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24 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 10 minutos
24 de Noviembre del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El peligro de sólo ver los árboles y no el bosque
Correa quiere vernos atrapados por la micropolítica. Aquella que ve los árboles y no el bosque. De ahí que la lucha en contra de las enmiendas, de la reelección indefinida y de los demás embates contra la democracia, como convertir a la comunicación en servicio público, es la base de ese gran acuerdo social y político dirigido a sentar las bases de una democracia realmente participativa, pero a la vez representativa y responsable que ponga fin a ese régimen caudillista que Correa pretende instaurar, aunque ya ni él mismo se siente seguro y con suficiente fuerza para lograrlo.

Sin duda el escenario político está cambiando.  Junto a la crisis económica, el presidente Correa titubea respecto de su compromiso político. Como lo afirma Iván Sandoval, columnista del diario El Universo, con mucho acierto, Correa se ha vuelto rehén de su propia obra; de la burocracia que él incrementó desmedidamente, de su círculo íntimo, de su discurso.  Pero también de su impertinente vanidad.

Los cambios de su gabinete son expresión de la crisis de dirección del gobierno; de su desprecio por el trabajo de equipo, de su desconfianza de la capacidad de sus colaboradores que con resignación aceptan ser desplazados de sus funciones. Su repentina decisión de retirarse del tablero electoral para el 2017, suena a una tentativa de huir de una coyuntura que se le está saliendo de control. Correa teme que la crisis le sobrepase y que así ni siquiera pueda volver el 2021.

Sus preocupaciones hoy se centran en cuestiones muy distantes de los postulados de la revolución ciudadana. Quedó atrás el cambio de la matriz productiva, las reformas estructurales, la redistribución de la riqueza, la “patria grande”, la soberanía nacional. Hoy enfrenta otras urgencias: la alianza público-privada, el “riesgo país”, el achicamiento del tamaño del Estado, el pago de la deuda externa,  las protestas sociales, la pérdida de credibilidad de su palabra, la recomposición de la “restauración conservadora”, las fisuras al interior de su partido, la compresión de su gobernabilidad.

Hoy está más empeñado en concluir su mandato que en prolongarlo. Retirarse a tiempo antes que el barco se hunda parece ser la decisión escondida. 

Creo que en este marco cabe analizar la estrategia del gobierno en el momento actual. Dicha estrategia parece ser de ablandamiento de la resistencia social sobre todo a sus políticas de ajuste que lesionan los intereses de  amplios sectores de la población. Estas han permitido una progresiva confluencia de posiciones en las filas de la oposición; entre los movimientos obrero e indígena y los movimientos sociales, liderados por una altiva clase media que ha perdido el miedo a expresarse políticamente y que marca distancias con los partidos políticos. Éstos, por su parte, están reconstituyéndose y posiblemente empeñados en rehacer su imagen.

En esa línea, el presidente mencionó algunos nombres de posibles sucesores, entre los cuales se destaca el de Lenin Moreno, ex vicepresidente de la República.  Este nombre también había sido considerado por una tendencia política desprendida del correismo, pero ahora militante de la oposición.

Ocurre, entonces una paradoja: Moreno podría no ser garantía de continuidad del correismo, pero tampoco de un proceso de descorreización como el que algunos sectores de oposición demandan, tanto desde la derecha como desde la izquierda.

¿Cabe pensar que Moreno pudiera jugar la carta de una suerte de mediación entre fuerzas tan disímiles y hasta antagónicas? ¿Podrá Moreno, en caso de tener éxito en términos electorales, asumir identidad propia, pensar con autonomía y no ser manejado por Correa?¿Tendrá suficiente respaldo de Alianza País si va por ese camino?¿No será víctima del poder detrás del trono?

Correa teme que la Asamblea sea captada por la oposición, a la que califica de “mediocre”. Si tal ocurriera ya anticipa que regresará y se lanzará a la “muerte cruzada”, un poco reeditando la cruzada de Asaad Bucaram. El escenario que imagina Correa actualiza dicha experiencia. 

Salvando las diferencias, no hay que olvidar el papel que tuvo Asaad Bucaram frente a Jaime Roldós. Moreno no es Jaime Roldós; Roldós levantó una bandera anticaudillista, creía en la democracia por la que se jugó con valentía y autenticidad; tampoco Rafael Correa se parece a Jaime Roldós.  Roldós creó un partido “Pueblo, Cambio y Democracia” y no se valió del poder que ejercía para afianzarlo. Respetó al Congreso de la época y se abstuvo de convocar a un plebiscito para ensayar una “muerte cruzada”.  Roldós fue un hombre doctrinario, de principios, se jugó por los derechos humanos con la Carta de Conducta, fue un verdadero líder regional, respetado por su firmeza pero también por su caballerosidad. 

