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6 de Julio del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
6 de Julio del 2015
Cecilia Velasco

Escritora. Es profesora de castellano y literatura y articulista en varios medios de comunicación. 

El Papa ¿secuestrado?
¿Qué decir sobre el gesto del gobernante de no perderse ni un estrechón de manos o saludo de quienes saludaban al Papa? ¿Hay alguien en este mundo a quien, en verdad, Correa considere mejor, más listo o sabio? Ahora mismo, la online “Radio Ciudadana”, “La Voz oficial de la Revolución Ciudadana”, informa in extenso sobre la llegada del Papa y, en mayor proporción, sobre los logros inconmensurables del sapiente y justo Rafael Correa.

Muchas lecturas se hacen a propósito de la reciente llegada del papa a nuestro país. Alejandro Moreano, uno de los últimos comunistas extremos que queda, en una entrevista para “El Telégrafo”, se mostraba esperanzado, tratando de encontrar en el actual pontífice argentino algunas señales de que sí, en efecto, está un poco más a la izquierda que sus predecesores y de que sí, en efecto, algo había dicho a favor de los palestinos.

Otros comentaristas, como Cristina Vera Mendiú, de “Gkillcity”, le exigía, casi, abandonar la “corrección política” y pronunciarse sobre temas de naturaleza universal, como la libertad de expresión y la responsabilidad ciudadana, junto con otros concretísimos –imposibles- como la alternancia en el poder. Tal vez en estos análisis se evidencia una paradoja: el papa no debería ser un líder político y, al mismo tiempo, ¡claro que debería serlo!

Hace treinta años, un Juan Pablo II de 65 años, santo ahora a pesar del pecado de omisión con los abusos de curas pedófilos, llegó a América Latina con su conmovedor gesto de besar la tierra. En Cuba, fue recibido por un enérgico, todavía fuerte y educadísimo Fidel Castro; en el Ecuador, el todopoderoso ingeniero León Febres Cordero inclinó humildemente la testa cuando saludó al papa, mostrando que reconocía a alguien mejor, más grande. Las fotos que han circulado en las redes de ese momento histórico son decidoras. Los recibimientos de que ha sido objeto en los últimos tiempos el papa Francisco, en Filipinas y Brasil, mostraron realidades muy distintas a las que aquí hemos vivido hace poco.

En Filipinas y Ecuador, el solideo -“solo ante Dios”- voló por los aires por la broma de un fortísimo viento, pero allá una multitud de católicos le cantaba y bailaba al recibirlo. En Quito, en sustitución de esos murmullos expectantes de la multitud, que anuncian la apertura del avión papal, lo aguardaba en primer primerísimo plano Correa -y su poco vista esposa-, unos elegidos del Gabinete y la Asamblea, una veintena de niños, y, en segundo segundísimo plano, las autoridades eclesiásticas.

Mientras en actos protocolarios de esta índole en otros países, los sujetos esperan de pie el paso del papa, que es quien se desplaza y los saluda, en Tababela, tuvimos que contemplar el desfile de personajes tan célebres como Gabriela Rivadeneira, que no solo tenían que ser bendecidos por “Su santidad”, sino por el presidente.

Es obligado referirse al desatino de tener al Papa, de pie, tras trece horas de vuelo, bancándose, como dirían los argentinos, el vanidoso discurso de Correa, quien hasta se dio el lujo de beber un vaso de agua mientras el pontífice lo esperaba. ¿Qué decir sobre el gesto del gobernante de no perderse ni un estrechón de manos o saludo de quienes saludaban al Papa? ¿Hay alguien en este mundo a quien, en verdad, Correa considere mejor, más listo o sabio? Ya le hizo una pequeña broma el pontífice al decir que ha llegado a un país que, “según el Sr. Presidente, es el paraíso” y al referirse a que este lo había “citado demasiado”. Más enigmática resultó la referencia a “este pueblo ecuatoriano que se ha puesto de pie con dignidad”.

Apenas se hubo producido la llegada del pontífice a Quito, hubo un predominio de Correa, ya que los sectores eclesiásticos, y sobre todo la Iglesia viva, estuvieron prácticamente invisibles. Mientras en su visita a Brasil, (2013) el Papa ofició la ceremonia religiosa desde una favela, donde fue evidente el compromiso y la práctica de cristianos laicos progresistas, en Guayaquil, durante la misa papal, algunos actores protagónicos fueron de tendencia muy conservadora.

Quienes recibieron la bendición directa del Papa fueron Patricia, Armando y sus trece hijos, una familia que ha llevado aquello de recibir la descendencia “que Dios dé” a su más visible extremo. Solo puede esperarse que, junto con este tipo de católicos, el Papa se reúna con otros sectores de la sociedad y entre en contacto con otras formas de practicar la religión.

El sermón del pontífice de 79 años en los Samanes tuvo su propia hermosura, como cuando se refirió al rol de la mujer, encarnado en María, capaz de haber convertido una casa de animales en un hogar, con pañales pobres y una montaña de ternura; cuando habló de que los milagros se hacen con lo que se tiene a la mano, con lo que es posible, y que sí se puede encontrar la gracia “en lo peorcito”, en las tinajas rotas, en los extramuros. “El mejor vino está por venir” repitió, en tono esperanzado, a propósito de la lectura de las bodas de Caná, y deseó que esa promesa de tiempos mejores ilumine a los desesperados y a los desamorados. 

El mensaje cae bien cuando se piensa en que en el país existen perseguidos, atemorizados, silenciados, acusados y procesados por los aparatos del poder. Solo cabe esperar que aún existan comunidades eclesiales de base y una Iglesia viva, y que estas alcancen un rol más protagónico que el que, hasta aquí, han mostrado los que ocupan puestos de poder. Ahora mismo, la online “Radio Ciudadana”, “La Voz oficial de la Revolución Ciudadana”, informa in extenso sobre la llegada del papa y, en mayor proporción, sobre los logros inconmensurables del sapiente y justo Rafael Correa.

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