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20 de Febrero del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
20 de Febrero del 2015
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

El mirón, el ventrílocuo, el inquisidor
Mery Zamora habló fuerte y claro. No ganaron los que espían. Se pusieron en evidencia como pequeños mirones que manosean fotos en sus galpones, sentados en su sillita. Me pregunto cómo duermen. Quizás abren agujeros en las paredes de sus casas, en los baños de sus oficinas. Escarban, encogidos, taimados, sudorosos, obedientes.

El mirón

Suele observar el cuerpo desnudo a través de un agujero, a distancia de aquello que acecha. El mirón no ve a la persona en su humanidad. La despoja de ella al convertirla en objeto no participante de su excitación. El mirón se esconde, es furtivo, ve pero no es visto. 

El mirón puede aproximarse al cuerpo que acosa a fin de vulnerarlo, por medio de una computadora, por ejemplo. Al hacerlo sin consentimiento, el mirón se convierte en un agresor sexual. Así como es un delito vulnerar a una persona en su espacio de intimidad, exponerla en un espacio virtual también constituye una agresión. El mirón roba las imágenes, las manipula, las toca. El agresor sexual suele incurrir en su ataque por afirmación de poder. Su principal estímulo es mostrar su fuerza, aun cuando sea velada.

El mirón que publica imágenes de un cuerpo desnudo quiere volvernos cómplices de su agresión. Si las miramos, piensa, estaremos de pie junto a él, en el corro que forman quienes presencian una violación y se cubren los ojos con las manos abiertas. 

Aquí, el problema no es la mujer que decide desnudarse frente a una cámara. Ella no es la culpable ni está obligada a probar nada. Aquí el problema grave es la perversa y obscena exhibición de poder, de la cual participaremos cada vez que miremos esas imágenes.

Mery Zamora habló fuerte y claro. No ganaron los que espían. Se pusieron en evidencia como pequeños mirones que manosean fotos en sus galpones, sentados en su sillita. Me pregunto cómo duermen. Quizás abren agujeros en las paredes de sus casas, en los baños de sus oficinas. Escarban, encogidos, taimados, sudorosos, obedientes.

El ventrílocuo

La virtud del ventrílocuo radica en simular que su voz no es suya. Lo que dice suele salirle de las tripas: del latín, ventris, vientre; loqui, hablar. El ventriloquismo suele tener un efecto cómico, sobre todo si se utiliza un muñeco para simular que hay dos voces y un diálogo.

“Personas en situación y concepto de movilidad humana, discapacidades, mujeres, pueblos, nacionalidades indígenas y afroecuatorianas. Y montuvios. [...] Tener un órgano competente para la formulación, tranversalización, observancia y seguimiento y evaluación de las políticas públicas [...] Estar a favor de esta ley es no negarnos a la oportunidad [...] de una realidad universal que es la diversidad.” Estos son pasajes del texto que alguien recicló para Agustín Delgado en agosto de entre los lugares comunes del archivo tecnocrático oficial. El remate es casi de final de Miss Universo. La dificultad de Delgado para leer fue penosa, fue triste verlo expuesto. 

Quienes escribieron por Delgado le retiraron su confianza de antemano. Eso es racismo: quitarle la palabra, darle diciendo, actuar con la burda condescendencia de quien cree que piensa mejor. Delgado, sin embargo, tiene responsabilidad como servidor público, no es una víctima, pero sí una herramienta de la máquina. Esa máquina ha hecho que Vanessa Cedeño, su pareja, se dirija a Bonil en un video usando su embarazo para exigirle una disculpa. Eso es lo que hace la máquina: poner a una mujer embarazada como escudo para demonizar el disenso.

El Tin no pudo hacer lo que sí hizo Alicia Cawiya en la Asamblea en 2013: rechazar el discurso que habían borroneado para ella y hablar por sí misma, tomarse la palabra. Alicia desobedeció. La obediencia del Tin está teniendo un costo altísimo para la comunidad a quien cree vindicar siguiendo el juego del poder.

El inquisidor

Era el llamado a extirpar la heterodoxia ideológica. Uno de los procesos inquisitoriales consistía en congregar a varias personas y, bajo juramento, exigirles que denunciaran cualquier señal de disenso que percibieran. Había códigos que listaban exhaustivamente los hechos punibles. Así, buena parte de la población colaboraba en los castigos a los posibles herejes.

En un potente texto que no ha circulado lo suficiente, Pocho Álvarez escribe: “La 'justicia' que apresó y encarceló a Javier Ramírez, la que le mantuvo preso por diez largos meses por disposición de fiscales y jueces, la que sumó testigos oficiales, policías y funcionarios, llamados por obligación, no por principio. Los vecinos de su comunidad, cooptados por la promesa de un empleo en la megaminería a cambio de un silencio cínico. Los jueces y la jueza  que lo condenaron a sabiendas de su inocencia y todos aquellos otros funcionarios y burócratas que siguieron el guión escrito por los Judas habitantes del poder”, todos ellos caminan desde ahora bajo la fría sombra inquisitorial.

Javier Ramírez salió libre, celebramos su vida y su valentía, sin duda, pero nunca debió estar preso para comenzar. El 10 de abril de 2014, salió a una reunión con el ministro José Serrano. No regresó. Lo detuvieron en Nanegalito. José Serrano “antes era nuestro abogado”, dicen los vecinos de Íntag. Hay que vigilarlo todo, juran los asistentes del inquisidor.

Coda

El día de ayer, el cibernauta de Crudo Ecuador fue amenazado por medio de una nota: “Créame que siempre contará con nuestro interés y atención, mientras dure su valentía”. Respuesta: “Aquí termina esta página. Usted ganó, señor Presidente. Tenga la confianza de que Eugenio Espejo, Pancho Jaime y hasta el Che Guevara estarían muy orgullosos de su actitud”, dice el dueño de la página. Pero no han ganado. Como escribió otra internauta en apoyo de Crudo: “No ganaron, desnudaste al emperador.” 

Si esto es socialismo, buen vivir, democracia, tendremos que encontrar nuevas palabras para lo que queremos, porque las de ellos se han hundido en el lodo. Tenemos que aprender a resistir, a nombrar y a reconstruir, para cuando esto haya terminado.

 

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El mirón, el ventrílocuo, el inquisidor
 
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