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4 de Octubre del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
4 de Octubre del 2016
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

El NO y la arrogancia de los intelectuales
Por supuesto a varios intelectuales ecuatorianos ese resultado no les agradó. Aquellos que defendían el NO eran malos y los solo los buenos defendían el SÍ. No hay espacio para nada más en sus perspectivas porque así aprendieron ellos la realidad social y así la enseñan a sus estudiantes.

Me imagino que tiene que ver con las debilidades, cada vez más notorias, de varias disciplinas afines a las ciencias sociales, que han hecho que su protagonismo, y presupuesto, se vea cada vez más reducidos en las universidades de todo el mundo. No lo se. Lo cierto es que varios intelectuales, muchos de ellos incluso profesores universitarios, han aprendido, eficazmente, una suerte de catecismo que divide la historia humana y las realidades políticas contemporáneas en un relato binario parecido a las novelas venezolanas de los ochentas, o a la lucha libre mexicana, donde los buenos son muy buenos y los malos muy malos.

La verdad es que la historia humana no tiene nada que ver con ese tipo de ficciones. Más bien se la podría comparar con la obra  Los Hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoyevski, donde los personajes viles y corrompidos ofrecen muestras de bondad y heroísmo de vez en vez, y los personajes santos y clementes, pueden ser corruptos y miserables.

Los relatos sosos, según los cuales la humanidad es un tibio tablero de ajedrez donde las fichas negras se enfrentan a las blancas, y donde el bien lucha contra el mal como en un cuento de los hermanos Grimm, son incompletos, falaces e irresponsables. Ese tipo de visiones del mundo se enseña y se aprende en las universidades con avidez, precisamente porque no exigen ningún esfuerzo. Es más fácil recitar un credo coqueto, que buscar entender la complejidad de las variables sociales, haciendo un esfuerzo y permitiendo que  las redes neuronales consuman un poco de glucosa adicional. Siempre será más fácil recitar el catecismo que buscar el por qué de las cosas.   

El domingo 2 de octubre los amigos colombianos optaron por el NO, frente a los acuerdos  de las negociaciones entre el gobierno de Juan Manuel Santos, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. El resultado fue una sorpresa, las encuestas pregonaban una amplia victoria del SÍ. El Estado invirtió sendos recursos en promover su tesis, frente a una notable asimetría de quienes consideraban que los acuerdos debían seguirse discutiendo y sean mejorados. La publicidad oficial pregonaba que el SÍ significaba la paz y quienes la promovían eran buenos, mientras que el NO significaba la guerra y quienes se movían por esta opción eran los malos. El SÍ fue presentado como un sinónimo de la paz. Solo los perversos que amaban la guerra podrían optar por el NO.

Sin embargo los acuerdos tenían cientos de páginas, miles de párrafos, un laberinto de consecuencias. Su profundidad no fue discutida. Se trató al público como si fueran seres de poca inteligencia que no necesitaban conocer los detalles del proceso. Bastaba con confiar en las buenas intenciones de los actores que habían discutido los acuerdos en las paradisiacas y beatíficas costas de Cuba. Tanta confianza había que se realizó una magna ceremonia para firmar los textos, aún antes de las votaciones. El mundo se conmovió. La Paz había llegado.

Sin embargo el pueblo colombiano no es ingenuo, se dedicó a escudriñar los detalles del acuerdo. La idea de que un tipo que había recopilado, con la disciplina de un monje, más de 450 años de cárcel, Timochenko, pase de la noche a la mañana a la más placentera impunidad ofreciéndole el mismo tratamiento que a un niño soñador que había robado caramelos, no terminó de convencer a buena parte de la población. La creación de instancias, con poderes mayores a los de la misma fiscalía colombiana, para juzgar y castigar únicamente a los enemigos de las FARC basándose en testimonios y procesos vigilados desde los intereses de la guerrilla, tampoco terminó de convencer al público. El equiparamiento de los acuerdos al nivel de la Constitución y la imposibilidad de generar leyes y normativas que los regule, tampoco entusiasmó a los Colombianos. El nervioso apoyo de gobiernos autoritarios, como el de Nicolás Maduro en Venezuela, y el de Rafael Correa en Ecuador, no ayudó. A los colombianos tampoco les agradaba la idea de tener que incluir, a la fuerza, en el Senado, a varios personajes que se habían dedicado hace poco tiempo al alegre negocio del secuestro, la extorsión y la exportación de cocaína, y que ahora se sumarían llenos de entusiasmo al discurso político de la deslumbrante nueva izquierda latinoamericana. Algo no encajaba.

