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2 de Diciembre del 2016
Ideas
Lectura: 10 minutos
2 de Diciembre del 2016
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

El pequeño Favio en la isla de los monstruos
Favio, el hijo de un ciudadano ecuatoriano que lo había cuidado y protegido siempre, ha sido trasladado a un centro estatal para niños huérfanos o refugiados, y aunque usted no lo crea, se le tiene prohibido ver su papá. Si bien ya nadie tiene dudas sobre la responsabilidad de la madre quien secuestró al menor tiempo atrás, y lo sometió a situaciones peligrosas, el niño está ahora atrapado bajo la pesada maquinaria de un país cuya tradición de relacionamiento con los migrantes es bien conocida.

Favio tiene cinco años, su papá, Francisco, lo ha cuidado casi toda su vida. Tiene su custodia legal. La madre del niño, cuya relación con el menor siempre fue irregular, decidió tras mucho tiempo de ausencia, acercarse de nuevo a su hijo para lo cual recibió pleno respaldo de la familia de Francisco, y ningún tipo de impedimento. Sin embargo, aprovechando esta confianza, un día logró sacarlo del país sin autorización del padre, violando la ley vigente y los convenios internacionales. La señora recibió la ayuda de abogados poco preocupados de la ética elemental, y organizaciones sexistas siempre dispuestas a defender una ideología según la cual los hombres heterosexuales son seres esencialmente malos a los que conviene alejar de sus hijos. La madre de Favio, asesorada por los actores ya señalados consiguió que se conceda prohibición de salida del país al padre del niño, para evitar que este pueda buscar a su hijo.

De este modo Favio entró en un vertiginoso laberinto de violencia y abuso infantil. La madre se movió por varios países de Europa escapando de su responsabilidad e impidiendo que el padre, portador de la custodia legal, pueda siquiera ver a su hijo.  Tiempo después, cuando parecía que todo estaba perdido, Francisco recibió una llamada. La madre del menor había ido a Austria, y había incurrido en el mismo tipo de acciones que caracterizaban su comportamiento. Favio era víctima de violencia, la madre del niño no controlaba su arranque de ira. Los servicios sociales del país europeo detectaron este comportamiento y el niño fue llevado a un alberge infantil para precautelar su seguridad. El padre del niño, que como ya dije tiene su custodia legal, fue corriendo a retirar a su hijo. La misma madre del menor, arrepentida, llamó al padre para que pueda sacar al niño de aquella institución. Lamentablemente su cambio de actitud, y sus disculpas, llegaban demasiado tarde.

Favio, el hijo de un ciudadano ecuatoriano que lo había cuidado y protegido siempre, ha sido trasladado a un centro estatal para niños huérfanos o refugiados, y aunque usted no lo crea, se le tiene prohibido ver su papá. Si bien ya nadie tiene dudas sobre la responsabilidad de la madre quien secuestró al menor tiempo atrás, y lo sometió a situaciones peligrosas, el niño está ahora atrapado bajo la pesada maquinaria de un país cuya tradición de relacionamiento con los migrantes es bien conocida. Favio está a punto de ser dado en adopción, y su padre, no puede hacer nada para proteger a su hijo. Es un simple ciudadano ecuatoriano en medio de una sociedad abiertamente racista.  Como si esta situación no fuera lo suficientemente mala, el papá de Favio logró fotografiar a Francis, identificando que el niño también sufre violencia en ese centro de acogida.  

Me gustaría decir que este es un caso inédito pero lamentablemente no es verdad. Es bien conocido el caso, por ejemplo, de un niño llamado Mateo quien fue secuestrado por su mamá, sacado ilegalmente del país, y llevado a Brasil en circunstancias parecidas, igual que en el caso de Favio, el padre recibió medidas cautelares injustificadas para hacer más difícil que siga a su hijo, y no lo pudo ver por más de un año. Otro caso, igualmente conmovedor, ocurrió hace unos meses cuando un adolecente con edad legal para decidir con quien quería vivir, solicitó ayuda a su papá pues no quería regresar con su madre donde denunciaba un ambiente de violencia (cabe señalar que la madre de este niño ya había entregado a otro de sus hijos a los servicios estatales de España por razones parecidas). Los jueces dieron la razón al padre muchas ocasiones pues como dije el adolecente tenía edad para decidir. Sin embargo, pronto varias organizaciones sexistas iniciaron una campaña en redes sociales de desprestigio y calumnias hacia el padre presionando a los jueces para que se obligue al adolecente a ir al hogar donde el muchacho relataba situaciones de violencia. Agobiados por agresivas manifestaciones públicas, y un constante linchamiento en redes sociales, las autoridades decidieron desoír los ruegos del adolecente, y su facultad legal para ser escuchado. El menor se resistía, y como la policía, legalmente no podía llevarlo a la fuerza, tuvieron que ser militantes de agresivas organizaciones radicales y abogados, cuya ética debe ser evaluada, los que utilizando la violencia arrastraron al muchacho hacia el avión. Su padre aún guarda la manija del auto que el chico desprendió en su desesperación para que no se lo lleven.  Cabe decir que este chico ha desaparecido del mapa y su padre no ha vuelto a saber nada de él. Debemos entender que estos no son, de ninguna manera, casos aislados y obedecen a un muy bien estructurado sistema que erosiona de manera sistemática los derechos de los padres.

