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16 de Octubre del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
16 de Octubre del 2017
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El objetivo correísta
Entre ambos, entre Correa y Moreno, están convirtiendo a la política en una guerra entre dos extremos. Y en medio de esta disputa, en el centro, están los ecuatorianos de renta media, de tendencia pluralista, y moderados en lo político. Para nosotros, que somos la mayoría de la sociedad, quedará solamente la indecisión constante al escoger periódicamente a unos y después a otros.

Según Rafael Correa, todo lo que sucede se debe a la incapacidad de la derecha para “derrotarlo en las urnas”. Así, las denuncias internacionales de corrupción de Odebrecht son todas falsas. Todo, absolutamente todo lo que procese la justicia internacional es un plan perverso de la derecha internacional en contra de los gobiernos progresistas latinoamericanos. Es la judicialización de la política, según él.

En una entrevista a Russia Today en Español se refirió a estos temas sin decir nada sobre las presiones políticas a los jueces ecuatorianos, mediante sumarios disciplinarios o llamadas telefónicas, durante todo su gobierno y especialmente después de que él mismo reconociera su intención de “meter las manos en la justicia” a partir de la consulta popular de 2011.

Él es la izquierda. Lo demás, todos lo demás, “son la derecha”. Una derecha cavernaria, troglodita y despreciable, repite. Pidió, con su tono grandilocuente, que el mundo tiemble, como si alguien se escandalizará en otra parte, fuera de estas fronteras, con la situación judicial de su principal subalterno, puesto en cuestión por un régimen y funcionarios de su misma ideología.

El problema de todo esto no es que él lo diga. El problema es que otros se lo crean. Que crean en esta ética que subyuga la transparencia pública bajo “el proyecto político”, a las libertades individuales bajo una ideología autoritaria, y al respeto por los otros bajo una convicción de que el líder posee un inescrutable destino mesiánico. El mismo Correa dijo: “esto lo hacen por la envidia que me tienen”.

El objetivo del adversario político, según estas afirmaciones, es reducir a Correa hasta su extinción. El otro político, el adversario, siempre es opositor a él, siempre es de derecha. Él es la izquierda. Ellos son la izquierda. Una izquierda rara, enemiga de los movimientos sociales y campesinos, de los gremios profesionales independientes, de la producción científica autónoma, de las utilidades de los trabajadores, de la prensa independiente, del diálogo con los disímiles, de la libertad de pensamiento.
Son una izquierda más parecida a lo que Correa dice repudiar: cavernaria, troglodita y despreciable. Eso no es una izquierda moderna, ni es una ideología útil. Es puro resentimiento extremista.  Según ellos, quienes los critican no lo hacen por su interés en lo público, sino, simplemente, “por odio”.  

Pero el objetivo de “esa derecha” es, al mismo tiempo, el alter ego correista. Es la hermana siamesa de sí mismo y de los que no se permiten pensar de otra manera; de los que ven en la política la oportunidad de ascender socialmente, de acumular patrimonialmente o hasta de vengar sus lastimadas honras, heridas en un pasado impreciso. Así, la política ya no es una vocación cívica, sino un proyecto, o “el proyecto”, de quién sabe qué o quién.

El presidente Moreno ha tomado distancia de este estilo autoritario, intentando acercarse al centro de la política que es el lugar del electorado en donde se acumulan las clases medias, pero a través del gran empresariado, de las cámaras y los lobbies conservadores a quienes dirige sus  políticas. Mientras a las organizaciones sociales escucha sin actuar, los principales actores de la derecha ya se han mostrado satisfechos frente a las decisiones del régimen. Pero exigen más.

Entre tanto a Correa y a los correistas radicales les queda solo ocupar el espacio de la ultraizquierda, por su constante apelación a los resentimientos, a los miedos y a la venganza. Lo típico en los extremismos.

“Si siguen destruyendo mi patria, volveré a la presidencia”, dijo Correa, asumiendo que la patria es de su propiedad, que solamente él está en capacidad de construir algo en política y como si estuviera predestinado a ser mandatario, sin siquiera competir en elecciones. Es una declaratoria de lo que harían: apropiarse otra vez, de forma violenta o no, del Estado a través del caudillo, de la producción estatal a favor un grupo de clientes, y del poder total concentrado en un solo partido personalista. Todo a nombre del pueblo. Será, como ya se hizo, un capitalismo de estado de corte estalinista con una burocracia que anule e impida la actuación social. 

Entre ambos, entre Correa y Moreno, están convirtiendo a la política en una guerra entre dos extremos. Y en medio de esta disputa, en el centro, están los ecuatorianos de renta media, de tendencia pluralista, y moderados en lo político. Para nosotros, que somos la mayoría de la sociedad, quedará solamente la indecisión constante al escoger periódicamente a unos y después a otros. Y así nos engañarán para turnarse en el poder por los 300 años que amenazaron gobernar. Capitalizarán la confusión. Ese es el objetivo de la derecha y de la izquierda correista: acabar con el pluralismo. ¿Lo permitiremos?

@ghidalgoandrade

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