La mayoría de colombianos quería que las conversaciones sigan y que los acuerdos sean mejorados. La gente se tomó el tiempo de leer varios puntos de los documentos. Todos, querían la paz. Todos querían el fin de la guerra, y por lo tanto optaron por conseguir acuerdos más respetuosos para ellos y sus familias. El NO se impuso porque cada vez más gente se tomó el tiempo de leer, comparar, investigar y criticar. Si esta opción es polémica, y puede criticarse, debería hacerse tomando en cuenta la voluntad de los colombianos. En todo caso las decisiones, debates y disputas, relacionados a ese conflicto, son asuntos de nuestros vecinos y estamos obligados a respetar su soberanía. Ellos sabrán porque lo hicieron.

Por supuesto a varios intelectuales ecuatorianos ese resultado no les agradó. Aquellos  que defendían el NO eran malos y los solo los buenos defendían el SÍ. No hay espacio para nada más en sus perspectivas porque así aprendieron ellos la realidad social, y así la enseñan a sus estudiantes. Los comentarios en redes sociales, y en otras publicaciones fueron alarmantes. Algunos decían que quienes habían defendido la opción del NO lo habían hecho porque eran uribistas. Otros fueron un poco más allá, y llegaron a decir que la mitad más uno de los hermanos colombianos eran fascistas, mientras la otra mitad eran víctimas y almas buenas amantes de la paz.

Otros, un poco más sofisticados compartían una serie de indicadores que mostraban que las poblaciones más afectadas por la guerrilla habían optado en mayor medida por el SÍ, mientras las zonas urbanas lo hicieron por el NO. Esto para ellos era una prueba irrefutable de que las víctimas querían la paz y solamente la gente egoísta de clase media quería el NO. Desde luego esta aseveración no tomaba en cuenta las enormes mareas humanas de desplazados que vivían en las ciudades grandes (recuerde que el conflicto tiene más de medio siglo), y tampoco reflexionaba si tal vez, las poblaciones más cercanas a la influencia de las FARC estarían aterrorizadas por una represaría de los afables discípulos de Tirofijo de no entregárseles inmediatamente los privilegios que exigían.

Muchos de los amables intelectuales ecuatorianos, la mayoría de clases acomodadas y felices habitantes de zonas residenciales en las grandes ciudades, se constituyeron de la noche a la mañana en sensibles expertos del tema colombiano, y jueces mucho mejor informados en los temas del conflicto, que sus mismos protagonistas. Muchos de ellos, al parecer, manejan los dones de la percepción extrasensorial y la clarividencia,  porque algunos se atreven a asegurar que entre quienes votaron por el NO no hay ninguna víctima y todos se movieron por el odio, la ignorancia y el rencor. Sorprendente. Al parecer los intelectuales de mi país son extraordinarios referentes de la moralidad, y pueden pensar, sentir y decidir, mejor que las personas que realmente han vivido ese conflicto.

[PANAL DE IDEAS]

Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Rubén Darío Buitrón
Gonzalo Ordóñez
Luis Córdova-Alarcón
Andrés Jaramillo C.
Carlos Arcos Cabrera
Consuelo Albornoz Tinajero
Carlos Rivera
Crnl. (SP) Mario Pazmiño Silva

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