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14 de Diciembre del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
14 de Diciembre del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

El mundo se detiene al borde del abismo
El compromiso alcanzado en París, que garantiza la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, en un triunfo (tardío) de la Humanidad.

El acuerdo, que entre vítores e incluso lágrimas se alcanzó el sábado en París, un día después del señalado para la clausura, significa que los 195 países participantes escucharon la voz de los científicos del clima y de los movimientos ambientalistas acerca de la urgencia de detener el calentamiento global e impedir que la temperatura del planeta crezca dos grados, e inclusive podría ser solo de 1,5 de aquí a fines de siglo.

De ese compromiso dependía en buena medida el futuro del planeta, pues, de seguirse sin modificaciones, el cambio climático producido por los gases de efecto invernadero (GEI) iban a tener consecuencias irreversibles y catastróficas por el aumento de la temperatura global, el deshielo acelerado de los glaciares, la elevación del nivel del mar y la multiplicación de eventos climáticos extremos, como tempestades exorbitantes y sequías prolongadas. No es que no van a haber cambios en el clima (los gases ya se han acumulado suficientemente en más de cien años de uso intensivo de combustibles fósiles), pero estos serán ahora menos inmanejables.

Para el logro del sábado 12 jugó un papel importante la cada vez más amplia conciencia global del peligro que implican las emisiones de GEI. Lo logrado en la 21ª Conferencia de las Partes (COP21) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, como es su largo nombre oficial, tiene claras diferencias con el protocolo de Kioto, pionero en el avance de esta lucha global contra el cambio climático. Aquel fue suscrito por solo 37 países industrializados (28 de ellos de la Unión Europea), que apenas sumaban 12% de las emisiones nocivas. En París, en cambio, han estado 195 países, casi 150 jefes de Estado haciendo la ronda de discursos y delegaciones que trabajaron arduamente en un acuerdo, y entre ellos, los dos principales emisores, China y Estados Unidos, que nunca suscribieron el protocolo de Kioto. Esta vez, por contraste, llegaron con los deberes hechos: planes nacionales obligatorios de reducción de emisiones, al igual que los que llevaron otros 176 países.

El nuevo protocolo de París, que sustituirá a Kioto y entrará en vigencia en 2020, mejora los objetivos: las reducciones de emisiones anunciadas lograrán que el calentamiento no exceda de 2°C, con claras obligaciones financieras de las partes.

Los costes son elevados, por lo que los países en desarrollo pedían que reducir sus emisiones no impidiera su desarrollo socioeconómico. Por eso era clave lograr los compromisos de aportes al fondo ecológico de US$ 100.000 millones destinado a compensar los costos de los países menos avanzados.

Como dijo en la inauguración de la COP21 el presidente francés, François Hollande, “Nunca nos habíamos jugado tanto porque se trata del futuro del planeta, el futuro de la vida. Y, sin embargo, hace dos semanas, aquí en el mismo París, un grupo de fanáticos estaba sembrando las semillas de la muerte en las calles". Francia y el mundo desafiaron el miedo que dejaron los ataques que el 13 de noviembre mataron a 130 personas y supieron abordar el gran reto.

También fue importante que el presidente de EEUU reconociera su responsabilidad: “He venido aquí personalmente como el líder de la mayor economía del mundo y el segundo mayor emisor, a decir que Estados Unidos no solo reconoce su papel en la creación de este problema, sino que aceptamos nuestra responsabilidad de hacer algo al respecto”, dijo Barack Obama, quien tiene que enfrentar a políticos republicanos que siguen negando el cambio climático o la responsabilidad del ser humano en producirlo.

Ha tomado 20 años de negociaciones de la ONU llegar a este acuerdo jurídicamente vinculante sobre las emisiones globales. La Conferencia de las Partes fue fundada para dar seguimiento a la Convención de Río en 1992, que fue el inicio de una respuesta política global al cambio climático. Luego se llegó al Protocolo de Kioto en 1997, que no entró oficialmente en vigencia hasta 2005.

Ya hay, como siempre, voces negativas. Unas tienen miedo a la tecnología que habrá que aplicar para reducir las emisiones, como aprovechar la energía solar fotovoltaica y otras energías limpias. Otros abjuran del negocio que harán algunas firmas al vender esas tecnologías. Unos terceros se fijan en que continúa el modelo “devorador de recursos”, como dicen grupos ecologistas. Pero no se fijan en que peor habría sido no poner límites a las emisiones, no establecer compromisos obligatorios de financiamiento, no dar señales para dirigir masivas inversiones públicas y privadas hacia modelos de carbono neutro y seguir consumiendo sin restricciones los combustibles fósiles. No se ha logrado todo, es verdad, pero el hecho de que el mundo por fin ha decidido irlos dejando paulatinamente es probablemente uno de los más claros mensajes de la COP21.

Tras décadas en que las multinacionales petroleras mintieron descaradamente sobre los efectos de las emisiones e hicieron todo tipo de lobby para bloquear acciones de control en el Congreso de EEUU y en las propias negociaciones globales, el acuerdo del 12 de diciembre es una demostración de que ya no tienen la fuerza de antaño. Aunque el importante giro que acaban de decidir el mundo no sea el fin de la era de los combustibles fósiles, al menos es el inicio del fin. Es aplicar los frenos para detenerse al borde del abismo, y empezar a caminar en otro sentido, aunque el camino que queda por recorrer sea, por supuesto, largo y difícil.

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