La experiencia de Correa muestra que no es suficiente ganar las elecciones ni acumular poder; Correa no acató la Constitución aprobada en Montecristi y refrendada por el electorado; la manipuló a su antojo y asumió todos los poderes, en abierta pugna con el Estado de Derecho. Con las enmiendas el Presidente desembozadamente le da  otro perfil a la Constitución, para legalizar una virtual dictadura a través de la reelección indefinida, con lo cual pretende convalidar el caudillismo y echar abajo un principio fundamental de la democracia, como es la alternabilidad.

Sus corifeos desdeñan la alternabilidad y se mofan de los argumentos y principios en los que se asienta. Desde el poder creen que pueden eliminar la contienda propia de la democracia y arrebatarle  al pueblo su capacidad soberana de decidir su futuro.

La alternabilidad permite que el pueblo ejerza la accountability, o sea la obligación del gobernante de responder por sus actos ante el pueblo, a través de instancias no oficiales ni controladas por el gobierno. La libertad de prensa es esencial para que ese derecho de pedir cuentas se cumpla, sin interferencias, amenazas ni persecuciones.  El presidente justamente teme que el pueblo en las urnas con libertad ejerza ese derecho y le castigue. Si no hay elecciones libres y por otra parte se instaura la reelección indefinida, se bloquea esa posibilidad y las elecciones terminan siendo una manera de burlar la voluntad popular. 

Creo que este es el punto central de la actual coyuntura; en el se juntan dos momentos el electoral, y el proyectivo.

Las opciones electorales deben evaluarse en función de estos objetivos y no sólo del carisma o posibilidades de éxito electoral de uno u otro precandidato. No hay que olvidar que en el 2006, la izquierda incurrió en ese error y apostó al candidato que más carisma tenía, pensando que podría encarrilar su acción de gobierno por los andariveles ideológicos que postula. Lo que ocurrió todos lo sabemos. Correa se fue por su lado y apartó a sus aliados izquierdistas sin rubor ni clemencia.

Pero claro, tampoco cabe que la izquierda se niegue a posibles alianzas que le permitan pesar en el juego político electoral. La izquierda de alguna manera también carga con el desgaste de un gobierno que se autodefinió de izquierda.

El momento actual exige deponer posiciones intransigentes; no se trata de abandonar los principios, pero sí de entender que sin unidad se le hace el juego a un régimen que ha socavado los cimientos de la democracia. Tampoco la derecha debe fantasear con una vuelta al pasado.

Parecería que Correa titubea entre lanzarse al ruedo en el 2017 o hacerlo en el 2021. Quiere y no quiere; es aquí donde se siente rehén pero también insustituible.

Su política laboral y los zarpazos al IESS deterioran la base social que le dio soporte. Ello también puede tener expresión electoral. Tampoco con los empresarios ha podido concretar acuerdos. El recorte del gasto público puede afectar a un sector importante de la clase media. Los temas que a la nueva clase media interesan: igualdad de género, protección del ambiente, derechos de ciudadanía, han sido dejados de lado, cuando no atacados por Correa.

En ese escenario se le vuelve cuesta arriba aprobar las enmiendas que suscitan el rechazo, éste sí concertado, de los más diversos colectivos sociales y ciudadanos.    

Por  ello, busca ablandar la presión por la consulta popular o por el archivo de las enmiendas.  Cree que anunciando su posible retiro de la escena electoral en el 2017, obrará el milagro de ahondar la división en las filas de la oposición; él justamente apuesta a dicha fragmentación y a evitar que se geste un gran acuerdo a favor de un proyecto que aglutine a todas las fuerzas democráticas en una misma dirección. 

O sea Correa quiere desarticular la alianza interclasista que se manifestó en las calles y plazas, y que podría echar abajo el paquetazo de las enmiendas, tan lesivo como cualquier paquetazo económico de ajuste. 

Quiere vernos atrapados entonces por  la micropolítica. Aquella que ve los árboles y no el bosque. De ahí que la lucha en contra de las enmiendas, de la reelección indefinida y de los demás embates contra la democracia, como convertir a la comunicación en servicio público, es la base de ese gran acuerdo social y político dirigido a sentar las bases de una democracia realmente participativa, pero a la vez representativa y responsable que ponga fin a ese régimen caudillista que Correa pretende instaurar, aunque ya ni él mismo se siente seguro y con suficiente fuerza para lograrlo.      

Estos son los grandes temas que con su juego micropolítico el presidente quiere ocultar, desviando la atención ciudadana hacia los cálculos puramente electorales. 

  
 
     

 






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