Regresemos al caso de Favio. Entendamos que se trata de un niño pequeño que ha tenido que enfrentarse a varios monstruos como si estuviera atrapado en un cuento de terror alemán escrito por   E. T. A. Hoffmann. Los monstruos a los que se enfrenta Favio tienen muchos rostros y el niño no los puede definir. Son monstruos que lo han apartado de su papá, monstruos que han golpeado su cuerpo, y criaturas terroríficas que lo han llevado a un oscuro calabozo institucional donde el racismo y la burocracia desintegran lentamente sus derechos, los derechos de su familia, y en un sentido más amplio los derechos de todos los niños que están lejos de sus padres. 


Paradójicamente, mientras el papá de Favio se encuentra en Europa, solo, sin recursos tratando de conseguir ayuda del servicio exterior ecuatoriano (el Consulado afirma que no tiene ¨presupuesto¨ para ayudarlo), mientras se angustia con la incertidumbre de saber si volverá a ver a su hijo, mientras él y otros padres y niños pasan situaciones similares o peores al haber sido separados por una estructura que discrimina sistemáticamente a los padres,  en Ecuador el rechazo hacia quienes tratan de visibilizar estos abusos se hace más fuerte. Sorprende, por ejemplo, como Presidente del Colegio de Abogados de Pichincha Ramiro García Falconí diseminó, varias declaraciones en redes sociales y publicó algunos artículos de opinión tratando de demostrar una peculiar hipótesis según la cual los padres serían generalmente irresponsables y dando a entender que la política pública, y las normas, deberían girar en torno a esa condición esencialista. Las misteriosas teorías de García Falconí (sin el mínimo fundamento técnico) son particularmente preocupantes si entendemos que los jueces, abogados y miembros de la función judicial son naturales adscritos al colegio profesional que él  lidera.

¿Cómo podemos ayudar a Favio? Hay muchas maneras de hacerlo. Podemos tuitear, enérgicamente, al Canciller del Ecuador, y al Presidente de la República exigiendo que hagan su trabajo y defiendan los derechos humanos del menor y su padre ecuatoriano, demandar que se usen los impuestos que todos pagamos para que actores especializados hagan cumplir los acuerdos internacionales sobre derechos del niño.  Podemos comprometernos a luchar contra todas las formas de violencia de género, tanto las que afectan a mujeres y madres como las que discriminan sistemáticamente a niños y sus padres. Podemos informarnos sobre casos similares y hacer visibles nuestras opiniones en redes sociales. Podemos exigir a nuestros gobernantes y a los candidatos a la presidencia de la república que se dignen en mostrarnos cuáles serán sus políticas con respecto a la problemática de los niños a los que no se permite estar junto a sus papás. Podemos simplemente escribir a este correo  kanzlei-raa@ma11.wien.gv.at  preguntar ¿ cómo está Favio? y  solicitar que le permita regresar con su papá.

Los pueblos germánicos tienen una leyenda según la cual un ser malvado secuestró a todos los niños de una aldea y los llevó consigo a una isla habitada por monstruos. Este cuento horrible es una oscura realidad para Favio, quien tiene que enfrentarse solo contra varios seres de pesadilla que tratan de borrar a su papá de su memoria y su vida. No lo permitamos.

[PANAL DE IDEAS]

Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Rubén Darío Buitrón
Gonzalo Ordóñez
Luis Córdova-Alarcón
Andrés Jaramillo C.
Carlos Arcos Cabrera
Consuelo Albornoz Tinajero
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Crnl. (SP) Mario Pazmiño Silva

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