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2 de Marzo del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
2 de Marzo del 2020
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El outsider populista
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Desde el retorno a la democracia, en promedio, un 26% de electores votan por opciones populistas, sean de derecha o de izquierda. Basta con mirar el comportamiento histórico electoral. Pero este porcentaje no es el patrimonio de una persona o grupo de personas como se cree equivocadamente, es el segmento de disputa para la demagogia.

Hoy todos hablan de candidatos. Que uno u otro correrán para la Presidencia, para la Vicepresidencia, para la Asamblea. A un año entero de las elecciones algunos ya ponen caras, nombres y partidos a los ganadores. Pero nadie habla de los electores. Son los votantes los que escogen y descartan a los dignatarios. Sin votantes ni votos no habrá ganadores. Las próximas elecciones presidenciales no estarán marcadas por candidatos sino por bloques de electores. ¿Por qué?

Desde el retorno a la democracia, en promedio, un 26% de electores votan por opciones populistas, sean de derecha o de izquierda. Basta con mirar el comportamiento histórico electoral. Pero este porcentaje no es el patrimonio de una persona o grupo de personas como se cree equivocadamente, es el segmento de disputa para la demagogia. Por otro lado, un ligeramente superior 28% del voto prefiere a candidaturas no populistas y el 46% se distribuyen entre todas las demás candidaturas en disputa. En 8 de 11 competencias por la presidencia triunfó un aspirante populista lo que sugiere que los ecuatorianos preferimos a populistas como presidentes. En todas esas mismas 11 contiendas hubo, al menos, un candidato populista.

Una competencia electoral está siempre condicionada por una acción de identificación entre los candidatos y los votantes. Los electores votan por quienes más se parecen a sí mismos o a sus preferencias, demandas y deseos. Según CEDATOS este momento hay un 32,8% de ecuatorianos que no apoya a la democracia como forma de organización política de la sociedad. Estos ecuatorianos están obligados a votar y, seguramente, lo harán por aquellas propuestas políticas antidemocráticas, antisistémicas, alimentadas en los resentimientos, odios y venganzas, y que prometan vencer a un enemigo imaginario.

Estas evidencias sugieren que el voto populista, que es el que capta a este tipo de elector, es una realidad innegable, que no distingue ideologías, que es proclive al caudillismo y que se personifica en una escena de revanchismo popular.

Al trazar una trayectoria cronológica en el voto populista se puede mirar con mayor objetividad el comportamiento de los votantes. Por ejemplo, el 27% del voto en contra de la imprescriptibilidad de los delitos sexuales en contra de los niños en la Consulta Popular de febrero de 2018, solicitado por el mismo expresidente Rafael Correa, podría considerarse el voto duro, no de la revolución ciudadana sino del populismo autoritario. Que alguien vote aún en contra de la lógica habla de la identidad de esos electores con su líder demagogo. Esto demuestra que una parte del electorado estaría dispuesto a votar por la violencia, la decadencia o la descomposición política.

Desde el retorno a la democracia, en promedio, un 26% de electores votan por opciones populistas, sean de derecha o de izquierda. Basta con mirar el comportamiento histórico electoral. Pero este porcentaje no es el patrimonio de una persona o grupo de personas como se cree equivocadamente, es el segmento de disputa para la demagogia.

Ha pasado poco tiempo para que la Revolución Ciudadana sea olvidada. Durante ese tiempo hubo empleo, obra pública e inversiones. También hubo muchísima corrupción, pero eso no es prioritario para el gran electorado. Hoy, el problema de la corrupción no ha sido resuelto, no se ha recuperado lo perdido, no hay obra pública y el empleo se ha desplomado. Sin trabajo y con una economía estancada la gente recuerda más vívidamente las anteriores épocas de bonanza. Correa murió en su propia violencia política, pero el voto populista podría resucitar al correismo.

Nadie debería querer una alianza con un político caído en desgracia. Desterrado, enjuiciado, proscrito, odiado y amado, Rafael Correa causa desavenencias y polarizaciones en cualquier escena preelectoral. Sin embargo, es el único que en este momento que puede apersonarse del voto populista, salvo Jaime Vargas que es otro caudillo agresivo con ínfulas dictatoriales.

El voto populista es un voto de gratitud. Por ejemplo, en las presidenciales de 2006 un fraccionado 17% de las preferencias impulsó al tercer lugar a Gilmar Gutiérrez, hermano del apenas defenestrado expresidente Lucio Gutiérrez, a 6 puntos del segundo finalista, el también populista Rafael Correa. Los tres finalistas de la ocasión, Álvaro Noboa, Correa y Gutiérrez eran indiscutidamente populistas, pero el mayor concentrador de preferencias en este segmento de votantes fue el tercero de estos por el recuerdo del gobierno de su hermano derrocado. Los siguientes consiguieron captar lo más cercano ideológicamente del electorado centrista según sus configuraciones ideológicas.

¿A las mayorías les importa prioritariamente la corrupción, el nepotismo, los abusos de los gobernantes al momento de votar? No, les importa más el empleo, la seguridad o la estabilidad económica. ¿El voto populista es un voto monolítico y disciplinario? No, es un voto de reconocimiento pero, como cualquiera, puede ser volátil y fragmentario.

El espacio político que hoy ocupa el correismo no es su patrimonio. Cualquier parte de la sociedad temporalmente fanatizada en el revanchismo público, la apelación a los resentimientos sociales y la disputa de clases sociales, sectores económicos, etnias regionales, géneros o ideologías puede ocupar ese espacio en el voto antidemocrático, populista, autoritario y demagógico.

Eso pasa cuando se piensa en candidatos y no en electores. El populismo autoritario es fuerte en este momento porque no comparte su segmento con otros. Si el candidato del correismo comparte el electorado con Jaime Vargas y Carlos Tuárez, por ejemplo, los resultados podrían se distintos.

Si primero se miran los bloques de votantes, antes que los líderes más destacados, resultaría menos difícil anticipar quién o quienes encajarían mejor en la configuración de una identidad electoral. 

@ghidalgoandrade

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