miedo y el cinismo. Este miércoles, para deleite de muchos tecnócratas, académicos, periodistas, escritores que se han puesto al servicio del régimen, miles de manifestantes serán declarados enemigos del pueblo.

[PANAL DE IDEAS]

Carlos Rivera
Pablo Piedra Vivar
Marlon Puertas
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Gabriel Hidalgo Andrade
Carlos Arcos Cabrera
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